lunes, 9 de septiembre de 2019

MAQUILLAJE

Lleva un año de cajera en un hipermercado.

Una carrera universitaria superior y dieciocho años de profesión no fueron suficientes para mantener a su hija, su matrimonio y una hipoteca que se traga todo lo que entra en casa, así que después de mucho renquear profesionalmente, acabó en la calle suplicando trabajo durante tres años.

Tres años durante los que aprendió cuánto cuesta un lápiz, un vaso, la leche, encender la luz de la cocina, el metro cúbico del gas para hacer la comida, los calcetines, la cuota del portal. Vendieron el coche, el ordenador, la licuadora. Vendieron planes de pensiones, abrigos, muebles, joyas y pequeños tesoros. 

Se olvidó de reír, y, más tarde, se olvidó de sonreír, pero nunca dejó de salir a la calle con ánimo a buscar trabajo para sacar un poco de dinero, pensando que en algún momento esa mala racha tendría que acabar. Pero no acababa, y se alargaba, y llegaba otro invierno, y la niña crecía, y las facturas se cumulaban, y la casa se caía a pedazos sepultando su matrimonio con ella.

Fueron tres años buscando trabajo con su verdadera cara hasta que un día, todavía no sabe muy bien por qué, se maquilló como una puerta, se vistió con ropa apretada, rellenó un sujetador, inventó un currículum y salió a la calle a por cualquier cosa. Tres entrevistas después esa caricatura de cuarentona cachonda tenía trabajo en una gran cadena de hipermercados. A menudo le cruza por la cabeza la idea de que su disfraz no tuvo nada que ver, que ya tocaba encontrar un trabajo y que posiblemente ya era su momento, pero, por si acaso, todos los días sigue la rutina de esconderse metódicamente tras aquel disfraz.

Así lleva un año maquillándose a conciencia cada mañana. Cada poro y cada arruga desaparecen de su cara. Cada imperfección se oculta tras una gruesa capa de química de colores. Cada mañana tiene que soportar ver esa máscara al otro lado del espejo, pero le da lo mismo porque sabe que la persona que tiene el trabajo en la caja del hiper no existe, que se la inventa todos los días, que sólo es por dinero, por comer y por no pasar frío. 

Sonríe cada vez que se pone el chaleco y se embute en el uniforme del hipermercado. Los clientes no ven las formas que se ocultan debajo, no pueden ni adivinar lo que esconde el chaleco de invierno o las medias gruesas, y piensa que si la contrataron por su apariencia de resultona madurita no pudo ser para alegrar el ojo a la clientela, sino a los que le pusieron delante un contrato. Y le da lo mismo porque ya no tiene edad para andar preocupándose por esas cosas. El orgullo o el amor propio no son para gente con hipoteca.

Al llegar a casa se quita los tacones gimiendo de puro cansancio, se desnuda y se deshace con furia de ese maquillaje pesado, grueso, asfixiante mientras unas manos llenas de ternura le masajean los hombros y una voz que deja entrever que sabe cuánto le cuesta esta farsa le dice que en cuanto se duche tendrá la cena en la mesa, que la niña ya está en la cama.

Después de cenar se quedará como un tronco viendo la tele y se irá a la cama sin saber muy bien cómo ni cuándo. A veces, ni siquiera sabe por qué.

Y así amanece de nuevo, y se levanta y va al baño intentando no despertar a la niña para aplicarse otro día más ese pesado maquillaje, pero cuando tiene ya la espuma en la cara y la navaja en la mano, se da cuenta de que hoy es domingo y que no hay que ir a trabajar.

Así que hoy no se afeitará, no se maquillará, no se podrá la peluca ni el sostén con relleno, y sonríe anticipándose al placer que supone ser él mismo por lo menos durante un día entero.


**Relato ganador del XIII CERTAMEN LITERARIO VILLA DE AMPUDIA** en Septiembre de 2019

viernes, 21 de junio de 2019

TENTACIÓN


... y ellos se escondían tras los arbustos, tras las columnas, volviendo loca a la niñera, que los llamaba y los llamaba, y que no los conseguía encontrar en aquel jardín tan enorme, así que, harta de dejarse la voz en vano, simplemente se plantó en el centro de un claro donde sabía que ellos la estarían observando y levanto la mano con la esperanza de que ellos acudirían voluntariamente, ya que no hay niño que pueda resistirse...



... a un sabroso helado de cucurucho.

lunes, 29 de abril de 2019

IN FRAGANTI (II)


Siempre me ha parecido fascinante la paciencia que tienen las esculturas al posar para los turistas. Aparecemos con nuestras cámaras, bolsas, libros, ruidos y tonterías varias y ellas, muy profesionalmente, mantienen el tipo y aguantan para que podamos sacar esa mala foto o hacer ese triste comentario que jamás les llegará a hacer justicia.

A veces he espiado frisos enteros durante horas intentando pillarlas en un renuncio, en una mala pose, un mal gesto, un desaire. Son casi mil años aguantando las estupideces de los seres humanos (o las cagadas de las palomas) y, sin embargo, jamás parecen estar molestas o salirse de su papel.


Ven pasar los tiempos, los modos, las tecnologías. Dudo mucho que una gárgola situada en lo alto de una catedral pensara que iba a tener que aguantar los humos de los tubos de escape, los ruidos de autobuses y coches, o posar con el cuidado que requieren los objetivos de 300 mm. O que una estatua de relieve situada en un rincón oscuro de una iglesia románica tuviera que seguir impertérrita a pesar de la oscuridad sabiendo que podemos dispararle a ISOS altísimos en condiciones de poca luz. Y, sin embargo, los ponemos a prueba y les pedimos que se mantengan como en el siglo XI o XII para que nosotros nos creamos evolucionados, superiores, desarrollados.


Pero el otro día lo conseguí. No sé si porque se creía amparada en la oscuridad, no sé si porque era algo urgente...




... pero una de ellas tuvo que contestar al móvil.

¡Y la pillé!

viernes, 12 de abril de 2019

UN CUENTO MACHISTA

Cuando Laura nació a mediados de los años 40 del siglo XX, la gente de buenas intenciones había ya entrado en escuelas y bibliotecas y retirado los libros que podían influir negativamente en los valores de los niños. Instalaron valores buenos que, como todos sabemos, son buenos para el que cree en esos valores, aunque pueden no serlo tanto para el que no cree en ellos. Por eso creían firmemente en sus buenas intenciones y yo no dudo de que fueran buenas.

Era la tercera en nacer, pero la primera hija del matrimonio tras dos chicos. Un castigo para el padre, al que una niña no servía de nada en su trabajo en la mar. Una bendición para la madre, que así tendría una ayuda en las labores de la casa y alguien que los cuidase cuando fuera mayor.

Era una niña, y las niñas tenían  utilidades muy determinadas. Y así era.

A mediados de los años 50, cuando aquellos nuevos valores de tan buenas intenciones estaban firmemente instalados en las escuelas y la sociedad, la madre de Laura, también llamada Laura, sacó a su hija del colegio cuando aun le faltaba un año para acabar la educación básica. Habló con los profesores y les dijo que ya era suficiente y que había encontrado un trabajo muy bueno para su hija en la capital, en una librería al servicio de "la señorita" que la iba a tratar muy bien. Los profesores dejaron ir a Laura haciendo como que había acabado la básica. Diremos que sus dos hermanos sí acabaron los estudios.

Era una hija, y las hijas estaban para ayudar, no para estudiar. Y así era.

Durante catorce años Laura estuvo trabajando en una librería muy céntrica, muy prestigiosa, atendiendo a gente de mucho nivel. Cuántas veces nos contó cómo atendía a la duquesa de tal, o al marqués de cual. Por supuesto, nunca estuvo afiliada a la seguridad social, nunca tuvo un contrato y nunca recibió el sueldo, puesto que iba directamente a manos de su madre, la otra Laura. Además, no tenía derecho a abrir una cuenta corriente propia, así que daba lo mismo.

Era una hija, y las hijas estaban para servir, no para ganarse la vida. Y así era.

Conoció al que luego sería su marido durante 46 años mientras todavía estaba trabajando el la librería. Se casaron y, por supuesto, ella dejó su trabajo para dedicarse a cuidar de su casa y su familia, como Dios manda. No fue una orden y no fue algo hablado, sino que, simplemente, era lo que tenían que hacer, lo natural en aquella época.

Era una esposa, y las esposas estaban para ayudar, no para participar. Y así era.

Durante esos cuarenta y seis años aquel matrimonio tuvo dos hijos, se mudaron varias veces y pasaron muy malos y muy buenos ratos. Hubo penurias y frío, pero nunca hambre, y nunca faltó la risa y la cultura. Y Laura siempre estuvo allí para recibir a su marido y a sus hijos cuando volvían a casa. Sólo cuando las cosas fueron realmente mal ella se puso a limpiar las casas de otra gente, por supuesto sin cotizar a la seguridad social, sin contrato y sin horarios.

Era una mujer necesitada, y las mujeres necesitadas estaban para servir a los demás, no para ser servidas. Y así era.

Afortunadamente Laura y su marido remontaron y tuvieron un retiro feliz gracias al duro trabajo que realizaron durante toda su vida. El marido pudo retirarse con una buena pensión y mantener a su mujer que, por supuesto, no tenía derecho a recibir nada por no haber cotizado nunca a pesar de haberse pasado toda su vida trabajando. 

Era una mujer dependiente, y no estaba para mantenerse por ella misma. Y así era.

Su marido falleció y ella se quedó con la mitad de la pensión que él había recibido. Irónicamente, y gracias a una desgracia, ella iba a ser una mujer independiente, pero la edad había hecho estragos en su mente y en su cuerpo y la habían convertido en una mujer necesitada de cuidados las veinticuatro horas del día. Sin ser consciente al completo, pero feliz, risueña y cantarina, como siempre.

Fin del cuento.

Sesenta años después de que Laura tuviera que dejar la escuela, grupos de gente de buenas intenciones entran en las bibliotecas y las escuelas y retiran los libros escritos en tiempos antiguos en los que las historias sean machistas. Son gentes con buenos valores llenos de buenas intenciones para evitar influir negativamente en nuestros hijos, los nietos de Laura.

Pero leo el cuento de Laura y resulta que en este cuento en el que la protagonista vivió su vida, crió una familia, peleó, lucho para sacar adelante una casa, un marido, hijos, nietos, se rió, lloró, cantó, viajó y vivió momentos terribles, siempre está al amparo de otros, sometida y dependiente, tal y como ocurría en la época en el que está ambientado.

O sea que es un cuento terriblemente machista.

Pero es que así era. Y así fue, y es verdad.

Seguramente sea la historia de la mayoría de las mujeres de aquella época, con historias mucho más terribles y con finales peores, pero es que es la historia de mi madre, y me dicen que no puedo contar la historia de mi madre a mis hijos porque puedo adoctrinar a los niños en el machismo en contra de los valores de igualdad. Valores que, por cierto, mi madre siempre me enseñó, aunque ella nunca pudo disfrutarlos.

Y gracias a gentes de buena voluntad, ¿deberé reescribir la historia y adaptarla a los buenos valores que debo transmitir a mis hijos, los nietos de Laura?

Es que así no fue y así no puedo contarlo. ¿Debo, por lo tanto, callar?

Creo recordar que "el que olvida su historia está condenado a repetirla", así que en voz bajita y al oído, sin que nadie me escuche, le contaré a mis hijos la historia de su abuela, y que aprendan lo que no hay que hacer. Y si esa historia no vale para que aprendan valores de igualdad entre las personas, les contaré la historia de su abuelo, que se dejó la vida para sacar a su familia adelante. O la de la madre de mi padre, una historia aun más terrible que la de mi madre. O la de la madre de mi abuela, una historia que pone los pelos de punta.

Y aunque gentes de buena voluntad quemen este cuento para que no se lo cuente a mis hijos, se lo contaré para que sepan cómo eran y cómo no deben ser.

Y así será.

domingo, 24 de marzo de 2019

CRÓNICA DEL GRAN VALLE


Cuenta la voz popular que los dioses no se esmeraron mucho en dar relieve al Gran Valle y lo dejaron bastante plano. Lo rodearon de pequeños montes en sus cuatro vientos, lo dotaron de algún río y de algún lago, pero sin rasgos a destacar. Debían de estar cansados.

Cuentan que la diosa de la fertilidad fue la última en esparcir sus dones sobre el valle, pero que lo vio tan plano y tan aburrido que se olvidó de contar las veces que espolvoreó el salero con el que aliñaba de fertilidad los suelos hasta el punto de que tanta especia en el aire la hizo estornudar, lo que provocó que se abriera la tapa y cayera sobre el gran valle la más grande bendición de fertilidad de todo el mundo.

Y así fue.

Aquellas tierras tan llanas permitían moverse con facilidad y transportar grandes cargas con poco esfuerzo. Aquellas distancias permitían vigilar y estar atento a los posibles ejércitos que se acercaran por cualquiera de sus cuatro vientos levantando pequeñas torres de vigía. Aquel suelo hacía brotar el grano con tanta facilidad que no hacía falta morir trabajando para poder comer de él, tanto las personas como los animales, que abundaban tanto en caza como en ganado. Aquel gran valle permitía tener bosques, prados, sembrados, huertas, rectos caminos, edificios asentados y cómodos, grandes espacios para disfrutar.

Los habitantes del Gran Valle se agrupaban en el Pueblo del Gran Valle, en el centro del mismo. Era gente tranquila acostumbrada a obtener buen provecho de aquel suelo fértil. Araban, sembraban y cosechaban sabiendo que de aquel trabajo obtendrían sus ganancias de las que retiraban tres partes: una se la debían al Señor Conde, el dueño de las tierras y al que servían con rentas anuales, otra parte se la debían a la iglesia como diezmo, algunos decían que para sostener la palabra del señor y otros para sostener el peso de la barriga del cura, y la tercera se la debían al Burgomaestre electo como impuestos, algunos decían que para sostener los servicios del pueblo y otros... en fin, digamos que el burgomaestre era también un hombre de amplias hechuras.

Y aun les quedaba un resto para poder vivir más o menos cómodamente. Podían pagar la leña, las ropas e incluso perder algo del jornal jugando a los dados en la taberna con el resto de los vecinos. Los artesanos se asentaban en el pueblo con sus talleres, los intermediarios, los mercaderes, los buscadores de negocios iban y venían del Pueblo del Gran Valle sabiendo de la riqueza de sus habitantes y obteniendo beneficios de ella.

Hacía siglos de la última batalla que regara el valle con sangre. En tiempos del tatarabuelo del último señor Conde del Valle, cuatro familias gobernaban por turno la riqueza del lugar sin más disputa que algún que otro duelo, alguna que otra pelea, o alguna que otra cabeza quebrada, pero nada serio en realidad. La paz consistía en el equilibrio de las pequeñas victorias obtenidas por cada una de las cuatro familias gracias a la bonanza perpetua que proporcionaba la fertilidad de aquella tierra tan generosa.

Cuentan que un día se vio una grandísima columna de polvo y humo acercándose desde el norte. Se enviaron rastreadores que volvieron con la peor de las noticias: un ejército de trasgos de los hielos se acercaba arrasando todo a su paso. Las cuatro familias agruparon sus fuerzas, organizaron una leva, planearon una estrategia y con la ayuda de todos los habitantes del pueblo, mujeres, niños y viejos incluidos, defendieron su valle a fuego y sangre obteniendo una magnífica y dolorosa victoria en una batalla que duró seis días. La derrota del ejército trasgo se celebró durante seis días más en una fiesta que nada tuvo que envidiar en intensidad a la batalla. Al decimotercer día, de entre los escombros del fuego y el alcohol  sólo se levantó una de las familias, habiendo desaparecido las otras tres misteriosamente. El patriarca de la familia superviviente se adueñó de todas las riquezas, tierras y propiedades de las otras tres, convirtiendo aquel gran valle en un gran y próspero condado.

De aquel alma guerrera sólo quedaban las torres de vigilancia en los extremos del valle y el gran torreón amurallado en el que vivía el Señor Conde con su familia, quien no había cogido nunca en su vida un arma más que para ir a cazar a uno de sus frondosos bosques. Espadas, arcos y lanzas se amontonaban en las armerías criando óxido o fundiéndose para convertirse en arados, trillos, hoces o bellos adornos de ferrería para el torreón o los salones de baile.

Cuentan que los dioses no tenían muchas ganas de trabajar cuando rodearon al valle con sus montes. Eran unas pequeñas sierras picudas, de baja altura y tremendamente aburridas, sin un reto, barranco, pico de gran altura o cueva donde los enanos de las montañas pudieran establecerse. Estaban a medio terminar, sin pulir, y era imposible establecer un camino sobre ellas, de tal manera que todo el valle se comunicaba con el exterior por cuatro pasos entre aquellos picachos desagradecidos, cada uno en un punto cardinal. Gracias a esta desidia por parte de los dioses, los hombres pudieron establecer sus puestos de vigilancia y acceso al valle de la manera más cómoda y segura, reduciendo la seguridad a cuatro pequeñas guarniciones en cada uno de los pasos.

Desde cada puesto de vigía hasta el Pueblo del Gran Valle se tardaba una jornada completa a buen paso de caballo. Antaño se habían preparado grandes carros de leña que alertaran desde lejos la llegada de los ejércitos invasores si el vigía de cada uno de los pasos al valle le prendía fuego, pero hacía años que aquellos leños habían servido para cocinar exquisitas piezas de carne o calentarse los huesos en lo más duro del invierno. Nadie esperaba noticias de los vigías y había quien aseguraba que sólo eran una leyenda, un recuerdo de los tiempos antiguos, así que cuando uno de ellos entró al galope en el pueblo buscando al Burgomaestre, nadie supo reconocerlo.  Le hicieron esperar horas en la antesala de la casa del Pueblo donde el Burgomaestre concedía audiencia municipal y para que le creyeran tuvo que enseñar muchas veces su antiguo medallón de vigía de la puerta de Poniente heredado de su padre, quien lo había heredado del suyo, y así hasta los primeros tiempos anteriores al Conde, cuando se había establecido la saga de los Vigías.

Venía a avisar de que había llegado al paso de Poniente una caravana de emisarios que traían malas noticias: un gran dragón de plata había despertado en las altas montañas de más allá de poniente y había expulsado de su territorio a los demonios de las cuevas. Hambrientos y desesperados, éstos habían bajado a los valles y habían iniciado una cruel guerra contra los ejércitos de los hombres, quienes lentamente y desde hacía más de dos años, iban perdiendo terreno contra aquellos seres desesperados y crueles. Pueblos enteros eran pasto de las llamas y lo que no acababa en el fuego, acababa en las tripas de aquellos demonios. Los sembrados, el ganado, la caza, los bosques desaparecían al paso de aquella horda hambrienta y nadie parecía poder detenerlos. Calculaban que en menos de doce meses alcanzarían las puertas del Gran Valle.

Se celebró un gran consejo municipal que presidió el Burgomaestre en representación del pueblo. Frente a él, sentado en una silla reforzada en distintas zonas estratégicas, se sentó el señor cura en representación de la palabra del señor. Al otro lado, el Señor Conde se representaba a sí mismo. A la gran mesa se sentaron los representantes de las doce familias que a lo largo del tiempo habían ostentado la burgomaestría y que tenían derecho a voz y voto en las decisiones del consejo. Debido a las extraordinarias circunstancias del momento, se abrieron las puertas del gran salón para que el pueblo pudiera participar en el consejo. Únicamente mirando, claro.

Así, todos pudieron escuchar la historia del emisario de Poniente, quien no dudaba en embellecerla cada vez que tenía que repetir alguna parte poniéndoles los pelos de punta y provocando llantos, sofocos y algún que otro desmayo. Entre medias verdades y alguna mentira engrasada con un poco del rico aguardiente del valle, dedujeron que la amenaza era realmente seria. Los demonios de las cuevas eran unos seres pequeños y estúpidos que raramente salían de su entorno, pero cuando descendían a los valles eran una plaga devastadora debido a su número y fiereza. Las crónicas databan la última plaga hacía más de tres veces cien años y todavía se podían encontrar ruinas de aquella época en los caminos más antiguos.

El Señor Conde escuchaba atento. La guerra no era buena para los negocios. Si aquellas bestias atacaban el valle, el comercio de sus ricos productos se interrumpiría.

El señor cura también escuchaba atento. Pensaba en cuánto miedo inspiraban los pequeños demonios de las cuevas, aunque nunca hubieran visto uno, y en cómo en tiempos de miedo, es únicamente la palabra de la fe la que puede dar consuelo.

El Burgomaestre atendía, pero no entendía una palabra. ¿Qué debían hacer? Se acercaba un ejército de alimañas y nadie podía pararlo, así que, ¿qué podían hacer ellos? Miraba al señor Conde, miraba al señor cura y, sobre todo, miraba aterrado a la mesa de los representantes de las doce familias advirtiendo en sus miradas la expectación por verlo caer y ocupar su puesto.

Un hombre que representaba a una de las doce familias se puso en pie y pidió silencio. Explicó que aquello nada tenía que ver con ellos puesto que los demonios de las cuevas no existían. Explicó que no eran más que leyendas de otras eras, al igual que los dragones o la saga de los vigías. Aquello no sentó muy bien al vigía y se fue hacia él levantando el puño donde apretaba fuertemente el medallón de su familia. Un miembro de otra de las familias le apoyó y exclamó que los vigías sí existían y que había documentos que así lo atestiguaban, aunque habría que encargar una comisión municipal que investigara aquel extremo. Un tercero, rival de los otros dos, se puso del lado del vigía y lo exhibió como prueba cierta de que los dragones eran animales de carne y hueso. El gentío empezó a aplaudir o silbar a las opciones que más les gustaban o disgustaban, según el caso, y se descargó algún puño sobre alguna nariz como razonamiento en favor de tal o cual tesis.

Durante tres semanas se estuvo debatiendo sobre la existencia de los vigías. Hay que apuntar que al tercer día el vigía había vuelto a su puesto y desde entonces nadie le había vuelto a ver en el gran salón, por lo que el debate sobre su existencia se volvió más metafísico que técnico.  Al final de aquel periodo nadie tuvo muy claro el resultado del debate, pero como había pasado tanto tiempo, se habían aburrido y ya a nadie le importaba mucho el resultado.

Durante este tiempo un joven escriba había viajado a los cuatro puestos de entrada del valle y había hablado con las cuatro familias que residían en las cuatro puertas naturales. Era un joven extraño y de raras tendencias intelectuales que acostumbraba a hacer muchas preguntas y a pasar largas temporadas viajando o encerrado en las oscuras salas de la biblioteca situada en el sótano del edificio del consejo, así que nadie lo tenía en gran consideración por no ser más que un escriba, algo bastante poco útil en aquella sociedad.

Su viaje por las lindes del valle le llevó dos semanas a caballo y tras su regreso estuvo una semana más encerrado leyendo libros antiguos y tomando notas. Al principio de la cuarta semana pidió la palabra en la mesa del consejo sin hacer caso de las miradas divertidas del conde y el Burgomaestre. Les explicó su viaje y les contó cómo eran los pasos de entrada al valle, su angostura y su fácil defensa, aunque actualmente no tuvieran cada una más que una casa-torre en la que vivían las familias de los vigías. También les habló de sus estudios sobre los demonios de las cuevas. Eran seres de mediano tamaño, muy fuertes y ágiles, con uñas afiladas como hojas de afeitar, dientes como sierras y un par de ojos que les permitía ver en la oscuridad, pero que no les impedía ver bajo el brillo del sol. Calzaban duras botas de cuero, vestían petos remachados con pesados metales, se cubrían con cascos de hierro negro y usaban armas muy sencillas: espadas, puñales y hachas de combate. Pero su gran arma era la capacidad que tenían para invocar el fuego a unas distancias de casi diez metros, achicharrando infantería, caballería y armas complejas antes siquiera de entrar en el cuerpo a cuerpo. No tenían líderes destacables ni estrategia de combate y su dirección venía determinada por el hambre y las tierras fértiles, ya que nada aguantaba más de tres días su estancia. Pastos, bosques, ríos, ciudades enteras quedaban consumidas por el fuego y su voracidad. Su gran número y hambre hacía de ellos un ejército caótico e invencible.

Se desató el pánico entre el pueblo, las mujeres gritaban, los hombres rugían, los niños lloraban desconsolados sin entender nada, pero entendiendo que algo malo pasaba. Los representantes de las familias palidecieron y giraron sus cabezas hacia el Burgomaestre, quien se volvió de un extraño tono verdoso. El cura se apretó la barriga con las dos manos y alzó los ojos al cielo. El Señor Conde hundió la cara entre sus manos.

El joven escriba alzó la voz intentando hacerse oír. No había acabado su exposición y necesitaba explicar a sus vecinos lo que había descubierto, pero los gritos se convirtieron en empujones, el calor hizo estremecer los nervios, la gente se pisaba y se empujaba entrando y saliendo de la sala con gran estrépito. Él gritaba y levantaba los brazos, pero parecía haberse vuelto invisible.

Trepó sobre la mesa, saltó por encima de brazos y cabezas intentando llegar hasta el Burgomaestre mientras le gritaba que había una solución, pero el Burgomaestre no lo distinguía de todos aquellos alaridos y, aunque lo hubiera hecho, sólo podía pensar en que iba a perder su puesto por no tener un plan efectivo frente a sus doce rivales.

Como no consiguió llegar hasta él, reptó por debajo de los muebles y las piernas de los soldados hasta llegar al sillón donde estaba el Señor Conde, quien sólo podía pensar en que estaban a punto de empezar la temporada de siembra y que todo aquello iba a interrumpir la prosperidad de sus tierras, además del comercio con el exterior del valle. El joven escriba leyó la preocupación en la cara de su señor, aunque desconocía los motivos, y se arrodilló frente a él gritándole que había una solución, ¡había una solución!

El Señor Conde pareció despertar de un largo sueño. Miró a su alrededor como si se acabara de dar cuenta de todo el jaleo que se había organizado mientras él tenía la mente en otro lado. Vio al joven escriba delante de él, arrodillado y recibiendo empujones mientras le gritaba que había una solución, ¡una solución! Así pues, el Señor Conde se puso en pie y, sin decir una sola palabra, levantó los brazos hacia la sala. Inmediatamente, todos callaron como si se hubieran quedado congelados.

Contó historias de sus antepasados, recordó las grandes gestas de la formación del valle, la valentía de sus hombres, sus padres, sus abuelos, la serenidad y dureza de sus madres, sus hijas, sus mujeres, la fertilidad de sus tierras, sus animales, sus bosques y prados. ¿Cómo iban a dejarse prender por el pánico? ¿Cómo no iban a hacer algo para salvar todo aquello? ¡Inconcebible! ¡Impensable! ¡Nunca! Les recordó que eran el gran pueblo del Gran valle, no cualquier cosa, y que todos juntos se pondrían en marcha para solucionar aquella crisis. Habló y habló hasta que hombre, mujeres y niños lloraron de emoción con los corazones latiendo con fuerza, los ojos serenos y los puños cerrados. Todos vitorearon a su señor. ¡Se pondrían manos a la obra! ¡Sí, sí, sí!

El Señor Conde les pidió tranquilidad y que les dejaran trabajar. Necesitaban concentrarse en buscar soluciones. También les recordó que la época de la siembra estaba cercana. Debían pensar en el futuro y no ahogarse en un mar de preocupaciones por cuestiones a las que encontrarían una solución. Mientras el pueblo mantuviera el ritmo de la vida, ellos trabajarían para que todo pudiera seguir igual y vencer a aquella amenaza del demonio.

Es razonable, dijo el pueblo. Tendremos que pensar en comer. Faltaba mucho para que llegaran los demonios de las cuevas y la vida debía continuar.

Agradecido por su respeto, el Señor Conde les recordó que a pesar de todo, venían tiempos difíciles. Tendrían que apoyarse entre todos aportando lo máximo posible. Los ganaderos deberían cuidar el ganado el doble, los agricultores deberían vigilar las plagas el doble, los herreros deberían forjar acero el doble de resistente, los frutales deberían estar libres de la mitad de pájaros, las cosechas deberían recogerse en la mitad de tiempo, los almacenes deberían llenarse al doble de velocidad y, lamentablemente, las tierras del Señor Conde deberían producir el doble, o sea que, muy a su pesar, el Señor Conde debería aceptar el doble de renta.

Parece claro, dijo el pueblo. Nos apretaremos el cinturón y sacaremos fuerzas de donde no las haya.

El joven escriba intentó hablar de nuevo. Él tenía una solución y no haría falta aquel sacrificio, pero justo cuando se iba a poner en pie, el Burgomaestre pareció recuperar su color normal y le quitó la palabra. Agradeció al Señor Conde aquella generosidad con largas parrafadas y floridos giros de lisonja tras lisonja. Luego se volvió hacia el pueblo y les recordó que deberían prepararse para una dura etapa que les fortalecería como pueblo, que les uniría como comunidad, que los enlazaría para siempre ante la adversidad. Y que para ello deberían aportar un esfuerzo extra para que el burgo pudiera sostener aquel proceso mediante un impuesto extra al que, arrebatado por la inspiración del momento, llamó La Dote de la Libertad, consistente en un aumento extraordinario (¡por supuesto, provisional mientras durase la contingencia!) del impuesto ordinario en un veinticinco por ciento.

Contribuiremos, dijo el pueblo. A fin de cuentas, ese extra es para nuestro beneficio común.

Tras los aplausos, el joven escriba intentó volver a explicar su plan, pero el señor cura levantó una mano en la que brillaban los anillos de todos los colores y el pueblo guardó silencio y se puso de rodillas. Entonces el representante del señor les recordó que lo único que podría unirlos más que su propia tierra era la fe que los unía con todos los miembros de su iglesia, más allá incluso de las fronteras del valle. Les recordó que la fe mueve montañas, y que la fe hay que sostenerla día a día con amor y diezmos, pero que ante la adversidad de aquellos demonios deberían sostenerla mucho más y con más intensidad. Propuso misas y celebraciones no sólo los domingos, sino entre semana y pidió la consideración del pueblo para ayudar a aquel pobre siervo del señor a trabajar el doble costeando todo aquel esfuerzo extra por parte de aquel pequeño e insignificante pastor aumentando su generosidad al pasar el cepillo.

Es lógico, dijeron. Aportarían un extra aparte del diezmo para sostener el gasto extra de la fe que tanta falta les haría.

Los doce miembros de la mesa del consejo votaron a favor. El Señor Conde, el Burgomaestre y el señor cura contrajeron sus caras e hicieron muecas de dolor votando a favor dejando claro al pueblo que aquello era incómodo para ellos, aunque lo veían necesario. El pueblo se lo agradeció vitoreándolos. El secretario terminó de escribir en el diario y se lo pasó al Burgomaestre quien, con su firma, certificó el inicio de aquel nuevo estado del reparto de cargas.

Se dio por concluida la reunión y el pueblo se empezó a retirar ruidosamente entre risas y palmadas en la espalda. El Señor Conde, el Burgomaestre y el señor cura sonreían a los doce miembros de la mesa del consejo mientras se intercambiaban cortesías y buenas palabras.

Entonces sonó un grito.

El joven escriba estaba de pie sobre la mesa del consejo y no paraba de repetir que había una solución, ¡una solución!

El pueblo se dio la vuelta. Los miembros del consejo se miraban sin saber cómo reaccionar. El Señor Conde no decía nada y el Burgomaestre se había vuelto a poner de color verde.

Aprovechando aquel desconcierto, el escriba les gritó a todos que sólo hacía falta levantar un muro. Bueno, realmente cuatro muros, uno en cada una de las entradas al valle, sellándolo mientras la horda de los demonios de las cuevas pasaba rodeando el valle desde poniente hasta levante. Eran unos seres estúpidos y perezosos que, aun siendo muy numerosos, no eran capaces de atacar fortalezas de cierta altura y su fuego no podría jamás con un sólido muro de piedra que tapase las entradas al valle. Las montañas ásperas y afiladas que rodeaban el valle harían todo el trabajo de defensa necesario y ellos únicamente tendrían que aguantar el asedio durante un corto período de tiempo, posiblemente menos que unos pocos meses.

El Señor Conde se adelantó y abrazó al escriba. Le levantó un brazo y proclamó ante todo su pueblo que de inmediato se pondrían a trabajar en los soberbios planes de aquella mente que los iba a salvar de la catástrofe. El pueblo vitoreó, cantó y bailó. ¡Estaban salvados! El Señor Conde pidió silencio e informó a todos que en la siguiente reunión del consejo decidirían cómo afrontar la amenaza con los nuevos datos de los que disponían, pero que, mientras tanto, deberían todos ponerse manos a la obra. Los herreros a forjar, los agricultores a sembrar, los ganaderos a preparar los cruces y razas, los artesanos a trabajar sus artes.

El pueblo se retiró satisfecho, el consejo se disolvió, el señor cura se retiró a sus misas, el Burgomaestre se retiró a su descanso y el Señor Conde se dirigió a su torreón con el joven escriba fuertemente abrazado a su costado. En cuanto cerraron las puertas del torreón, lo soltó, se volvió a los guardias y les ordenó prenderlo, cargarlo de cadenas y encerrarlo en la mazmorra.

Pasaron varios días hasta que el Señor Conde hizo subir al escriba al salón de peticiones donde solía recibir a sus siervos. Allí estaban también el Burgomaestre y el señor cura, ambos comiendo y bebiendo sin dignarse a mirarle. Sólo se fijaron en él cuando el olor que desprendía les hizo arrugar la nariz. Entonces el Señor Conde le dijo que mirase por la ventana. Se asomó y allí, abajo en la plaza pudo ver un grupo de soldados hablando tranquilamente con varias personas. Mirando más atentamente, se dio cuenta de que todas aquellas personas eran familiares suyos. Parecían hablar tranquilamente con ellos, pero si uno se fijaba, los tenían rodeados de una manera discreta, pero clara.

El Señor Conde entonces le explicó que era peligroso exponer ideas antes de consultarlas con ellos. No podía proclamar al aire que la solución al problema de los demonios de las cuevas era algo tan sencillo como poner un muro en las puertas del valle. ¡Nada es tan sencillo! Existen muchos factores que condicionan estas obras, como todo el mundo sabe. Cerrar las puertas cuando empieza el año, con las cosechas en marcha, el comercio en marcha, la producción de bienes y riquezas en marcha era una temeridad. Ocupar a los hombres en la tarea del muro implicaría abandonar sus obligaciones para con las tierras de su señor, y eso era imperdonable.

El Burgomaestre, sin levantar la mirada de su plato grasiento le explicó que no se podía perder un año entero de impuestos y, sobre todo, expectativas de crecimiento como las de aquella temporada en la que todo el pueblo estaba decidido a trabajar al unísono. Un pueblo con un enemigo común rinde más, no presenta fisuras y se olvida fácilmente de sus problemas internos para ocuparse exclusivamente de la amenaza que se acerca… si es que aquello de los demonios de las cuevas era cierto, claro, que eso era otro cantar.

El señor cura, que no había dejado de asentir, juntó los dedos y mirando directamente al cielo le explicó que la fe se basa en el anhelo de algo mejor. Un pueblo temeroso es un pueblo que necesita un asidero, una esperanza, una luz al final del túnel, y eso es lo que el señor cura ofrecía a su pueblo. Además, un pueblo abnegado en la fe rinde mejor para con su templo y los sacerdotes pueden dedicarse con más libertad a administrar las almas de su rebaño al tener cumplidas sus necesidades terrenales.

La conclusión, explicó el Señor Conde, era que no se debía construir el muro en aquel momento. Era inconveniente para los asuntos de gran calado, como podía comprobar. Pero el daño ya estaba hecho. El joven escriba había expuesto ante todo el mundo su loco plan del muro y no lo iban a olvidar. Esperaban algo de ellos, alguna respuesta, un plan de acción y, ¡pardiez!, se lo iban a dar. Cada quince días se reunía el consejo: el Señor Conde, el Burgomaestre, el señor Cura y las doce familias del gran valle. Esas reuniones serían a partir de entonces en el pórtico del edificio del Pueblo para que todos sus habitantes pudieran escuchar. Además, el escriba acudiría a todas ellas como asesor para que todo el mundo le viera y, por supuesto, no diría ni una palabra. Por cada sílaba que emitiera en público, su familia perdería un miembro. El resto del tiempo lo pasaría en su celda, aunque harían creer a todos que estaba trabajando intensamente en el plan de defensa.

Acabada la parrafada, con un sencillo gesto de su mano ordenó a sus soldados que devolvieran al preso a la mazmorra.

Pasaron varios días hasta que lo volvieron a sacar. Lo metieron en agua con jabón y le dieron ropas nuevas y limpias. Le hicieron unirse a la comitiva que se dirigía a la sesión del consejo y cuando llegaron allí lo sentaron a la derecha del Señor Conde, quien le recordó su situación simplemente mirándole de reojo y levantando una ceja levemente.

El pueblo esperaba en la plaza las buenas noticias.

El Burgomaestre se puso en pie y anunció que llevaban dos semanas discutiendo los planes de construcción de los muros de las puertas del valle y que iban a proceder a ejecutar las obras. La gente aplaudía y vitoreaba, el escriba callaba.

El burgomaestre explicó que lo primero que hacía falta era elegir el grupo que extraería la piedra para construir el muro. Inmediatamente uno de los representantes de una de las familias se puso en pie y gritó que todos sus hombres estaban dispuestos a picar piedra de inmediato. Como un solo hombre, el resto de representantes saltaron de sus sillas gritando que sus hombres lo harían mejor y más rápido, con menos coste y mucha más habilidad. Se inició un debate acalorado en el que los hombres del pueblo también participaban según se posicionaban con una familia u otra. Los gritos subieron de intensidad, las sillas cayeron al suelo, los puños se alzaron, se escucharon amenazas y se lanzaron ofensas al aire. En la mesa de los doce, nadie estaba sentado. En la plaza, la multitud se revolvía y de vez en cuando se recibía algún golpe.

El Señor Conde se levantó y alzando un dedo consiguió que todos callaran. Con voz suave los calmó y les reprendió por pelearse entre vecinos, cuando el enemigo real eran los demonios de las cavernas. Propuso debatir el tema en el consejo durante las dos semanas siguientes y traer una solución para el día de la siguiente reunión. El pueblo levantó sus brazos y alabó la sabiduría de su señor.

Entonces el Burgomaestre les recordó que estaban en época de siembra y que tenían que ponerse a trabajar. Dos semanas era mucho tiempo para dejar los campos y el ganado descuidados. También les recordó que las nuevas tasas de emergencia se debían empezar a abonar esa misma semana y que esperaba que todos participasen con ánimo en la recaudación.

El señor cura simplemente les recordó que habría misas especiales para rezar por la victoria contra los demonios de las cuevas y que los esperaba ver a todos allí.

Durante dos semanas los representantes de cada una de las familias fueron pregonando su opinión por las tabernas, en el mercado, en los campos, en las granjas. Arengaban al pueblo a unirse a ellos, a optar por ser los extractores de piedra, los elegidos, los salvadores del gran valle. Y el pueblo escuchaba y escuchaba. Las explicaciones eran coherentes, los razonamientos, claros. Todos tenían razón, pero siempre había alguno con más razón que otros. Así que en los campos escuchaban, en el mercado intercambiaban opiniones y en la taberna se discutía. Al principio con palabras o voces, pero pasados unos días, se alzaban los puños y se rompían narices.

Mientras tanto, pagaron las tasas, contribuyeron al cepillo, aumentaron el ritmo de siembra.

Cuando volvieron a sacar al joven escriba de su celda apestosa, lo lavaron y lo vistieron con ropas limpias, pudo apreciar que en la plaza se había reunido el pueblo, pero formando diferentes grupos. Había expectación, había tensión por saber qué había decidido el consejo. Cuando habló el Burgomaestre, anunció cuál iba a ser la familia elegida para la noble tarea de extraer piedra y no todo el mundo vitoreó la decisión. Algunos se resignaron, pero otros callaron y apretaron los puños por no haber sido elegidos.

El representante de la familia se puso en pie y se dirigió a sus hombres recordándoles que la extracción de piedra comenzaría de inmediato y que como estaban en plena época de preparación de la siembra, los hombres tendrían que mandar a sus hijos al campo a sustituirles para no perder la temporada.

El Burgomaestre felicitó a los elegidos y planteó la siguiente etapa: ¿de dónde se sacaría la piedra? Estaban las canteras del Norte, ricas en granito, pero difíciles de trabajar, y estaban las canteras del Sur, hechas de calizas blandas y fáciles de trabajar, pero frágiles. Los representantes de las familias concesionarias de ambas canteras no dudaron ni un segundo en pedir a gritos que fueran sus canteras las elegidas. Alabaron las virtudes de la propia, destacaron los defectos de la contraria.

Y de nuevo se alzaron las voces, le levantaron los puños, se vertieron insultos y ofensas, así que tuvo que intervenir de nuevo el Señor Conde para calmar las aguas y proponer otras dos semanas de debate interno del consejo. Eso sí, sin olvidar que la extracción de la piedra de sus canteras exigiría un esfuerzo económico importante debido a las fuertes tasas que tenían impuestas desde tiempos inmemoriales, pero que merecería la pena abonar.

El Burgomaestre les recordó el siguiente pago de la tasa extraordinaria y el señor cura les recordó las fechas de las siguientes misas. Se levantó la reunión y volvieron a meter al escriba en su celda.

Durante las dos siguientes semanas, dos familias pugnaron por convencer a todo el pueblo de que sus canteras eran las mejores. Hablaron en los campos mientras sembraban, hablaron en el mercado mientras compraban y vendían, hablaron en las tabernas, donde invitaron a vino para caldear un ambiente que fue elevando su temperatura hasta conseguir que la más mínima expresión de una idea diferente provocara una pelea multitudinaria en los lugares más inesperados.

En la siguiente reunión del Consejo, se eligió la cantera del Norte provocando alegría y enfado por igual, pero surgió el siguiente escollo: había que transportar a los hombres hasta las canteras, organizar un poblado, darles de comer, proporcionarles herramientas y medicinas. ¿Quién se encargaría de eso?

Como espectador de primera fila, el joven prisionero se mordía la lengua para no dejar escapar ni una sílaba en la plaza. El esquema se repetía en cada reunión: propuesta, escollo, pelea, prórroga de dos semanas. Ardía por dentro y a veces tenía la loca idea de escapar, pero cada vez que se le pasaba aquella locura por la cabeza, el Señor Conde le miraba de reojo y le sonreía, como si pudiera leerle los pensamientos.

En la siguiente reunión surgió la duda de quién proporcionaría los carros y bueyes para transportar tanta piedra a los cuatro puntos cardinales.

En la siguiente, surgió la duda de quién sería el maestro cantero que dirigiera las obras de extracción.

Y en la siguiente, cuál sería el maestro cantero que dirigiera las obras de levantamiento del muro.

Y en la siguiente, si deberían empezar a construir por el norte, el sur, el este o el oeste…

En cada reunión el joven escriba se iba haciendo más y más invisible. Nadie reparaba en él. La ira centraba la atención del pueblo en el Burgomaestre y sus sabias decisiones, que sustituían un problema por otro. Así, poco a poco el escriba se encogía cada vez más en su puesto de observador aplastado por la evidencia de que a esas alturas del año nadie iba a conseguir avanzar en la defensa del valle, y él, menos. Tan invisible y pequeño se hizo que en una ocasión se disolvió la reunión y se olvidaron de devolverlo a la celda. Cuando vio que nadie lo iba a llevar, sus pies se pusieron en movimiento sin que él lo pretendiera y lo condujeron hasta su mazmorra, se tumbó en su montón de paja sin molestarse ni en cerrar la reja y no volvió a salir.

Un día llegó al pueblo la familia de los vigías del paso de poniente al completo. Hombres, mujeres y niños cargados con hatillos alrededor de un carro tirado por una vieja mula donde llevaban sus pocos enseres cruzaron el pueblo deteniéndose lo justo para descansar un poco los pies y aprovisionarse para proseguir su camino hacia el levante. La gente del pueblo les preguntó por qué y ellos simplemente les contestaron que habían visto polvo en el horizonte. Al principio parecía una nube que tapaba el sol de la tarde, pero pasaron los días y aquella nube se iba haciendo cada vez mayor, por lo que dedujeron que no era una nube, sino una polvareda. Una polvareda levantada por muchos, muchos pies que se iba acercando cada día un poco más.

El miedo se apoderó de los habitantes del pueblo. Los demonios de las cuevas estaban cerca y no sabían cómo iba el proceso de la construcción del muro. Estaban en plena cosecha y los graneros estaban a reventar. Las manos, las espaldas, los cuerpos de hombres, mujeres y niños estaban al límite de sus fuerzas. Sus arcas, vacías. Sus ánimos, por los suelos. Animados por el vino y el miedo, llevaron al vigía del paso de poniente a la casa del Burgomaestre y le hicieron que repitiera su historia. Entonces, el Burgomaestre, alarmado, pidió audiencia con el Señor Conde, quien, levantando las manos pidiendo calma, les explicó que las circunstancias habían hecho que no les diera tiempo a construir los muros, así que deberían prepararse para lo peor.

Se reunieron todos en la plaza del pueblo y atendieron a las sabias palabras de su señor. Primero, les dijo, todos los hombres fuertes deberían armarse y emprender viaje hacia poniente. Allí deberían hacer frente al ejército de los demonios de las cuevas sólo para hacerles perder la mayor cantidad de tiempo posible. Mientras, el resto cargaría el contenido de los graneros, los animales y los enseres de valor en carros y emprenderían viaje hacia el levante, a los lejanos puertos del mercado del Este, donde a esas alturas del año ya deberían estar esperándoles para comerciar. Normalmente eran los mercaderes del Este los que venían al valle a comprar, pero eran tiempos difíciles y tendrían que ser ellos los que llevaran el fruto de su trabajo de todo el año hasta los compradores. Sería un esfuerzo enorme y deberían proteger con sus vidas aquella mercancía, ya que antes de salir deberían dejar al Señor Conde el pago correspondiente del arriendo y los beneficios. Aun así, para ayudarles en su huida, el Señor Conde acogería en los muros de su torreón todo aquello que no se pudieran llevar con ellos y él mismo se quedaría con su familia intentando estorbar lo máximo posible a aquel ejército invasor… incluso a costa de su propia vida.

Con lágrimas en los ojos, durante días y días los habitantes del pueblo recogieron, cargaron, empaquetaron y se pusieron en marcha hacia el este, no sin antes dejar en el patio intramuros del torreón del Señor Conde víveres y enseres para superar el asedio. Y también dejaron el arriendo, y el porcentaje del beneficio, y el último pago de las tasas municipales ordinarias y extraordinarias. Ah, y el diezmo, que era la época de diezmo.

Mientras aquella lenta caravana se arrastraba hacia el este, los hombres más valientes se armaron con hachas, hoces y horcas, se despidieron de sus mujeres e hijos y se dirigieron a taponar el paso de poniente. Nunca más se volvieron a ver.

La primera oleada de demonios de las cuevas entró en el valle prácticamente sin notar la presencia de los defensores. Habían podido con ejércitos enteros, no iban a detenerse por un par de cientos de labradores y ganaderos mal armados. Los arrasaron y entraron en el valle más fértil que habían visto jamás. Se alimentaron como nunca comiendo todo lo que no fueran piedras y no dejaron ni los esqueletos de las ratas. Todo a su paso desaparecía y tras ellos sólo dejaron cenizas.

El retumbar de millones de pisadas hacía temblar los cimientos del torreón del Señor Conde, allí donde se encontraba aquella mazmorra con su único prisionero. Durante días y noches los muros de piedra temblaron, se abrieron grietas y subió la temperatura hasta hacer creer al prisionero que se encontraba en un horno. Durante días y noches soportó el hambre, pero cuando se le acabó el agua, empezó a olvidarse del infierno de la guerra y a sufrir el infierno de la sed. Cuando no pudo aguantar más, se arrastró fuera de su celda y se aventuró por los pasillos del torreón en busca de agua.

Según iba llegando a los niveles superiores, el estruendo era mayor. El olor era el del azufre. El calor de los muros, el del infierno. La luz le cegaba tras tantos meses encerrado y se tenía que tapar los ojos. Tanteando aquellos muros quemándose las manos, llegó a la cocina y metió la cabeza en la tina de agua. Estaba caliente, pero no le importó.

Saciada la sed y privado aun de la vista, sobre el olor del azufre pudo notar el olor de la comida. Poco a poco siguió aquel rastro y llegó al gran salón de banquetes. Unas manos lo agarraron, lo zarandearon y lo tiraron al suelo. Creyó que había caído en las garras de los demonios de las cuevas y se dispuso a morir, pero se dio cuenta de que podía entender las palabras que decían aquellos monstruos y, poco a poco, al ver que ni lo mataban ni se lo comían ni lo quemaban, mientras perdía el sentido se atrevió a pensar que a lo mejor aquellos no eran los demonios de las cuevas, sino humanos como él.

Se despertó en un catre, no en su montón de paja. Era de noche y la luz de la luna entraba por la ventana. Aunque todavía le dolían los ojos, podía ver que estaba en una habitación aseada y aireada, no en una mazmorra. Tenía puesto un camisón limpio y al pie de su cama había una tina con agua. Bebió y se lavó la cara para intentar despejarse. Alguien le había cortado la barba y al pasar las manos por la cara pudo escuchar el raspar de los pelos contra las palmas, lo que indicaba que hacía un par de días que le habían afeitado.

Pero también se dio cuenta de otra cosa: había oído el raspar de los pelos. Oído.

Había silencio. No había gritos. No había retumbar de muros. No había rugidos. El asedio había acabado.

Salió de la habitación tanteando las paredes y guiándose por la luz de la luna que entraba por las ventanas. Seguía oliendo a azufre y los muros del torreón parecían un horno, pero lo peor era aquel silencio en el que no se oían los grillos, las ranas, ni ningún sonido habitual de la noche.

Al poco escuchó voces como de una conversación en voz baja. Siguió el sonido y llegó a la sala de recepción del Señor Conde. No había ninguna antorcha encendida y no pudo ver a los soldados que salieron a cerrarle el paso. A una voz de su amo, lo cogieron por los brazos y lo sacaron al gran mirador de la torre. Allí estaba el Señor Conde, sentado en su gran sillón con los pies en alto, bebiendo una gran jarra de cerveza y comiendo frutas de un cuenco enorme que tenía a su lado. Hizo colocar una silla menor a su lado y con un gesto de su dedo ordenó a sus soldados que sentaran al escriba en ella.

Sin decir ni una palabra, el Señor Conde le indicó al escriba que mirase hacia el valle que se extendía a sus pies. O lo que quedaba del valle. A la luz de la luna todavía se podían ver pequeñas humaredas allí donde había estado el pueblo. Un pueblo del que ya no quedaba nada: ni casas, ni calles, ni suelo, ni árboles, ni fuentes, ni zonas de trabajo… nada. Se levantó y se asomó para poder ver mejor la desolación que habían dejado los demonios de las cuevas. Al apoyarse en el pretil notó el calor del muro del torreón. Un sencillo muro de mampostería basta y con muchísima antigüedad que ni siquiera conseguiría resistir el asedio de una multitud enfurecida, pero que había sido capaz de resistir los embates y las llamaradas de los estúpidos demonios de las cuevas. Tal y como le dijo el Señor Conde con una sonora carcajada de desprecio, los muy brutos no habían sabido cómo subir a la más baja de las almenas y se habían limitado a embestir con fuerza bruta y fuego contra la piedra. Los soldados asediados solo habían tenido que preocuparse de las llamaradas que habían arrasado los portones de madera, pero que no habían podido con los rastrillos de hierro. Durante semanas aguantaron el asedio del calor de las llamaradas refugiándose en los sótanos, viviendo en los dormitorios de los guardianes de las mazmorras, bebiendo directamente del pozo del patio y comiendo los víveres que los aldeanos habían dejado durante su retirada.

Sólo habían tenido que esperar a que los demonios de las cuevas de quedaran sin comida, así de sencillo.

El Señor Conde le confirmó que nada se sabía de los hombres que habían ido al Oeste, y que nada se sabía de los que habían huido al Este. El señor cura había desaparecido bajo las ruinas de su iglesia y los representantes del consejo municipal, Burgomaestre incluido, habían desaparecido silenciosamente durante la etapa de recogida del grano, antes de cargar los carros que habían partido hacia los lejanos puertos del Este. En definitiva, sólo quedaba la familia del Señor Conde, los soldados, los sirvientes y el joven escriba. Todo el valle había desaparecido.

No parecía importarle demasiado.

La mirada del joven hacia su señor habría hecho temblar a cualquier gobernante más débil, pero el Señor Conde se limitó a encogerse de hombros. El invierno estaba próximo y las cosechas ya se habían enviado a los puertos del Este. Durante los meses de nieve y frío el valle volvería a germinar, los suelos volverían a estar listos para un nuevo ciclo y él, el Señor Conde, estaría ahí para supervisar el buen funcionamiento de sus tierras.

¿Y la gente?, le preguntó el escriba, ¿qué pasa con la gente?

Habrá nueva gente, le contestó el Señor Conde. Vendrán de todos los puntos cardinales huyendo de los demonios de la cuevas y les daremos cobijo en nuestras tierras con unas rentas muy interesantes, les dejaremos trabajar nuestros campos y saciarán su hambre mientras sacian nuestras arcas, les dejaremos organizarse en consejos municipales y les haremos creer que tienen la capacidad de decidir, les dejaremos construir edificios, iglesias y escuelas para que ocupen su tiempo, y les dejaremos que nos cuiden, como siempre ha sido. No se notará la diferencia entre los que se han ido y los que vendrán, puesto que no son más que masa.

Entonces el Señor Conde hizo una pausa y señaló al escriba. Pero a veces, le dijo, hay quien destaca por su valía y sabe sobrevivir, y son esas mentes las que necesitamos a nuestro lado para gobernar con orden y mano firme, y por eso te hemos acogido y cuidado, joven. Porque, a fin de cuentas, ¿adónde vas a ir?

Las lágrimas corrían suavemente por la cara del escriba y en sus mejillas brillaban surcos que reflejaban la luz de la luna, aunque era incapaz de emitir ningún ruido.

Pero joven amigo, le dijo el Señor Conde, no llores por ellos. No los eches de menos. Date cuenta que no eran más que un rebaño estúpido incapaz de salvar sus vidas. ¡Sólo tenían que haber construido un sencillo muro!









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viernes, 22 de febrero de 2019

SEÑUELO

La doctora nos dijo que debíamos ir al hospital lo antes posible. Mi madre no estaba bien tras el golpe en la cabeza y tenían que hacerle unas pruebas. Con setenta años no era ninguna tontería.

Estábamos en un pueblo a sesenta kilómetros de la capital, así que fue una suerte que yo estuviera con el coche porque una ambulancia de turno puede hacer ese recorrido en unas seis horas. Una de urgencia, en hora y media entre que viene y va corriendo al hospital. Y mi padre ya no podía conducir.

Monté a mi madre en el coche. Mi padre se montó detrás con su bastón, su artritis y su poquito de cáncer. Bajo ningún concepto iba a dejar a su mujer en esa situación, así que se metió un chute de alguno de esos opiáceos salvajes que tomaba para calmar los dolores y, hala, a correr por esa mierda de carreteras que dan esa forma tan rústica y tan bonita a la zona Sur de Salamanca. 

En tres cuartos de hora de viaje por carreteras de un carril llegamos al hospital. La entrada de urgencias es un fondo de saco, un puente donde las ambulancias que llegan tienen que salir marcha atrás porque no hay sitio para maniobras, pero nosotros no podíamos permitirnos el lujo de meter el coche en el parking (de pago, por supuesto) que está al lado y caminar con mi padre y mi madre hasta las urgencias, así que nos metimos entre las ambulancias y descargamos a mi madre como pudimos.

Hubo que robar (sí, robar) una silla de ruedas que se caía a pedazos que estaba por allí tirada, ya que no disponían de material. Una vez en manos de un celador que pudiera empujar la silla, dejé allí a mis padres y salí como pude de aquel sitio horroroso para dejar el coche tirado en cualquier lugar.

Cuando llegué no los encontré. La zona de urgencias del hospital era un caos. Había gente de pie, gente paseando, celadores a la carrera, enfermeras agobiadas, gritos y llantos bajitos, pero, sobre todo, cansancio. Allí la gente estaba cansada. Aquel  hospital es, además, una cochambre vieja y ruinosa, complicada, laberíntica y totalmente fuera de servicio. Al rato de estar ahi te das cuenta de que esa gente que va con uniformes blancos, azules, rosas, etc, son unos auténticos héroes. 

Encontré a mis padres en una sala de triaje. Calcularon que mi madre necesitaba una resonancia. La miró una residente mu muy muy muy joven. Nos mandaron a la sala de espera.

La sala de espera es asquerosa. Es una sala que en pleno verano arde, está saturada, llena de gente con dolor y que se tiene que sentar en sillones de diferentes épocas como buenamente puede. Calculo que habría allí algo menos de cien personas. Mi madre seguía en la silla de ruedas (no la íbamos a soltar bajo ningún concepto) y mi padre se derrumbó en uno de esos sillones. Yo me senté en una mesa, frente a ellos.

Pasó el tiempo. Mucho tiempo.

Nos llamaron de nuevo a consulta. Esta vez apareció la jefa de sección para ver a mi madre, una veterana que hizo preguntas muy directas y realizó pruebas muy concretas. Llamó al especialista de otra sección, que apareció con el pijama verde del quirófano, sudando a la carrera. Otro veterano que en diez segundos diagnosticó a mi madre. Resonancia y a esperar.

Siguieron pasando las horas. Nos aburríamos, nos dormíamos, o mirábamos pasar a la gente, que iba y venía con sus dolores, sus escayolas, sus placas en la mano. Familiares, amigos, gente verdaderamente mal y gente que aguantaba como podía.

No soy capaz de recordar el color de la pared. Tampoco recuerdo ventanas. Ni luz natural. Ni aire. Las puertas estaban abiertas al vestíbulo y todo el mundo miraba a todo el mundo. Fluorescentes obsoletos, suelos de linóleo, puertas de aluminio.

Nos llamaron y un celador nos guió a la zona de rayos. El laberinto de aquel hospital es un cuadro de despropósitos. Todos los hospitales son laberínticos y complicados, pero aquello era un catálogo de baldosas rotas, techos sucios, lámparas estropeadas, silencio, eco, pasillos de terrazo y vidrios sucios. Kilómetros de vacío y ascensores ruidosos y en muy mal estado.

Y aun así, nos daban ánimos y nos sonreían.

Nos dejaron en la antepuerta de la sala de rayos. Mi madre, medio dormida. Mi padre, apoyado en una camilla con su bastón y su cara de circunstancias, haciendo como que no le dolían todos los huesos. Yo, contando chistes y bromas absurdas para que no vieran lo mucho que odiaba aquel sitio apestoso, intentando aliviar aquella situación.

No sé cuánto tiempo esperamos, quizá una media hora. Salió un técnico y metió a mi madre a hacer las pruebas. Mi padre y yo fuimos a la mini sala de espera que nos indicaron. Había unas cinco personas más. Uno era grande, de esas personas que ocupan mucho sitio en todas las dimensiones, y tenía un tobillo al aire y en alto. Supongo que estaba esperando para una radiografía de dicho tobillo. También había un par de personas que no aparentaban nada raro, como un señor algo mayor y una mujer en chándal que estaba acompañando al grandullón. Había, además, una mujer bastante mayor paseando delante de la puerta, visiblemente nerviosa.

Al rato el tío grande empezó a despotricar. Se quejaba de la lentitud, se quejaba del servicio. Los demás asintieron y corearon lo que decía. Todos estaban hartos. Yo también, y mi padre, más, claro. Hasta ahi, todos de acuerdo.

Al poco empezó con los mantras: putos moros que pasan delante. Putos extranjeros que se cuelan. Putos guiris de mierda que vienen de gratis a que les demos medicinas por delante de los españoles. Puta gentuza que nos quita el trabajo, que nos roba la sanidad, que se aprovechan de nosotros. Y que, encima, nos tengan esperando por ellos, joder.

Y así todo. Sin gritar, sin aspavientos. Lo decía resignado. Intenso, pero no era un mitin político. Simplemente, estaba enumerando hechos. O lo que para él eran hechos. Y todos le coreaban y asentían. Nadie negaba, yo tampoco. Bastante tenía encima como para ponerme a discutir con un tipo de ciento treinta kilos enfadado. Sensatez y cansancio, quiero pensar, pero a veces creo que es cobardía pura y dura.

Al rato salió un técnico de rayos acompañando a una señora realmente mayor. La que estaba de pie fue a por ella y se la llevó a pasitos muy lentos. Debían de ser madre e hija. Solas, y debían de sumar entre las dos unos ciento cincuenta años.

Al poco sacaron a  mi madre en su silla de ruedas.

Así confirmamos que allí no había extranjeros. Allí todos éramos enfermos y acompañantes. No vi robo de servicios, ni aprovechamientos, ni nadie que se colara. No vi reproches por parte de los trabajadores del hospital, que tenían bastantes motivos para haberse quejado y, sin embargo, nos trataron de maravilla entre todo aquel desastre. Supongo que a la fuerza ahorcan.

Y yo me preguntaba por qué nadie se quejaba del sitio. Por qué nadie decía nada sobre aquel catálogo de los horrores al que llaman hospital. Por qué nadie pedía más personal, o que subieran el sueldo a aquellos trabajadores. O que abrieran una ventana. Yo qué sé. Algo.

Una vez solucionado el tema de mi madre, y ya en casa todos, pasé mucho tiempo dándole vueltas y me acordé de aquel tipo grande con el tobillo al aire. Tenía motivos para quejarse. Quería quejarse y creo que con razón. Necesitaba expresar su malestar, su necesidad de atención, pero no tenía palabras y, simplemente, usaba las que le han ido enseñando, esa gran cortina muy fácil de aprender y que tapa todos los males reales y que repiten un día tras otro en todos los medios de comunicación, bien por boca de los periodistas, bien por boca de nuestros representantes (¿?) políticos. No hace falta pensar, no hace falta analizar cada uno de los problemas porque es muy cansino, pero si a todo le achacamos el mismo mal, podemos quejarnos y desahogarnos creyendo decir algo, pero sin solucionar nada: la cupa de cualquier cosa es de la gente que no es como yo y a mí me tienen abandonado por su culpa.

Desde entonces, cada vez que escucho a un político por la tele, por la radio, o lo leo en la prensa, simplemente le deseo que le toque llevar a sus padres al hospital público, ese que se gestiona como ellos deciden que se tiene que gestionar.

Y luego, que me diga que es culpa de los extranjeros.

O de los catalanes.

O de los venezolanos.

O de lo que se le ocurra.

Eso sí, nunca suya.

Por supuesto, tampoco nuestra.

¿No?




sábado, 2 de febrero de 2019

IDEAS


Creo no tener la culpa de haber nacido con incontinencia ideal. Las ideas me crecen sin yo quererlo, se hacen grandes, van formando una bola y ocupan todo el hueco que pueden. Presionan, hacer fuerza para salir, para no quedarse encerradas.

Antes conseguía dejarlas dentro. Muchas de ellas se iban pudriendo, se marchitaban y desaparecían. O eso creía yo, porque con el tiempo me he dado cuenta de que aquellas ideas formaban el sustrato y abono para otras ideas mucho más fuertes, con una raíz mucho más difícil de eliminar. Y estas ideas también crecen, y tienen fuerza, y empujan, y presionan, y llegan a molestar... hasta que salen.

No sé qué hacer con mis ideas. Según salen les voy dando un hogar disimulado y escondido para que estén cómodas sin que molesten mucho, pero es que son muchas. Se conocen, forman sociedades, me han invadido la cocina, ya no puedo meterme en la cama sin ideas nuevas que no han salido de mí, sino de varias ideas que ya habían salido de mí. Me dan la brasa, me agobian, me piden atención y, lo único que las calma es que las comparta con los demás. No quieren estar solas, no quieren ver las mismas caras todo el día. Quieren conocer nuevas ideas, quieren espacio, quieren su independencia.

Pero me da miedo y las voy acumulando como puedo, las escondo en la red, o en los cajones, o en grandes carpetas en un trastero, pero cuanto más las escondo, más alto gritan, y creo que sus gritos hacen brotar en mí nuevas ideas.

Me estoy volviendo loco con tanta idea, así que he abierto la puerta, he abierto las ventanas, he dejado que mis ideas salgan a la calle y conozcan otras ideas, que les expliquen quiénes son y la intención que tienen. He dejado que se presenten a desconocidos, que vayan a la escuela, que vayan a los puestos de trabajo. 

Sé que están felices, sé que les sienta bien salir y tener su vida, pero muchas de ellas no han vuelto. Las he visto arrastrase por la calle, vapuleadas y desesperadas por no haber podido encontrar más ideas, por haber descubierto un desierto de ideas o, lo que es peor, por haberse dado de bruces con unas grandes y fortísimas ideas que controlan la circulación de ideas independientes y que machacan a toda idea que no se ajusta a su forma ideal. Muchas de ellas han muerto sin servir de abono, muchas han desaparecido y no recuerdo ni de qué iban o para qué servían. 

Muchas han vuelto a casa aterrorizadas y ya no quieren salir, así que las dejo vagar de forma controlada y ellas mismas se aplastan en los rincones para no ocupar demasiado espacio, para seguir siendo ideas propias y no destacar, para no llamar la atención de las ideas oficiales que tanto las aterrorizan.

Pero no dejan de ser ideas, tienen que expresarse, y cuando vienen mis amigos se encuentran con ellas por los pasillos, o flotando en la sopa, o en el reflejo del espejo, o en los bolsillos de los abrigos que se dejan en mi ropero. Circulan por el vestuario de mi trabajo, se presentan a compañeros mientras redactan informes, firman papeles, conducen un camión. Pero no son las ideas oficiales, son ideas incómodas, pesadas, molestas, ideas que hacen pensar diferente, discutir, razonar, que no están digeridas y masticadas, que no vienen en lata y con la forma predeterminada a gusto del consumidor, sino que son ideas en bruto, sin formas redondeadas, con aristas y mal construidas. Muchas de ellas son malas ideas, pero otras son, simplemente, ideas que tienen que crecer y evolucionar.

Así que me he quedado sin amigos, he perdido mi trabajo y mi familia ya tiene, por fin, una oveja negra oficial de la que reírse.

He decidido no tener más ideas. Son perjudiciales, son un incordio para mí, para mi vida, mi trabajo, mi familia y mis amigos. He decidido desterrarlas con el simple acto de llenarme de ideas ajenas, de dejarme inflar por ideas de bote, precocinadas, ricas en azúcar y lágrimas de cocodrilo, fáciles de consumir, compartir y relacionarse.

No sé si seré más feliz cuando lo consiga, pero por lo menos  estaré tranquilo y podré ser uno más en este mundo donde todos saben de todo, pero donde nadie tiene ni idea.

lunes, 21 de enero de 2019

2018

Una vuelta al rock con seis temas acabados en 2018.

https://yoslec.bandcamp.com/album/2018

martes, 20 de noviembre de 2018

MALDITA MEMORIA


Siempre me han dicho que soy muy despistado. Mucho, desde el principio. No hay más que ver que mi madre dio a luz casi con diez meses de embarazo, quizá porque no me enteraba de que tenía que salir y tuvieron que provocar el parto para sacarme de allí. Un despiste, me decían más o menos en broma.

Cuando fui creciendo me enseñaron a gatear. Nadie me había advertido de que no hay que caminar directamente, sino que hay que pasar por la etapa de gateo. Estaba dispuesto a caminar, pero me insistieron tanto en gatear, que al final le pillé el gusto. Y, claro, tampoco fui muy rápido a la hora de andar, y me tuvieron que avisar de que ya era hora de ponerme a dos patas.

Me llevaban y me traían al cole, me decían qué tenía que comer, qué tenía que estudiar. Parece ser que se me olvidaba que me gustaban las verduras y no me daba cuenta de lo maravilloso que es aprenderse de memoria la lista completa de capitales africanas o la tabla periódica. Era tan despistado que siempre estaba intentando salir a la calle, o mirar por la ventana dibujando figuras imaginarias en las nubes, en vez de dedicarme a ser un hombrecito.

Según crecía, el tema fue a peor. Los amigos del cole me recordaban que me encantaba el deporte. O que me chiflaban las motos y los coches ruidosos. Cuando me veían leyendo o intentado dibujar, se tomaban la molestia de recordarme que eso no es lo que yo quería y me sacaban de fiesta porque, torpe de mí, se me olvidaba constantemente que no me interesaba quedarme en casa escribiendo una novela o dibujando un cómic, sino que prefería salir a beber como un animal y pasar unas tremendas resacas al día siguiente. Todos los lunes me recordaban lo bien que nos lo habíamos pasado, aunque a mí se me hubiera olvidado.

También me cuidaban hasta el punto de que no permitían que se me olvidara de cuánto me gustaba tal o cual chica, y no otras opciones a las que, por lo visto, debía de tener cierta tendencia, como jugar o dejar pasar el tiempo. Todo debido a mi despiste crónico.

Mis padres y profesores, siempre tan preocupados por mí, me recordaban constantemente que tenía que estudiar mucho y que tenía que ir a la universidad porque me encanta la ingeniería y no esas otras cosas inferiores a las que me dedicaba cuando se me olvidaba mi pasión por los mecanismos y la electricidad. Menos mal que me recordaron que me tenía que matricular adecuadamente en la facultad correcta porque si no, podría haber acabado muerto de hambre con tanto pensar en las musarañas.

Afortunadamente, también mis compañeros de la universidad me encarrilaron y me recordaron cuánto me gusta competir y machacar a mis rivales. Qué bien hacían en prohibirme compartir los trabajos que hacía porque si no, mis rivales habrían obtenido mejores calificaciones que yo. También hay que decir que constantemente se acercaban a mí para recordarme quienes eran mis rivales. Sin ese recuerdo, podría haber acabado con malas compañías.

Gracias a mis notas y a los compañeros y contactos de mi familia, me acordé in extremis que debía aceptar el trabajo de plantilla en una ingeniería de mucho nivel. Menos mal que mis padres me habían evitado olvidarme de aprender idiomas raros porque, si no, jamás habría conseguido acabar destinado en países exóticos donde me recordaban constantemente que cada traslado era un ascenso. Qué tonto era yo cuando me entristecía por tener que dejar la pequeña vida que me iba forjando en cada destino. A veces, cuando me recordaban lo bueno que iba a ser el siguiente paso, me reprochaba mi torpeza por ser incapaz de recordar todo lo bueno que faltaba por venir.

Cuántas veces se me olvidó que no hay que enamorarse de las chicas que ellos me recordaban que eran guapas e inteligentes, sino, simplemente, divertirse con ellas sin importar lo que pensaran. Yo me despistaba y a veces salía a tomar un café a media tarde con alguna chica que, por lo visto,  ni era guapa, ni era inteligente, ni tenía mi nivel social. Alguna vez incluso llegué a pensar en asentarme, pero es que no me acordaba de que tenía que seguir avanzando y triunfando. Constantemente me recordaban que no debía ser un looser.

Durante muchos años se me olvidó parar. Iba de un país a otro haciendo mi trabajo y no me di cuenta de que la gente joven tenía mejores ideas que yo, que usaban mejores métodos que yo y que, aunque no tuvieran ninguna experiencia y su trabajo no fuera más que humo, mi momento de dar un paso al lado había llegado. Me recordaron que a mi edad era mejor que ocupase uno de los despachos de la sede central y allí me pusieron al día de que no estaba al día. Lo correcto siempre había sido estar establecido y rellenar papeles, cosa que, sin querer, por lo visto se me había escapado, así que acepté gustoso mi último destino entre cuatro paredes en una ciudad que, por más que lo intentaba, no recordaba que me gustase.

También se preocupaban mucho de que ocupase mi tiempo. Y es que tenía la terrible manía de acabar de trabajar y dedicarme a descansar. ¡Qué tonto! No, no, no. A mí lo que realmente me gusta es, por lo visto, ocupar mi mente en horas extras, actividades repetitivas, internet y, sobre todo, cultura, mucha cultura. Debido a mi mala memoria, se me olvidaba renovar la suscripción a las televisiones de pago y acababa saliendo a la calle a la busca de algún parque donde dar un paseo, pero siempre había quien se daba cuenta y me recordaba lo inútil que era perder el tiempo de semejante manera.

Porque el tiempo es oro, es oro, es oro. Y se me olvida que el tiempo es oro, oro, oro. Lo repito para no olvidarlo. Mi tiempo es lo que más vale y no debo regalarlo. Puedo venderlo, puedo invertirlo, pero no puedo regalarlo. Todo mi tiempo debe estar invertido en mí o en actividades de provecho. Y lo invertí en turismo, en viajes locos, en deportes de riesgo, en horas de cine, en cursos de renovación, másters, autoapredizajes, etc. Sí, el tiempo es oro y creo que gracias a toda la gente que me quiere, lo he invertido bien. A veces lo pierdo un poco con esa manía de colaborar con la gente que me pide ayuda en el trabajo en tareas que no me competen, o cuando aquella vez me pillaron explicando el método de cálculo manual a un grupo de chavales nuevos de la oficina. Ay, qué ignorante, qué despiste más grande. Cuánto tiempo perdido.

Durante la última temporada se me olvidó que tenía que cosechar mis inversiones en forma de retiro, pero un retiro aprovechable y con inversión de tiempo rentable. Nada de quedarse en casa jubilado mirando al techo, nada de volver a la casa del pueblo a mirar el cielo. Viajes, concentraciones, bailes en la piscina, bailes en la calle, bailes de salón. Que no se me olvidase que descansar en la vejez consiste en no parar.

Otro de mis despistes, bastante importante, es que se me olvidó que con cierta edad hay que tener achaques. Me dijeron que tenía que ir al médico porque después de una vida tan desaprovechada debía de tener algún problema físico, que ya era hora. No sé, estaba tan despistado que no me había dado cuenta de que tenía que estar enfermo. Creía que la enfermedad llegaría y me daría algún aviso, pero por lo visto tenía que ir al médico a que me dijera lo mal que estaba. Como así ocurrió, por supuesto. Y me inflaron a pastillas para no sé cuántas cosas. Muchas veces se me olvidaban y salía a la calle y bebía un poco de vino, o me reía demasiado, pero me acordaba de lo correcto y volvía al redil.

Pero con tanto achaque se me olvidó que debía estar vivo. Los médicos me recordaban que lo más importante es vivir y constantemente me decía a mí mismo que debía recordarlo, así que luché y luché y al final me di cuenta de que sí, que lo importante es que hay que vivir.

Lo malo es que ahora todo el mundo me rehúye y se me ha olvidado de por qué. Cada vez que me levanto y salgo a dar una vuelta, me gritan y no quieren estar conmigo. Menos mal que a veces recuerdo que de vez en cuando se me olvida que se me paró el corazón y que me morí, y así vuelvo a mi tumba… hasta que se me vuelve a olvidar.

Y a veces pienso que, efectivamente, se me ha olvidado algo.