miércoles, 29 de septiembre de 2021

EL ASISTENTE

Tenía una hora muerta entre dos reuniones. El día estaba un poco tristón, como mi ánimo, y no invitaba a pasear. Como estaba cerca del campus universitario y la zona rebosaba de todo tipo de cafeterías abarrotadas de gente, busqué una que tuviera una mesita libre y me metí con la idea de matar aquella hora perdida con un cortado que me levantase un poco la moral. 

El café quemaba, pero tenía tiempo de sobra. Saqué el móvil y comprobé los mensajes que tenía pendientes. Nada del trabajo, nada de los grupos de amigos, nada de la familia. Literalmente, una hora muerta. No iba a quedarme allí, a solas con mi cerebro y el café hirviendo, así que abrí el navegador para buscar noticias, actualidad, información.

No sé qué pasó, pero algo cambió en el ambiente. Levanté la mirada y no vi nada raro. Muchísima gente sentada a sus mesitas, grupos de estudiantes, o trabajadores, o profesores, o despistados como yo que pasábamos por allí, cada uno con su consumición… y en silencio. Eso: el silencio. Miré hacia el mostrador y vi que los dos chavales que atendían a la clientela se hacían gestos apremiándose por algo. Finalmente, me di cuenta de que la diferencia era que se había estropeado el sistema de altavoces y que ya no se escuchaba la música que había estado sonando desde que había entrado en el local.

Quizá fuera por mi estado de ánimo, o puede que porque me estuviera aburriendo, pero en vez de volver a fijar la mirada en la pantalla del móvil, seguí mirando a la gente del local y su extraño silencio. O no tan extraño, claro, puesto que todos estábamos haciendo lo mismo: mirar la pantalla del móvil. Nadie hablaba. Empecé a entender por qué todos los locales de atención al público tienen encendida la música constantemente. Lo que no entendía era por qué toda aquella gente no se había dado ni cuenta del cambio del sonido. No se les había movido ni un músculo. Alargaban las manos hacia sus vasos o tazas sin mirar, como autómatas, con la mirada fija en la pantalla. Y sus caras… sus caras estaban flojas, sin expresión, concentrando todos los recursos del cuerpo en leer a toda prisa lo que las pantallas les ofrecían, en ver los vídeos, absorber los chistes, los datos. Pensándolo bien, seguramente siempre es así, y es casi seguro de que yo también tenga esa expresión cuando estoy enfrascado con los mil mensajes de los mil grupos a los que tengo que atender. Y darme cuenta de ello no me gustó nada.

Yo estaba solo por motivos profesionales, pero toda aquella gente estaba acompañada, rodeada de compañeros que habían entrado con ellos en un local atestado para tomarse algo y, sin embargo, estaban tan solos como yo. Y yo necesitaba algo de compañía, alguien que me animase la mañana, que me preguntase qué tal, cómo te va, o algo parecido, así que deduje que posiblemente muchas de aquellas personas necesitasen lo mismo que yo.

Dejé aquel café humeante sin tocar y me dirigí a la salida, me quedé en la puerta mirando hacia el interior, tomé todo el aire que pude y rompí aquel silencio tan escandaloso gritando a pleno pulmón la siguiente orden:

- Asistente: ¡Llamar a mamá!

Me quedé el tiempo justo para escuchar los zumbidos de todos aquellos dispositivos respondiendo a la orden y marcando el número de las respectivas madres de sus dueños, que despertaban asustados de su hipnosis pantallera. Muchos intentaban cortar la llamada, otros escuchaban con estupor cómo sus madres les respondían al otro lado de la línea, y alguno incluso tuvo la capacidad de mirar hacia el lugar de donde había salido aquella orden buscando al culpable, pero yo ya había escapado de allí, dejando el establecimiento convertido en un gallinero ruidoso y caótico.

Sí, claro, el mío también se activó, pero te iba a llamar de todas formas. Y me alegro de haberte animado la mañana, mamá.


martes, 28 de septiembre de 2021

ANSIOLÍTICO

Mi farmacéutica se quitó la mascarilla en la rebotica cuando creía que nadie la veía, pero por maldades de los reflejos, yo sí la vi. Para mi consternación, descubrí dos cosas:

La primera, que aquellos ojos de los que me había enamorado a lo largo de todos estos meses de enmascaramiento pandémico palidecían en comparación con el conjunto de su cara y, sobre todo, de su boca.

La segunda, que aquella boca había quedado al descubierto por un instante sólo para dar un beso furtivo a su compañero de trabajo.

-Buenos días -me dijo, de nuevo enmascarada-, ¿viene a por lo de siempre?

-No -suspiré mirando fijamente aquella mascarilla, aunque sin verla-. Hoy deberé volver a los antidepresivos.

miércoles, 22 de septiembre de 2021

REFIESTA

Si la cara que veo en el espejo es retrato del resacón que llevo encima, desisto de intentar afeitarme, no sea que me acabe degollando con la maquinilla, y eso que es eléctrica. Tengo una marca tremenda en el cuello que espero que sea un mordisco de un vampiro porque no quiero pensar quién ha sido capaz de acercarse a mí hasta el punto de hacerme un chupetón sabiendo como sé ahora las condiciones en las que debía de estar. Tirar a la basura la ropa blanca convertida en una masa de color rosa-mugre ha sido una de las experiencias más terribles de mi vida. Ese olor a vino rancio… ¡y lo que no es vino…! ¿Y yo he llevado esa ropa puesta tres días? El escalofrío que me corre por la espalda sólo de pensarlo está a punto de tumbarme al suelo. Si por lo menos recordase algo… Tengo medio cerebro en cortocircuito y el otro medio… no sé, creo que lo he perdido. 

El móvil arde. Dos mil mensajes y creciendo: menuda juerga, pasada, ambiente, desmadre, maravilla, gozada… y yo no recuerdo nada. Pero es que nada de nada. Toda la vida soñando este viaje y estoy en blanco. ¡Hay que ser imbécil! Años escuchando a la gente hablar maravillas de esta fiesta tan famosa, años ahorrando para fundirlo todo a lo salvaje, años intentando que las fechas de todo el mundo cuadrasen para ir juntos y tener un recuerdo común para toda la vida… ay, que se me va la cabeza.

Me derrumbo en el sofá y no dejo de ver más y más mensajes: pasada, genial, a repetir, movidón, la leche, la bomba, la caña… 

Y así paso el día, sin atreverme a pedir alguna foto o algún comentario que haga que mi memoria se ponga a funcionar, avergonzado de haberme perdido semejante fiesta. Leo los mensajes a puñados intentando que alguien comente alguna anécdota, algún hecho, alguna conversación que me dé una pista sobre qué leches ha ocurrido durante tres días, pero lo único que leo son exclamaciones acompañadas de muchas fotos sueltas que no tienen contexto ninguno: grupo de ropas blancas sujetando vasos, grupo de ropas rosas sujetando vasos, grupo de ropas renegridas sujetando vasos… hasta que me doy cuenta de que los mensajes siempre se repiten en la misma línea: que si releche, que si rebomba, que si recaña… pero nadie cuenta nada…

Nada de nada…

Y comprendo que ellos, todos ellos, saben exactamente lo mismo que yo: nada.

¡Nada de nada!

¡Joder, ésta sí que ha sido una fiesta de mil pares!