domingo, 26 de enero de 2020

EN CÍRCULOS


Tengo catorce años y estoy muy feliz. Llevo una tarta en las manos, una tarta de color rosa, como las que salen en las películas. Hay una única vela encendida en el centro y mientras camino sigilosamente desde la cocina hasta el patio, sólo tengo que preocuparme de que la vela no se apague.

Tengo diecisiete años y en el espejo veo un hombre que aparenta treinta. Si el espejo pudiera mostrar mi alma, vería que realmente tengo muchos más.

Tengo quince años y mi comandante me golpea y me llama torpe porque soy incapaz de acertar al centro de la diana. Lo intento, pero el fusil pesa y mis brazos todavía son tan débiles que no pueden con él. Aun así, lo sigo intentando porque ahora estoy con la guerrilla y voy a matar a todos los soldados enemigos que pueda.

Tengo catorce años y soy un hombre. Los hombres no lloran, pero mientras llevo la tarta en mis manos desde la cocina hasta el patio donde está mi familia se me hace un nudo en la garganta de pura felicidad. Todos ríen, bailan, cantan, celebran que hoy mi madre es la que preside la mesa, que tiene cuarenta años y que tiene a su numerosa familia reunida en una fiesta tan grande como el día de su boda.

Tengo quince años y estoy muy feliz porque nos llegan noticias de que la capital ha resistido al asedio de las tropas enemigas. Parece ser que empieza la contraofensiva. Si esto sigue así, en poco tiempo llegarán a nuestras posiciones y podremos unirnos al ejército regular.

Tengo catorce años y no me importa la situación geopolítica de mi país, ni falta que me hace. Soy feliz con mis amigos y con mi familia en mi pequeña aldea fronteriza, donde la división con el país vecino no es más que un arroyo que en verano se seca y que en invierno se hiela, que ni para dar de beber a las ovejas sirve. Lo que más me preocupa es que la vela no se apague y que mi madre no me vea antes de tiempo.

Tengo dieciséis años y ya soy un soldado del ejército de mi patria. Hoy hace dos años que el ejército enemigo invadió mi país. Desde entonces hemos peleado como una guerrilla, pero, hoy, por fin, el ejército regular nos acoge y nos integramos en sus filas. Nadie me pregunta la edad y yo no se la digo.


Tengo catorce años y casi he llegado a la mesa con la tarta y la vela encendida. Mi madre no me ha visto porque está de espaldas a mí, pero el resto de parientes empiezan a aplaudir en cuanto me ven. Ella sospecha algo y empieza a girarse para ver qué pasa. Pienso en la cara que pondrá cuando se gire y me vea. Pienso en que se llevará las manos a la cara, que llorará un poco, reirá otro poco, me abrazará, se aprovechará de que tengo las manos ocupadas con la tarta y me comerá a besos mientras que yo fingiré que me molestan esos mimos porque ya soy un hombre, pero todo eso nunca ocurrirá.


Tengo dieciséis años y hemos arrebatado otra población al enemigo. Nuestros hermanos nos vitorean, las chicas nos comen a besos, la fiesta es maravillosa, su resaca es tan cruel como la misma batalla, y la despedida de las chicas quema tanto como la metralla.

Tengo quince años y los veteranos me dicen que no haga amigos, que en la guerra los amigos sólo traen dolor. Por supuesto, no les hago caso. Mis compañeros son mis amigos. Son mi familia.

Tengo dieciocho años y mi corazón vuelve a latir con fuerza. Hace cuatro años mis manos llevaban una tarta de color rosa con una vela encendida, pero hoy sujetan un fusil bien engrasado. Hoy, el día que mi madre debería haber cumplido cuarenta y cuatro años, mi unidad ha conseguido entrar en esta pequeña aldea, mi aldea, y no veo el momento de recuperar la casa de mis padres. Mi casa.

Tengo catorce años y antes de que mi madre tenga tiempo de girarse del todo para verme con la tarta de color rosa y su vela, la puerta del patio se abre de un golpe. Un soldado extranjero entra en el patio gritando tan fuerte que todos nos quedamos paralizados. Levanta su arma y abre fuego sobre toda mi familia.

Tengo dieciocho años y mi capitán me pregunta qué haré cuando acabe la guerra. Le digo que llevo cuatro años durmiendo con mi fusil, en catres, en campamentos o en casas de putas, despertándome tras la batalla con soldados nuevos o con los cadáveres de los veteranos. No sabía que la guerra pudiera acabar y nunca me he planteado qué hacer después. No creo que haya un después.

Tengo quince años y ya soy un hombre porque sé que he matado a otro hombre. No soy el más joven de mi grupo, pero hasta ahora era el único que no había confirmado la muerte de un enemigo. En una emboscada que ha salido perfecta, hemos conseguido matar a toda una patrulla enemiga. Nos hemos aprovisionado con sus suministros y, lo mejor de todo, mis superiores han visto cómo he reventado el pecho de uno de los soldados con una ráfaga de mi fusil.

Tengo catorce años y aunque sé lo que ha ocurrido, todavía no he podido procesar el ruido, los gritos y el tableteo del arma con la que el soldado ha matado a mi familia. A toda mi familia. Sin embargo, sí que siento el olor del acero, la grasa y la pólvora que flota entre el soldado y yo. Y el silencio. Un silencio tan denso, tan sólido, que me ha dejado convertido en una ridícula estatua con una ridícula tarta rosa con una ridícula vela encendida en su centro.

Tengo dieciocho años y me acerco sigilosamente a la puerta del patio de mi casa. Me paro a escuchar y dentro suenan voces. Mi casa está ocupada por el enemigo y allí dentro todavía no saben que hemos tomado la aldea. El odio me quema. No saben que pisan la sangre de mi familia. En unos momentos, yacerán sobre la suya propia. Reviento la puerta del patio y entro.

Tengo diecisiete años y nos llegan refuerzos. Soldados de reemplazo a los que les digo que no hagan amigos, que en la guerra los amigos sólo traen dolor. No me harán caso y convertirán a sus compañeros en sus amigos, en su nueva familia, y cuando vayan muriendo uno a uno, será tarde para evitar tanto dolor.

Tengo catorce años y el soldado que ha matado a mi familia deja de disparar. Veo sus cicatrices, su uniforme ajado y ahora entiendo que no soy un hombre, sino un niño, un niño que acaba de perder a toda su familia y que no sabe reaccionar. Sigo de pie, sosteniendo la tarta rosa con esa estúpida vela que sigue encendida, y estoy tan perdido que ni siquiera recuerdo cómo respirar.

Tengo dieciocho años y mi corazón late tan fuerte que lo oigo por encima del estruendo de mi fusil. Hago un barrido de izquierda a derecha a la altura del vientre mientras veo cómo van cayendo al suelo aquellos extranjeros que ocupan la casa de mis padres. Cuando dejo de apretar el gatillo, pienso que por fin he podido vengar a mi familia. No sé si me siento mejor. No sé qué siento. No sé si siento.

Tengo dieciséis años y no me despierto gritando porque he aprendido a controlarme para no delatar nuestra posición. Otra vez he tenido esa pesadilla en la que intento ver la cara de mi madre, pero ella siempre está de espaldas a mí y por mucho que intento girarme, nunca le consigo ver la cara. A veces sólo veo su pelo, a veces sólo veo una estúpida mancha rosa con una vela en medio. Creo que he olvidado la cara de mi madre.

Tengo catorce años y el asesino de mi familia me mira fijamente. Por un momento él también parece haberse convertido en una estatua, pero al final reacciona, se acerca a mí y deja caer su arma al suelo. Está tan cerca que podría tocarle, podría incluso intentar hablar con él, pero lo único que se me ocurre es levantar la tarta hasta el nivel de su cara. Él la mira y sonríe de una manera extraña. Sopla la vela, saca su pistola y se vuela la cabeza de un tiro.

Tengo dieciocho años y por primera vez desde que me lo gané, el fusil con el que acabo de matar a la gente que ocupaba la casa de mi familia, mi casa, se me resbala de las manos. El corazón se me para y dejo de respirar por instante porque allí, en medio del patio, aterrado, milagrosamente ileso y de pie sobre los cadáveres que yacen sobre el suelo del patio regado con la sangre de mi familia, hay un niño de unos catorce años que sostiene una tarta, una tarta de color rosa con una vela en el centro.

Me acerco,  soplo la vela, saco mi pistola y

domingo, 12 de enero de 2020

ÚLTIMO MODELO

El único pozo con agua potable en muchos kilómetros a la redonda está dentro de una parcela vallada y custodiada por un soldado. El resto de pozos ha ido desapareciendo o los han convertido en trampas envenenadas según han ido pasando las tropas de ambos bandos. Nuestro pozo ha acabado sepultado bajo una montaña de escombros tras el último ataque y todo el poblado depende de las bondades de la lluvia que alimenta el río, pero se acerca la estación seca y el río baja cada vez más bajo y más enlodado. Llegará un punto en el que se acabarán las pastillas para la depuración del agua y volveremos a tener epidemias. Podemos aguantar con poca comida, pero, sin agua, toda nuestra misión médica tendrá que retirarse y dejar abandonados a su suerte a los cada vez más numerosos habitantes de nuestro campamento. Un campamento que iba a ser una parada médica provisional junto a una antigua aldea hecha de latas y adobe, pero que gracias a su pozo y a nuestras medicinas se ha ido convirtiendo en todo un refugio para los que quieren vivir más o menos alejados de la guerra y que ahora ocupa tres veces más que el poblado original.

Llevamos semanas sin hablar del tema, pero es el gran elefante en la sala. Podemos pasar el día entero buscando excusas, como atender a los heridos que van llegando o recoger los paquetes de suministros que lanzan los aviones antes que los señores de la guerra, y cada vez tengo mayor sensación de que lo hacemos para no hablar de la inminencia de la escasez de agua. La única solución, esa de la que no queremos hablar, es recurrir al pozo de la parcela vallada. En su día ya intentamos hablar con la facción militar que lo controlaba, pero nos pedían un precio tan alto en dinero y en costes humanos que nos negamos rotundamente a tratar con ellos. Ha ido cambiando de manos según la borrosa línea del frente se va moviendo de una semana para otra, pero todos los señores de la guerra que han controlado el pozo nos han pedido cada vez más y más. Desde que las tropas internacionales se retiraron, tenemos que pagar regularmente a cada banda armada que se acerca a nosotros simplemente para que no quemen el campamento. A veces con dinero, a veces con material o medicinas, a veces simplemente quedándonos de pie mientras nos encañonan y se llevan a niñas, niños y mujeres que nunca más volveremos a ver.

Es mi última misión, no aguanto más, pero no me voy a ir dejando el campamento sin agua. Ya tenemos preparado el camión con la cisterna y en cuanto se oculta el sol partimos hacia la parcela vallada. Mis compañeros son un médico belga y un periodista australiano que no sé cómo ha acabado de voluntario aquí, en el fin del mundo, y los dos están dispuestos a lo que sea. En menos de dos horas llegamos al acceso de la parcela. Una gran valla de espino la rodea y deja un paso en el que hay un vigilante armado con un AK y una radio. Un vigilante que no debe de tener más de ocho o nueve años, flaco como un perro abandonado, medio uniformado con una guerrera siete tallas más grande que él y tan peligroso como puede serlo un niño armado cuya única misión en esta vida es no quedarse dormido en toda la noche y avisar por radio si alguien se acerca al pozo. Debía de estar dormido porque no ha oído llegar el camión, pero en cuanto nos acercamos, ya está encañonándonos. Bajamos y el belga habla con él. Lo intenta engatusar para que no salga corriendo con la radio para avisar a sus superiores, pero veo que no lo está consiguiendo. El australiano está temblando de miedo y no duda en echar mano a su bolsillo, pero yo soy más rápido y saco un tesoro de mi macuto. Los grandísimos ojos del niño se mueven rápidos y brillan de deseo. Le estoy ofreciendo un teléfono móvil viejo cargado con videojuegos y que suena en sus oídos como el canto de los dioses. Se acerca y lo quiere coger, pero antes le indico la puerta de la parcela y le hago el gesto internacional de silencio. Se lo piensa y mira alrededor, sufre, se retuerce, pero es un niño y el ahora es más importante que el castigo que le pueda caer por la mañana. Coge el móvil, nos indica que podemos pasar y metemos el camión en la parcela. 

Yo tiemblo de puros nervios, pero el australiano tiembla de alivio mientras guarda la pistola que tenía preparada por si el vigilante no accedía por las buenas. Es tan grande la liberación que siente que ríe y gasta bromas mientras lanzamos la manga por el pozo y ponemos en marcha la bomba de succión. Empezamos a pensar que podremos llenar el depósito antes de que amanezca y largarnos sin más contratiempos.

El ruido de la bomba de succión es tan grande que no los oímos llegar. Nos rodean casi con desgana, nos enfocan con unas linternas que nos ciegan y nos encañonan sin disparar. Blancos, blancos, no disparar. Nos atan las manos y nos arrastran a sus vehículos. Supongo que nos darán una buena paliza y, si salimos de una pieza, nos dejarán tirados en mitad de la selva para que volvamos al campamento por nuestros medios, como ya ha pasado alguna que otra vez, o quizá prefieran usarnos de rehenes y ganar un dinero fácil. O puede que no, que ya estén hartos y nos usen de carroña para que nuestros cadáveres emponzoñen el pozo de alguna facción rival. 

Mientras me suben a culatazos y patadas a la plataforma de un camión destartalado, puedo ver al pequeño vigía de pie con su AK y su parodia de uniforme. Está firme frente a su comandante, que se acerca, le arrebata mi viejo teléfono y lo destroza con el tacón de su bota. Cuando se asegura de que no queda una pieza sana, felicita a su pequeño soldado y le entrega su merecida recompensa por haberles avisado. El pequeño me ve y me lo muestra tan orgulloso como desafiante mientras me alejan de allí  tumbado en el suelo del camión. 

Sí, es otro móvil, pero no es como el que yo le había dado: éste es el último modelo.

domingo, 15 de diciembre de 2019

LO MISMO


Salimos del juzgado con la victoria bajo el brazo. El juez, muy enfadado, no ha admitido a trámite la denuncia y el abogado de mi hermano está muy contento. Yo también he salido muy animado, pero él no parece compartir nuestra alegría. Nos despedimos del abogado y le acompaño hacia su casa, a ver si por el camino le tiro de la lengua y me cuenta el motivo de esa cara tan larga.

Le recuerdo la expresión que ha puesto el juez cuando le ha visto entrar en la sala y ponerse en el lado de los acusados y me echo a reír, a ver si se contagia un poco, pero no hay manera, así que lo cojo del brazo y lo meto a rastras en el primer bar que encontramos para que el alcohol le suelte la lengua.

Es cierto que todo ha sido un poco surrealista. No es una sensación agradable que te acusen de un delito de agresión agravada con racismo, no, pero todos sabíamos que no tenía base. El propio juez casi no ha dejado hablar a la parte denunciante y le ha echado en cara el abuso que ha hecho de la administración judicial. En fin, que en diez minutos ya estábamos fuera.

También influye el hecho de que el denunciante sea un viejo conocido de estos juzgados. El abogado de mi hermano nos ha contado que es un delincuente habitual con una ficha policial digna de ser enmarcada, con todo tipo de delitos menores y estancias breves en centros penitenciarios. Que precisamente una joya como esa fuera el denunciante tampoco le ha sentado muy bien al juez.

No se ha podido demostrar, pero los policías con los que hemos tratado nos han contado que llevan mucho tiempo detrás de la banda a la que suponen que pertenece este personaje. Son unos atracadores habituales que trabajan en los centros urbanos, normalmente de pueblos medianos o capitales de cierto tamaño, y tienen bastante éxito porque no los consiguen atrapar.

Aunque sería más correcto decir que siempre atrapan al mismo.

Por lo visto, son un grupo formado por tres atracadores y un señuelo, que es el denunciante de nuestro caso. Eligen comercios de mediano tamaño, nunca grandes establecimientos, y, mientras tres de ellos se encargan de arrasar con todo lo que pueden dentro del local, el cuarto se encarga de vigilar. O, mejor, dicho, se encarga de dejarse ver, y es que, antes de que se cometan estos atracos, este señuelo se pasea por las calles de alrededor dejándose grabar por las cámaras de los bancos, cajeros, tiendas, semáforos, etc. Luego se pone frente al local que van a atracar sus compañeros y espera haciendo como que mira el móvil. Los otros entran, atracan el local y, cuando suena la alarma o aparece algún segurata o un policía, el señuelo se pone a hacer aspavientos para que todo el mundo le mire y echa a correr por la calle molestando lo máximo posible hasta que algún vecino o la policía lo detienen. Mientras tanto, sus tres compañeros salen a cara descubierta del local, caminando como si tal cosa, sin llamar la atención, y se pierden entre la gente. Al señuelo normalmente lo retienen unas horas en comisaría y lo tienen que dejar salir porque, estrictamente hablando, él no ha hecho nada más que correr. Siempre dice que se ha asustado, que como tiene antecedentes no quiere problemas y que por eso sale corriendo alejándose de la zona del atraco. Las cámaras que lo han grabado durante su paseo anterior al atraco así lo demuestran, y los dependientes de los locales, también.

Pero la cuestión es que para garantizar que absolutamente todo el mundo se fije en él, generalmente se disfraza con una peluca de rastas, un gorro de lana con los colores de la bandera de Jamaica, se oscurece la cara y viste ropa multicolor. Efectivamente, nadie se puede imaginar que un negro fumeta que corre en dirección contraria a un sitio que tiene la alarma sonando no sea el culpable. Culpable de lo que sea, pero culpable.

Como puntilla, si tiene el día gracioso o la policía lo ha zarandeado un poco, suele poner una denuncia por agresión con agravantes de racismo, xenofobia, odio, libertad religiosa y todo lo que su abogado se puede sacar de la manga alegando que si le han perseguido, ha sido únicamente por ser diferente.

Así lo hicieron frente al local en el que estaba mi hermano, donde trabaja de chico para todo. Estaba barriendo el local y sonó una alarma en la calle. Cuando salió a ver qué pasaba, vio venir corriendo al señuelo y, sin dudarlo un segundo, le cruzó la escoba a la altura de las piernas haciéndole caer como un saco de patatas. Se sentó encima de él y esperó a la policía. Cuando llegaron, también se lo llevaron a él, y no como testigo, sino como sospechoso. Aprovechando la confusión, aquella misma tarde el señuelo lo denunció por agresión con todos los agravantes racistas del mundo.

El racismo es una acusación muy dura para nosotros. Lo de la agresión, bueno, puede ser que sí, que no haya que andar poniendo la zancadilla a alguien que corre por la calle, aunque luego se demuestre que haya sido una treta, pero lo del racismo ha sido muy difícil de llevar porque en nuestro caso no tiene ningún sentido. Y es que tanto mi hermano como yo somos negros, negros como el carbón. Nuestros padres salieron de Sierra Leona con una mano delante y otra detrás y acabaron aquí nadie sabe muy bien cómo. Mi madre estaba embarazada de mí cuando escaparon y yo nací ya en Europa. Mi hermano es dos años más pequeño que yo y también ha nacido aquí, pero durante toda nuestra vida hemos tenido que pelearnos por ser uno más. Da lo mismo que nuestra lengua materna sea el castellano, que hablemos euskera como todos los demás que han ido al cole con nosotros o que hayamos conseguido estar en la universidad, que siempre seremos los negros, los extranjeros, los diferentes. Si te acusan de ser racista, es normal que el mundo se te caiga encima.

Por eso cuando el juez ha visto entrar a la sala a mi hermano, más negro que su toga, se ha revuelto en su sillón y ha rechazado de pleno el caso por entender que ha sido una tomadura de pelo.

Cuando así se lo explico a mi hermano, me mira triste y se tapa la cara, supongo que de alivio, pero me dice que no es de alivio, sino de vergüenza. Se me echa a llorar y me dice que eso del racismo le ha destrozado por dentro, que se siente podrido y que nunca se habría imaginado que tener la piel oscura la habría de servir para irse de rositas. No le entiendo y cuando le pido que me lo explique me cuenta que, como la tienda del atraco está en un buen barrio, aquel día el señuelo no necesitó rastas, ni la cara maquillada, ni ropa estrafalaria, sino que fue como uno más. Uno más, excepto por el detalle de que el señuelo es gitano.

Y, claro, ¿quién se puede imaginar que un gitano que corre en sentido contrario a un local que tiene la alarma sonando en un buen barrio no sea el culpable, culpable de lo que sea, pero culpable?

Ni mi hermano.
Ni yo.
Ni tú.

A veces, hay cuestiones en las que sí somos todos exactamente lo mismo.

domingo, 1 de diciembre de 2019

ANTTON

En cuanto Juana, la lavandera, sintió la primera contracción, supo que no era una falsa alarma. Iba a ser su quinto parto y ya sabía cómo iba el proceso, así que aclaró la sábana que tenía entre manos, salió de la poza, cargó su cesto en la cabeza y recorrió los casi dos kilómetros que la separaban de su casa aguantando aquellos latigazos que cada vez eran más frecuentes.

La asistió una cuñada con una vecina medio partera mientras su madre se hacía cargo de los demás críos del vecindario, que gritaban y corrían descalzos por la calle ajenos a la llegada de un niño más al barrio. Como no tenía ni tiempo ni ganas de remilgos, se tumbó en su cama, se agarró fuerte a los barrotes de hierro del cabecero y con un par de buenos empujones hizo nacer a Antton, un niño grande y sano.

Si por Juana hubiera sido, Antton habría sido el quinto y último hermano de aquella familia, pero como buena esposa que era, cumplía con sus deberes en la cama como Dios manda, a veces por voluntad propia y a veces tras un par de sonoras bofetadas con las que su marido, el señor Miguel, un buen hombre que sólo velaba por el bien de su familia, le recordaba sus obligaciones, así que Antton acabó siendo el quinto de siete hermanos que podrían haber sido más (todos los que Dios quiera, decía el señor Miguel), pero un accidente en el Astillero acabó con la vida de aquel buen señor y Juana decidió que aquello de traer críos al mundo se paraba en aquel mismo momento. Si luego hubo pretendientes o si Juana se permitió algún roce con algún hombre, nunca se supo. Era una mujer fuerte y decidida, pero, sobre todo, discreta, que sacó adelante a su familia dejándose las manos y las rodillas a costa de bandear ropa y que sólo temía a Dios y a la gripe que se había llevado a medio pueblo mientras la Gran Guerra desgarraba Europa.

Mientras los hermanos mayores iban colocándose de aprendices en el Astillero o en los Altos Hornos para traer unas pesetas a casa, los pequeños estaban obligados a ir a la escuela porque a algún iluminado de Madrid se le había ocurrido que todos los niños tenían que saber leer, escribir y hacer las cuentas, pero lo único que aprendió Antton fue a soportar sin quejarse los reglazos que le daba el maestro cada vez que no respondía correctamente o cada vez que se le escapaba alguna expresión en vascuence.

A los diez años ya trabajaba en los altos hornos como aprendiz y aquel trabajo duro entre hombres aun más duros lo hizo crecer fuerte y serio, siempre con miedo de la gripe, de Dios, de los patronos y de no acabar como su padre, sepultado entre escoria de acero.

A los trece años cargaba pesos como un adulto y se había convertido en uno más de aquella cuadrilla de hombres manchados de polvo negro que liaban cigarrillos y bebían cazalla de madrugada para empezar su turno. Escuchaba sus conversaciones, atendía sus instrucciones y hacía como que entendía sus bromas riéndose cuando los demás lo hacían. Con el puño izquierdo levantado, hacían marchas y manifestaciones, saboteaban la línea de producción, exigían mejoras, descansos, pagas. Recibían golpes de porra, cargas a caballo, heridas de bala. Las huelgas se hacían eternas y el hambre les roía las tripas. Perdió el miedo a los patronos a base de golpes, y el miedo a morir sepultado bajo acero fundido no era más que un ruido lejano al fondo de sus pensamientos junto con el miedo a Dios, que se había ido derritiendo entre chisporroteos y se había ido volando con el viento como ese polvo de coque que era ya parte del color de su piel.

Celebró como uno más la izada de la bandera tricolor en Eibar. Bebió, bailó y cantó contagiado por el ambiente, pero realmente no comprendía del todo lo que estaba pasando. Cuando preguntaba a sus mayores, simplemente le decían que a partir de entonces iban a cambiar las cosas y que nunca más se tendrían que preocupar de ser esclavos y de morir como perros.

Creció esperando el cambio, las mejoras, la falta de preocupación. Se levantaba de madrugada, como siempre, entraba en su línea como siempre, sacaba acero como siempre y cobraba el mismo salario de siempre, con la única diferencia de que eran los patronos los que tenían miedo de él, un hombretón grande y serio que había crecido entre gritos y luchas sindicales y que ya no tenía miedo más que a la gripe, aunque nunca la hubiera sufrido.

A los dieciocho años conoció a Pura en un baile de primavera. Era una chica fina, sin tacha, bien educada y de una buena familia castellana que jamás habría deseado para su hija un obrero de los altos hornos que apenas hablaba en cristiano y que había celebrado públicamente la quema de iglesias y conventos. A pesar de los gritos y las reprimendas, o quizá a causa de ellos, Pura se quedó embarazada y su familia la repudió poniéndole de patitas en la calle sin más que lo puesto.

Firmaron los papeles del matrimonio apresuradamente y sin más celebración que unos vinos y algo de comida que llevó Juana, la madre de Antton. Ocuparon una habitación en la casa de Juana a la espera de encontrar una vivienda donde formar su propio hogar, pero comenzó la guerra y Antton pasó a formar parte de los reclutas del ejército de la república antes de poder conocer a su hijo.

Sus camaradas eran hombres que hablaban el castellano con acentos extraños, nuevos para él, así como a él le decían que hablaba de una forma graciosa y seca para ellos, y eso si no hablaba en eso que chapurreaban los vascos, claro, que entonces era imposible entenderse. Incapaces de pronunciar su nombre, pasó a ser Anchón, el de Bilbao, aunque él se hartara de decirles que era de Sestao y que jamás había ido más allá de Barakaldo o Portugalete. Al igual que Paco, el sevillano, que era de Málaga, o Gabriel, el valenciano, que era de Alicante, o José, el gallego, que era de Oviedo, todos se mezclaban y hablaban de ideales, de luchas y de batallas por ganar. En Navidad, en casa, decían.

Desde el momento que entró en combate a finales del treinta y seis, tumbado en una trinchera y disparando a lo loco hacia donde se lo indicaban los oficiales, no dejaron de retirarse a lo largo del Ebro. La lluvia, los bosques y el invierno dieron paso a la sequía, al verano y a los paisajes de roca, que se volvieron de barro, que se volvieron de nieve, que se volvieron a secar. Perdieron a Mike, el inglés, que era de un pueblecito cerca de Dublin, a Jacques, el francés, que era de Ginebra, a Jonnhy, el yanqui, que era de Melbourne, y así hasta que en el año treinta y ocho un obús voló a medio pelotón llevándose también, de paso, una pierna de Anchón, el de Bilbao, quien no se enteró de que se la habían cortado por encima de la rodilla hasta que se intentó poner de pie al despertar en el hospital de la cárcel. Como consecuencia, pasó a ser Antonio, el cojo, sin un miserable número de presidiario que escondiera su desgracia.

Durante siete años sus carceleros le recordaron todas y cada una de las noches que al día siguiente, al alba, tenía que estar bien vestido para que lo fusilaran. Durante siete años lo encontraron vestido y apoyado en su muleta, al alba, esperando que lo llevasen con el resto de sus camaradas al paredón. Durante siete años, cada mañana los carceleros le recordaban entre risotadas  que no iban a malgastar una bala en un cojo de mierda que, de cualquier manera, se iba a morir de hambre o de una mala gripe. A culatazos sacaban a los elegidos, los colocaban en el paredón y tiraban, a veces con bala cargada para ir haciendo hueco en las celdas, y a veces con bala de fogueo simplemente para comprobar si alguno de aquellos rojos se podía morir del susto, cosa que consiguieron una vez en todo aquel tiempo. Las apuestas sobre si serían balas de fogueo o reales eran altas, incluso entre los presos, llegando a ser un pasatiempo macabro que por lo menos rompía la monotonía de aquella prisión.

Como no fue capaz de coger una mala gripe, Antonio, el cojo, no llegó a morirse del todo en aquellos calabozos, así que un día, por supuesto al alba, los carceleros lo arrastraron por los sobacos y lo lanzaron fuera de la prisión como un fardo lleno de basura. Le tiraron un paquete con sus papeles y, de regalo, le partieron en los lomos el palo que usaba como muleta mientras le explicaban amablemente que les estaba saliendo más caro darle de comer cada día que dejar que se lo llevara el cierzo y el aguanieve al infierno al que van los rojos de mierda.

Cruzó media península de sur a norte montado en camiones de la Cruz Roja y larguísimos trenes llenos de presos, militares, refugiados y ganado, durmiendo en cualquiera de aquellos vagones, puesto que todos eran iguales, y así, casi un mes después de que lo lanzaran por aquella puerta de la prisión, llegó a Sestao todavía sin morirse del todo, aunque cuando vio lo que había sido de su pueblo, sintió que lo hacía.

Los hornos echaban humo negro y espeso por sus grandes chimeneas, el acero fluía y se embarcaba hacia el mundo en el que acababa de firmarse el fin de la segunda gran guerra, aunque allí nadie lo supiera. El rumor constante y sordo de la Naval se podía escuchar a kilómetros de distancia por encima del espantoso ruido del motor del autobús de la Cruz Roja que lo dejó a las afueras de la población, haciéndole creer que su pueblo seguiría siendo el mismo que dejó cuando partió hacia el frente nueve años atrás, pero no era así. No hizo falta que le contaran nada sobre el asedio a la Naval, sobre los aviones alemanes e italianos, ni sobre los disparos y la desbandada de la gente alejándose lo máximo posible de aquel monstruo productor de acero y barcos tan codiciado por ambos bandos. Tantos años después de aquel desastre, aún seguían los cráteres medio disimulados en las calles, los solares vacíos y las heridas sin cerrar. En su barrio faltaban calles enteras, y una de ellas era la suya.

No sólo no tenía adónde volver, sino que no tenía a nadie a quien preguntar por el destino de su familia. Los comercios eran distintos, la gente vestía diferente, incluso el idioma era otro. Cuando preguntaba, nadie recordaba la casa del pueblo socialista, o la sede del sindicato, o la taberna roja. Nadie recordaba a Juana, la lavandera, o a Pura, la mujer de Antton y, por supuesto, nadie reconocía a Antonio el cojo porque nadie decía recordar a Antton, aquel hombre grande que partió al frente con el ejército de los rojos.

Bajó resbalando su muleta hasta la puerta de entrada a la fábrica que tantas veces había cruzado y esperó al cambio de turno. Los hombres salieron arrastrando los pies, fumando, riendo o, simplemente, caminando agotados hacia sus casas. Antonio, el cojo, los miraba intentando reconocer a alguien y cuando creía ver la cara de algún conocido, levantaba la mano para llamar su atención, pero si alguno de ellos fue capaz de reconocer a aquel cojo, no lo demostró y siguió caminando. Cambió el turno, se  le cerraron las puertas en la cara sin haber conseguido nada y se sentó al pie del camino intentando morirse de una vez. A los pocos minutos un guardia se le acercó y lo intentó echar de allí, pero ya no tenía fuerzas ni para mandarlo al infierno, y mucho menos para levantarse y seguir buscando los restos de su pasado. El guardia le amenazó con llevárselo a pasar la noche al calabozo y Antonio, el cojo, ante la perspectiva de pasarla bajo un puente, decidió aceptar la oferta simplemente dejándose apalear un poco y dejándose arrastrar hasta una celda donde compartió camastro con otros tres borrachos que fueron llegando a lo largo de la noche.

Hubo cambio de turno por la mañana y uno de los guardias entrantes lo sacó de la celda, lo sentó en un taburete y le dio un café. Apestoso, aguado, achicoria pura, casi transparente, pero un café a fin de cuentas. Le devolvió la documentación haciendo como que no había visto en ella que era un rojo, sindicalista, preso y traidor al movimiento nacional, y se señaló una fea cicatriz que tenía en la cabeza. Y así se reconocieron los dos, de sus años de lucha obrera, de las batallas en la explanada, de las piedras y las porras, cada uno en un bando, pero en la misma batalla, cuando a veces recibía uno y a veces recibía el otro. Y así le dijo el guardia que había que ser muy, muy, pero que muy imbécil para haberse atrevido a volver al pueblo tras haber perdido la guerra. Y así le sugirió que escapase de allí y que se fuera a algún lugar donde nadie le conociera, como hacía todo el mundo, como habían hecho sus hermanos y como había hecho su mujer. Y así se enteró Antton de la muerte de Juana por culpa de una gripe y de la de dos de sus hermanos en el frente. Y así supo de los barcos de emigrantes que partieron hacia quién sabía dónde en los que se había embarcado el resto de su familia.

Y así partió Antonio, el cojo, a buscar a sus suegros con la dirección que le había escrito el guardia en un sucio trozo de papel. Se habían ido del pueblo cuando empezaron los bombardeos de los aviones y habían vuelto antes de acabar la guerra, pero no al mismo piso, sino a una casita con jardín cuyos dueños también habían abandonado el pueblo durante la guerra, pero que nunca habían vuelto ni lo harían nunca.

Ellos sí lo reconocieron. Hubo gritos y llantos al pie de la entrada. Hubo amenazas de llamar a los guardias y Antonio, el cojo, se vio de nuevo en el camino sin tener un lugar al que ir. Sin embargo, a los pocos metros le alcanzó la chica que se ocupaba de las tareas de la casa de sus suegros, una niña que no le llegaba ni a la cintura. Le dio un hatillo con algo de pan, algo de embutido y queso, y un papel en el que su suegra le había escrito a espaldas de su marido la dirección en la que podría estar Pura, su hija repudiada.

Renqueó Antonio, el cojo, hasta la gran ciudad, al otro lado de la ría. Tardó todo el día en encontrar aquella dirección, un portal de una casa vieja, de varias plantas, de fachada desconchada, de aspecto triste y olores indefinibles, lo mismo que todas las casas de aquel barrio.

El portal no tenía cerradura, así que Antonio, el cojo, entró sin llamar y subió las tres plantas saltando de escalón en escalón. Se intentó arreglar un poco, llamó a la puerta y esperó. Ninguno de los dos estaba preparado para encontrarse con un fantasma al otro lado del vano la puerta. De Antton quedaban los huesos, excepto los de la pierna que le había volado aquel obús, pero de Pura no quedaba nada, excepto, quizá, algo de aquella delicadeza en la forma de caminar.

Un abrazo torpe, un beso en la mejilla, mucho pudor. Eran dos desconocidos que se reconocían tras haber estado separados un tiempo, viejos camaradas que habían compartido la habitación y la cama durante unos meses, pero que realmente no tenían nada que los uniera, excepto unos papeles del juzgado… y la pérdida de un hijo común. Una gripe cuando todavía era un bebé, le dijo ella. Hambre y frío, entendió él.

Tras aquella primera noche en la que se intentaron volver a conocer resumiendo en frases cortas diez años de sus vidas, nunca más hablarían de los tiempos de la guerra, nunca más se preguntarían por lo que habían tenido que pasar ni lo que habían tenido que hacer, y aunque los dos lo sufrieran el resto de sus vidas como una herida abierta, dolorosa e imposible de ignorar, jamás volverían a hablar de aquel niño que Antton nunca llegó a conocer.

Antonio, el cojo, descubrió en Pura una mujer vacía y muerta que, por algún extraño motivo, al igual que le pasaba a él se negaba a dejarse morir del todo sacando de Dios sabe qué lugar energías y fuerza para aguantar un día más, siempre un día más. Llámame Puri, le decía ella, que bastante chiste es ese nombre que no merezco. Así la conocían en el barrio, la Puri, y en poco tiempo Antonio tuvo que aprender que la conocían sobre todo los hombres, que pasaban por aquel piso a cualquier hora del día pero, sobre todo, por las noches, cuando acababan la jornada y tenían una perra gorda para gastar. Entonces Antonio, el cojo, desaparecía sigilosamente, bajaba los tres pisos de escaleras y se refugiaba de la lluvia bajo cualquier balcón esperando a que su mujer acabase la faena que les daba de comer. Ella de vez en cuando le daba algo para que se tomara un aguardiente en la taberna durante la espera y, a cambio, él no hacía preguntas.

Un día se la encontró sentada en el suelo, con el labio partido y un ojo a medio cerrar. Le ayudó a reponerse y, fiel a su costumbre, no hizo preguntas, pero en cuanto acabó de hacerle una cura torpe y básica, volvió a la calle y entró en la taberna donde sabía que estaba el último cliente que había tenido la Puri, disfrutando una copita de coñac y riendo cualquier gracia con sus amigos. Era un hombre de camisa azul y brazalete vistoso que llevaba el estraperlo en aquella calle y nada tenía que temer de los parroquianos que los miraban en silencio, así que mucho menos de aquel cojo flaco y medio muerto de hambre que dejaba a su mujer en manos de cualquiera. Cuando vio a Antonio, el cojo, levantó la copa y brindó a su salud. Antonio se dio la vuelta y desapareció en la calle.

Ebrio y contento por la jornada tan magnífica que había disfrutado, todavía se estaba riendo a carcajadas cuando salió una hora después con la camisa azul arrugada y el brazalete guardado en un bolsillo. Estaba ya entrada la noche con las calles únicamente patrulladas por los serenos y no esperaba ni por asomo encontrarse con aquel cojo ridículo plantado bajo la luz de una farola, exponiéndose a que lo viera cualquier guardia y lo enviara a palos a casa por rondar de noche por las calles. Se fue a él con la intención de darle una buena lección, por insolente, y el cojo se escabulló en las sombras de entre dos edificios. Cuando entró tras él, recibió en el más completo silencio tres navajazos en el vientre y un sonoro muletazo en la cabeza al intentar gritar. Tardó un buen rato en morir desangrado y allí encontraron su cuerpo a la mañana siguiente, junto a la huella ensangrentada de un único zapato.

Antonio, el cojo, pasó a ser Antonio, el chulo de putas, y cuando el rumor corrió por el barrio, su puta nunca volvió tener miedo de los clientes. Ella le miraba con horror y fascinación reconociendo al soldado que había sido, e incluso a veces volvía a mirarle como si aquel hombretón grande y fuerte de antes estuviera escondido bajo aquella gabardina sucia y mugrienta.

Estuvieron esperando la llegada de la policía durante días, pero el que llegó fue don Manuel, el gran hombre de negocios, enfundado en uno de sus magníficos trajes al corte, en su coche grande y brillante conducido por un hombre de bigotillo y camisa azul que le abrió paso hasta la casa de la Puri dejando entrever la culata de un revolver a todo aquel que se atrevía a asomarse para mirar.

Aquella tarde don Manuel, el gran hombre de negocios, enseñó a Antonio, el chulo de putas y a la Puri, su única puta, una lección básica de la economía con muy buenas palabras y una dicción exquisita mientras aceptaba escondiendo su asco la porquería de café que la Puri le sirvió en una taza desconchada: su empresa había perdido un hombre valioso en un extraño percance en un oscuro callejón hacía varios días y alguien tenía que abonar su coste. Podría ser pagando a la sociedad ante el juez, posiblemente  con el garrote vil, o podría ser restituyendo el servicio perdido a su legítimo dueño, es decir, a la empresa de don Manuel.

Antonio, el chulo de putas, se rió de don Manuel y fue grosero en su cara porque podía permitirse el lujo de no tener miedo a la cárcel ni a la muerte, pero don Manuel sacó de su bolsillo un tarro con boticas que la Puri reconoció al instante y así Antonio, el chulo de putas, aprendió que el poder no está en el valor ni en la fuerza, sino en la capacidad de permitirte vivir un día más, al igual que esas boticas que la Puri y el resto de mujeres de su profesión necesitaban para curar las enfermedades que les iban contagiando sus clientes cada cierto tiempo y que sólo don Manuel, el gran hombre de negocios, tenía capacidad de conseguir. A buen entendedor, pocas palabras, así que sin más explicaciones, el hombre de la camisa azul acompañó a la calle a Antonio, el chulo de putas, dejando a solas a la Puri y a don Manuel para que éste pudiera empezar a cobrar su deuda de inmediato.

A partir de aquella semana, Antonio, el chulo de putas de una sola puta, se convirtió en Antonio, el recadero de Don Manuel. Cada mañana, un coche que no era mucho más grande que un motocarro recogía a la Puri y a Antonio y los llevaba al hospital militar, donde un cojo y su mujer no llamaban la atención más que el resto de veteranos que iban allí a hacer sus curas. Un médico los hacía pasar discretamente al almacén de la rebotica, examinaba a la Puri, certificaba si era apta para el servicio y luego llenaba la gabardina de Antonio con frascos repletos de boticas que iba recogiendo de los estantes que llenaban aquella dependencia. Después, cuando el médico daba el visto bueno, Antonio, el recadero, y su mujer volvían al coche que les estaba esperando y recorrían cuarteles, cuartelillos, acuartelamientos, bases, puestos, postas y todo tipo de enclaves donde cualquier cliente de Don Manuel hubiera solicitado alguno de los dos servicios que Antonio y la Puri  podían ofrecer.  A veces sólo dejaban las boticas, a veces sólo dejaban a la Puri un rato, a veces ambas cosas. Al final de la semana, uno de los hombres de camisa azul de Don Manuel entregaba a Antonio un fajo de billetes. Buena recompensa por ser un cojo y un recadero, pensaba Antonio, pero mal negocio para la Puri, que se iba apagando semana tras semana olvidándose de comer, de dormir, de hablar.

No habían pasado ni tres meses cuando el médico militar declaró a la Puri no apta para el servicio. Tenía algo contagioso, algo de lo habitual, pero no podía permitir que se lo fuera contagiando a los clientes de Don Manuel. No se quejaba y no parecía tener síntomas, aunque el médico sabía que debía de sentirse realmente mal. Intentó hacerle entender cómo tomar las boticas que le estaba entregando, cómo aplicárselas e incluso cómo evitar los contagios o, por lo menos, intentarlo, pero la Puri ya no prestaba atención y decidió hacer a Antonio responsable de administrar las boticas. Desconocía que Antonio no dormía con su mujer y supuso que él también estaría contagiado. Le explicó que debía empezar por las medicinas suaves. Si no aliviaban los síntomas o empeoraba, debían aplicarse un tratamiento más fuerte hasta que curasen. Si todo fallaba, había un tercer tratamiento a su disposición, pero si este último remedio fallaba, no podría hacer nada por ellos. Había más boticas, sí, pero no a disposición de alguien como ellos, mientras que sí había más chicas como la Puri a disposición de Don Manuel. Cojos había a patadas.

Mal que bien, fueron sobreviviendo. Aquello se convirtió en una de esas rutinas en la que da lo mismo que sea martes o sábado, abril o diciembre. Antonio no confiaba en que la Puri durase mucho, pero tenía la maldición de la salud, como él, y era incapaz de coger un mal catarro. Mientras la gripe y el andancio rondaban el barrio haciendo estragos, ellos dos aguantaban esperando el golpe que los hiciera caer, pero nunca llegaba.

Un jueves de invierno, o un lunes de primavera, quién sabe, al final del recorrido cuartelero, la Puri cogió de las manos a Antonio y le pidió acabar. Sabía que él había aceptado aquel trato por ella, por mantenerla viva, y eso la estaba matando más rápido que todas aquellas enfermedades que aquellos oficiales le contagiaban periódicamente. Durante un rato ella fue Pura, la fina chica castellana, y durante un rato habló a Antton, el buen mozo de Juana, la lavandera, padre de su hijo, y le pidió un buen final, algo digno que todos pudieran recordar. Le dio un beso en la mejilla y desapareció, dejando únicamente esa cáscara hueca y perfectamente funcional a la que todos llamaban la Puri.

Antonio, el recadero, empezó a recorrer malas calles en busca de malas mujeres. Conocía los sitios y sus gentes, y sus gentes lo conocían a él. El cojo de Don Manuel, el del estraperlo, hizo correr la voz de padecer cierta degeneración pidiendo lo más sucio, lo más sórdido, lo más indecente. A veces encontraba chicas jóvenes que trabajaban en callejones, a veces viejas damas de la noche que habían sido relegadas a los rincones más infectos de la margen de la ría, a veces no encontraba lo que estaba buscando y, a veces, simplemente, pagaba por nada.

No tardó en sentir picores, enrojecimiento, ardor, dolor, escozor. Buen conocedor de las boticas que tenía que usar, hurtaba un poco a Don Manuel y se administraba él mismo la medicina sin informar al médico militar. Cuando se curaba, volvía a rondar los lugares más sórdidos pidiendo cada vez mujeres de peor calaña. Se acabó sirviendo de mujeres entre chatarra, bajo los puentes, en las vías del tren que servían al puerto. Sus peticiones eran la comidilla, no por inusuales, sino por ser el cojo de Don Manuel. La policía no decía nada y Don Manuel simplemente reía y pedía al médico que auscultase muy intensamente a la Puri que, increíblemente, se mantenía sana y limpia. O, al menos, tan sana y tan limpia como siempre.

Periódicamente volvían los picores a la entrepierna de Antonio, el degenerado, incluso acompañados de fiebre. Gripe, les decía a los que le preguntaban por su salud. Callaba y se administraba las boticas cada vez con más intensidad y en mayores dosis. Aprendió a fingir salud y cuando sanaba, volvía a la carga gastando el dinero entre putas y porquería, siempre buscando más, consciente de que cuanto más alargase aquello, más tiempo estaría sufriendo Pura.

Cada vez que se infectaba aguantaba más tiempo los picores y el escozor. Aprendió a controlar sus manos, que iban inconscientemente a su entrepierna a rascar. Dejaba que la enfermedad fuera echando raíces en su cuerpo hasta que no aguantaba más y se medicaba salvajemente, intentando controlar los tiempos, esperando no haberse excedido. Aunque flaco y medio moribundo por la falta de comer, su maldita salud era de acero, forjada en la Naval a base de coladas de metal fundido desde que era un niño, y siempre conseguía recuperarse.

Hasta el día que no lo hizo. Durante dos meses se metió en el cuerpo las boticas más fuertes que podía sisar a Don Manuel, pero no había remedio ni alivio. No había medicina que sanara aquello.

Entendió que era el momento, se fue a la Puri, se desnudaron y se aplicaron toda la noche, sin pausa, como cuando eran dos jóvenes con el corazón lleno de fuego, pero de una manera puramente mecánica, práctica, funcional. Cuando él no podía más, ella, conocedora de su oficio, lo reanimaba, a pesar de los dolores, del escozor, del puro sufrimiento que sentía él, medio comido por la fiebre, y le obligaba a seguir una y otra vez hasta que salió el sol, cuando el hombre de la camisa azul y el bigotillo llamó a su puerta para empezar un día más de rutina.

Aquel primer día el médico no advirtió nada extraño en la Puri y la declaró apta. El único que sí se quejó de algo extraño fue el hombrecillo de la camisa azul, que se pasó el día entero protestando porque estaban tardando mucho en hacer las entregas. Lo que no sabía es que aquel día muchos soldados, guardias y policías fueron un poco más felices. La Puri les hizo servicio rebajado, incluso gratis por cuenta de Don Manuel, o eso les decía, y ellos la aceptaban encantados. Oficiales que habitualmente no la tocaban, soldados de la tropa que nunca habían tenido una perra chica para gastar en aquella fulana, policías de barrio que se solían reír del comisario que cerraba la puerta cuando llegaba aquella perra, todos acabaron aceptando aquel pequeño regalo.

Sostuvieron aquel ritmo durante tres días hasta que el médico detectó los primeros síntomas. La Puri intentó convencerle de que la dejara seguir para poder ganar unas pesetillas y no enfadar a Don Manuel, pero el médico era veterano de la guerra y no se dejó engatusar con lloros. Antonio, el degenerado, estaba débil y enfermo, pero no tuvo problema ninguno en asestarle los navajazos necesarios para acabar con su vida mientras la Puri le tapaba la boca para que no gritase. Escondieron el cuerpo entre las cajas de aquel gélido almacén y siguieron con su rutina, como si nada hubiera sucedido. Iban por la mañana al cuartel, entraban discretamente en el almacén, cogían los botes de medicina mezclando su contenido, esperaban quince minutos para no levantar sospechas en el hombrecillo de la camisa azul y el bigotillo que los esperaba en el coche, y salían como si tal cosa. Ella seguía dejándose usar cada vez por más hombres y él repartía las boticas adulteradas como si fueran los encargos de Don Manuel.

Gracias al frío que hacía en aquel almacén militar, no encontraron el cuerpo del médico hasta quince días después, y no por el olor, sino porque un sargento, desesperado por los picores que le comían la entrepierna y que la medicina habitual del cuartel no mitigaba, asaltó la rebotica en busca de cualquier cosa más fuerte y, buscando, buscando, se encontró con el cadáver de aquel viejo militar al que todos daban por desertor.

En cuanto se enteró de aquello, Don Manuel ató cabos y ordenó cargar el coche con tres hombres armados, pero cuando llegaron a la casa de Antonio, el maldito cojo degenerado, y de la Puri, su maldita puta, ya había vehículos de la guardia civil y de la policía frente al portal. Aquella cuestión era superior a todas sus influencias dentro de Gobernación y lo único que pudo hacer fue rabiar, rascarse furiosamente la entrepierna y ordenar a su chófer que acelerase hasta la frontera de Francia.

Los policías que entraron en el piso no pudieron echar la puerta abajo porque Antton la había dejado abierta. Encontraron a Pura tumbada en su cama, elegantemente vestida, peinada y maquillada discretamente, otra vez convertida en la hija de una fina familia castellana. Sonreía, muerta, mientras Antton, su marido, también de traje, afeitado, rasurado y bien acicalado, le cogía la mano cariñosamente y le ronroneaba una nana en vasco, tal y como se la había cantado a él su madre cuando sabía que nadie la podía escuchar.

Ni los guardias con sus metralletas ni los policías con sus pistolas tuvieron las agallas de interrumpir aquel canto. No entendían una palabra de aquel idioma de salvajes, pero en boca de Antton se había convertido en caramelo fundido, en humo antiguo, en aire espeso, algo que les hizo sentir un respeto casi sagrado que ni el obispo más santo conseguía con su latín dominical.

Cuando acabó la nana, tardaron unos instantes en reaccionar. Observaban a Antton, que les devolvía la mirada entre los vapores de la fiebre, en silencio. Quizá le habrían mantenido cierto respeto y no le habrían roto los dientes a culatazos si se hubiera callado, pero cuando Antton se dio cuenta de que no uno, sino dos de los guardias no podían dejar de rascarse la entrepierna a la vez que intentaban apuntarle con su arma, le dio tal ataque de risa que los agentes reaccionaron como ellos sabían para intentar callarle.

Lo condenaron al garrote vil en uno de los juicios más rápidos de su época, no fuera a morirse antes de la ejecución. Oficialmente estaba preso por el asesinato del médico militar, pero cada uno de los golpes que recibió de todos los agentes, guardias y militares que pasaron por su celda fueron porque, aunque no podían probarlo, todos sabían que los picores que los estaban matando habían sido por su culpa. Incluso su abogado, un militar jovencito recién salido de la facultad, dejó de reunirse con él porque cada vez que se rascaba, Antton sufría un ataque de risa que apunto estaba de dejarlo seco.

A pesar de todo, llegó a juicio sumarísimo y escuchó su sentencia de muerte aguantando la risa al ver a todos aquellos coroneles del jurado intentar rascarse la entrepierna discretamente. La imagen de aquellos vejestorios escondiendo las manos bajo la mesa haciendo como que no se rascaban hizo que se partiera por la mitad al pensar que ellos no sabían que posiblemente no hubiera boticas que los curasen, y, si las había para aquello, no las habría para remediar el lío que se había montado con las novias, esposas y amantes de aquella manada de petimetres, tan serios y tan respetables. Cada vez que se imaginaba la enfermedad saltando de cama en cama, de portal en portal, de barrio en barrio, aullaba risotadas de loco que lo agotaban hasta hacerle perder el sentido.

Cuando lo sentaron en el patio para darle garrote, estaba ya más muerto que vivo. El verdugo lo preparó y él le pidió que no le tapase la cabeza porque quería morir dignamente mirando a la cara a todos aquellos que lo observaban con odio en aquel patio.

Pero no pudo ser.

Mientras el verdugo le ajustaba el collar y esperaba la orden de girar el tornillo, Antton fijó su mirada directamente en el cura. El hombre, un capitán veterano, tenía la cara roja y sabía que estaba siendo observado, así que se aguantó todo lo que pudo, pero al final sus manos fueron más fuertes que su voluntad y no pudo evitar rascarse discreta pero intensamente la entrepierna, gesto que contagió a la mayoría de asistentes, hombres y mujeres, hundiéndolos en una orgía de rascaduras, gruñidos, gemidos y lamentos angustiosos que intentaban sin éxito aliviar aquellos escozores y picores que sentían donde a la moral más le duele.

Y así, con una sonora carcajada tan inmensa que todavía hoy se puede escuchar rebotar en las paredes de aquel patio, Antton, hijo, marido, padre, obrero, soldado, asesino y muchas otras cosas, abandonó este mundo antes de que el verdugo tuviera tiempo de girar el tornillo, dejándole las manos libres para que se pudiera rascar a gusto.

domingo, 17 de noviembre de 2019

LA BELLEZA



Los críticos de arte lo habían consagrado, el público lo había adorado, los historiadores lo elevarían a los altares como una de las figuras más intensas e influyentes de la historia del arte. Incluso sus enemigos habían tenido que admitir que él y sólo él había conseguido que, ante la visión de una de sus obras, el más frío observador se derritiera al contemplar el grado máximo de belleza femenina que un ser humano pudiera crear. Toda una vida dedicada a la observación y análisis de formas de una pureza máxima había dado como resultado una obra monumental dedicada al colmo del amor por los cuerpos de las mujeres en todo su esplendor.

Así que nadie se extrañó cuando una de sus modelos más bellas le abrió la cabeza asestándole veinticuatro hermosos y bellamente certeros golpes con un exquisito y muy perfectísimo tacón de aguja contra el que llevaba peleándose catorce horas y media, provocándole una muerte que para muchos fue merecida y para los demás, demasiado rápida y piadosa.

Él, sin embargo, contemplaba su cadáver desde una posición elevada y sólo podía pensar que era una escena rematadamente fea, sin composición ninguna, aunque quizá la mancha de sangre que se iba extendiendo por el papel blanco que cubría el suelo podría llegar a formar alguna línea interesante si la extendía por aquel lado…

Y no le dio tiempo a más.

Su espíritu desapareció de allí tras consumir los pocos segundos que se consideran necesarios para despedirse de su carne mortal antes de pasar definitivamente al otro plano. Aunque no era exactamente un plano, sino una especie de vacío agradable, sin formas ni sensaciones físicas que poder estudiar. Vagó por allí un rato, o algo parecido a un rato, o quizá es que pasó un poco de tiempo, o eso que no es exactamente tiempo, pero que da la impresión de que una cosa va después de la otra, intentando adaptarse a aquella sensación de ausencia de sensaciones.

Un hombre tan sensual, tan intenso en el estudio de las formas físicas, tan apasionadamente exigente en la composición, el equilibrio y la expresividad de las curvas, los colores y todo aquello relacionado con el físico femenino, no podía estar mucho tiempo sin contemplar una línea, un volumen, un poco de piel que criticar y, en consecuencia, mejorar.

Cómo deseaba tener un cuerpo con el que moverse y, sobre todo, piernas para caminar. Dar paseos sin destino fijo había sido un gran placer para dejar vagar la mente y encontrar la solución a algún problema estético que la tensión del trabajo le bloqueaba. Contemplar paisajes urbanos anodinos y generalmente feos suponía un acicate para su mente, que reaccionaba evocando sugerentes y fascinantes formas abstractamente bellas que sus manos luego concretaban en formas físicas casi igual de bellas para los ojos de sus admiradores, aunque muy imperfectas para él.

Y tuvo piernas. Y se dio cuenta de que estaba caminando. Y había sombra, así que había un sol y un suelo. Y el paisaje era anodino de una manera totalmente perfecta. No era exactamente un paisaje urbano, pero sí eso que se le parece sin llegar a serlo, algo lo suficientemente vulgar y repetitivo para que su mente pudiera trabajar sin ser consciente, de tal manera que se encontró evocando esas maravillosas curvas, esos volúmenes, giros, sombras, movimientos, valles, picos, ausencias y misterio que dan forma a la más pura belleza femenina.

Al principio creyó que aquella mancha lejana era parte del paisaje, pero con algo más de color. Luego se dio cuenta de que se movía. No, no se movía: caminaba. Y no, no caminaba: fluía de una manera equilibrada, suave, directa, sensual, perfecta. Y lo hacía con dos piernas tan magníficas que nunca en su larga vida de observador había llegado ni siquiera a imaginar. Y aquel movimiento tenía en maravilloso contrapunto unas caderas que sólo podía calificar de asombrosas, que pasaban a una cintura que daba el equilibrio perfecto bajo un pecho formado por unos volúmenes mucho más bellos que el más bello de los pechos que hubiera contemplado nunca, moviéndose acompasadamente con aquel fluir tan increíble entre dos brazos de extremada elegancia que remataban en unas manos que ni el mismísimo maestro Miguel Angel habría podido esculpir, y que se unían al cuerpo con un conjunto de hombros y cuello que… ¡Ah, qué rostro! El más bello rostro que nunca, nunca, nunca, se hubiera imaginado.

Paralizado, o algo parecido a estar sin moverse, esperó a que aquella visión perfecta (¡Sí: perfecta!) se acercara a él, lo atravesara con aquellos ojos, aquella mirada y le hablara sorprendiéndole con la voz más melodiosa que se hubiera podido esperar, aun sabiendo que aquel cuerpo perfecto sólo podía tener una voz perfecta. Su aroma casi le hizo ponerse de rodillas en un éxtasis indescriptible. Se dio cuenta de que estaba en el paraíso.

Había tenido que morir para poder contemplar, por fin, la Belleza.

Ella supo sacarlo de su asombro y hacerle sentir otra vez como el artista con su modelo o, mejor, como el artista con su obra cumbre, con su logro máximo, pero un logro que estaba vivo. Con cada minuto, o algo parecido a un minuto, que pasaban juntos, ella se hacía más y más preciosa, más y más interesante. Sus conocimientos eran perfectos, su conversación, impecable.

Él estaba paralizado, así que fue ella la que tuvo que romper la barrera del contacto físico posándole la mano en la cara. Abrió así la puerta al sentido del tacto y, aunque no podía ser de otra manera, él no pudo reprimir las lágrimas ante el asombro que le produjo descubrir el simple roce de su piel. Cada parte de su cuerpo era mejor que la anterior. Cada beso era mejor que el anterior. Cada una de las veces que hicieron el amor, o algo parecido a hacer el amor, puesto que lo que él había sentido cuando estaba vivo no era ni siquiera una pálida sombra de lo que sentía con ella, fue mejor que la anterior.

Se enamoró plenamente. No de ella, sino de su Belleza. Todo en ella era Bello, era Superior, era Arte vivo. Todo aquel tiempo, o aquello que parecía que seguía las pautas del tiempo, él conoció el éxtasis que produce la pura belleza, y se perdió en aquella sensación mientras la luz iba convirtiéndose en penumbra, mientras las más perfectas constelaciones llenaban el cielo y mientras el sueño se apoderaba de él.

Cuando volvió a ser consciente de sí mismo, o algo parecido a decir que se despertó por la mañana, ella no estaba. Buscó, asustado, pensando que no había sido real, que todo había sido producto de su imaginación, y aquello le produjo tal tristeza que incluso estando en el Paraíso, no pudo menos que llorar desconsoladamente.

Una mano se posó en su hombro y su contacto fue tan perfecto que se calmó al instante. Se puso en pie de un salto para poder abrazarla y no dejarla escapar nunca más, pero no era ella. Era otra. Sí, otra mujer que intentaba consolar su llanto y que no se parecía en nada a la primera porque, por increíble que parezca, era aún más bella. Todo era mejor: sus pies, sus piernas, las caderas, la cintura, el pecho, brazos, hombros, ojos, boca, cabeza, aroma, voz, movimientos… ¡todo!

Él retrocedió para poder admirarla e inmediatamente despreció la primera mujer. Sí, le había parecido bella, pero en comparación con esta otra maravillosa criatura, no era más que una chica mona, quizá incluso vulgar, y sentía vergüenza de haber pensado que había estado frente a la perfección. ¡Qué equivocado había llegado a estar!

Hablaron, rieron, se tocaron, hicieron el amor, conectaron con tal intensidad que él intentó por todos los medios no volver a caer en una espiral de placer tal que le hiciera olvidarse de sí mismo para no dejarla escapar, pero era una tarea imposible y, de nuevo, la luz dejó paso a la oscuridad, las estrellas lo envolvieron y soñó con ella y su Belleza.

Tal y como esperaba, ella no apareció con la luz al día siguiente, o eso que parecía ser el día siguiente. Se había desvanecido y sólo veía ese estúpido paisaje urbano como telón de fondo. Sintió de nuevo la necesidad de llorar y gritar de desesperación, pero no le dio tiempo porque algo empezó a moverse al fondo, allí, a lo lejos. Algo que caminaba, que fluía, que se acercaba de una manera… bella.

Era una tercera mujer aún más bella que las dos anteriores. Al igual que la que acababa de desvanecerse, superaba en todos los aspectos a su predecesora. ¿Cómo describirla? ¿Cómo explicar algo más bello que lo que creías que había sido el colmo de la belleza? Pues así era aquella tercera mujer.

De nuevo se sintió consolado. Habló con ella, se rió, lloró, la tocó sintiendo ya sólo con su roce la cercanía del placer más grande que jamás hubiera sentido, hicieron el amor de una manera imposible de describir llegando a una fusión absoluta de sus cuerpos y sus mentes, de nuevo el éxtasis lo llevó a olvidarse de sí mismo envuelto en las estrellas y pasó eso que parecía una noche, pero que no era exactamente una noche.

La pauta se repitió una y otra vez. Podía recordar exactamente cada uno de los poros de todas y cada una de aquellas maravillosas mujeres para descubrir que la que se presentaba ante él cada período que parecía ser un día, era mucho más bella. Cada voz, cada aroma, cada palabra, cada roce fue mejorando con cada una de ellas hasta el punto de que llegó a pasar a un estado de éxtasis absoluto con la sola presencia física de una nueva mujer, y cuando despertaba buscaba a una nueva presencia que, efectivamente, superaba a la anterior.

Consiguió no volverse loco con tanta Belleza prolongando cada uno de esos periodos para disfrutar de todos los sentidos durante muchos, muchos períodos de eso que parecían ser días, semanas o años, aunque no eran exactamente ni días, ni semanas, ni años, y por fin llegó a la conclusión de que aquel proceso sería así para siempre, recibiendo aquel premio gracias a quién sabe qué buenas acciones que hubiera cometido cuando era carne mortal.

Y así, casi sin darse cuenta, se encontró sabiendo que cada día tendría ante él una mujer Bella, Perfecta, y que al día siguiente tendría ante él  otra aún más Bella y aún más Perfecta.

Pero por pura definición, nada puede ser más perfecto que la Perfección, al igual que nada puede ser más bello que la Belleza. Al igual que una pequeña fisura que aparece en la gran masa de una presa de agua, que poco a poco se va convirtiendo en una grieta que acabará por derruir el muro y dejará fluir toda el agua embalsada, la pequeña duda se fue convirtiendo en una certeza que acabó siendo una verdad absoluta.

Y así, casi sin darse cuenta, se encontró sabiendo que cada día tendría ante él una mujer bella, perfecta, pero que al día siguiente tendría ante él otra aún más bella y aún más perfecta.

Hasta que llegó una mañana, o algo similar a una mañana, en la que apareció la mujer más bella que podía imaginar y nada más verla, el asco y la repugnancia lo doblaron por la mitad. Cada vez que la miraba podía comprobar que el menos perfecto pliegue de sus párpados era infinitamente más bello que la suma de toda la belleza de todas las mujeres de las que había disfrutado, pero sabía sin duda ninguna que era menos bella que la del día siguiente, y mucho menos que la del siguiente, y muchísimo menos que la del siguiente, y muchísimo, muchísimo, muchísimo menos que la del siguiente, y así hasta el infinito. Aquella belleza que estaba ante él era, en comparación con todo lo que habría de venir, infinitamente inferior a la Belleza, infinitamente poco bella y, por lo tanto, era infinitamente… fea.

Y así, casi sin darse cuenta, se encontró sabiendo que cada día tendría ante él una mujer infinitamente fea en relación a la siguiente, que sería infinitamente fea en relación a la siguiente, que sería infinitamente fea en relación a la siguiente, que sería infinitamente fea…

A veces venimos por aquí y lo observamos un rato, o algo parecido a un rato. Casi siempre nos lo encontramos huyendo de las bellas mujeres que lo intentan consolar, arrastrándose, gritando locuras mientras se ahoga en su propio asco. Se le suele olvidar que cerrar los ojos, o eso que él cree que son ojos, no sirve para huir de la fealdad porque en su mente, al igual que en su entorno, todo es fealdad. O por lo menos es fealdad para él, aunque a nosotros, como observadores imparciales, todo nos parece increíblemente bello.

Anotamos su sufrimiento y su nausea y comprobamos que cada segundo, o algo parecido a un segundo, es para él una tortura de fealdad y dolor infinitamente inferior a la tortura de fealdad y dolor del segundo siguiente, aunque a veces tiene breves y fugaces espasmos de cordura durante los que espera que el tiempo mitigue aquel sufrimiento.

Parece ser que todavía no se ha dado cuenta de que el concepto de Tiempo ha dejado de existir.

Aquí, en el Infierno, preferimos llamarlo Eternidad.

O algo parecido.

domingo, 10 de noviembre de 2019

UN TERRENO FRENTE AL MAR



Querida prima:

También eres nieta del abuelo Paco y por eso creo que deberías conocer toda la historia antes de borrarme para siempre de tu vida, cosa que tampoco me importa y que hasta cierto punto estoy deseando. La familia no es algo que podamos elegir, pero sí algo que podemos eliminar. Antes de hacerlo, haz un hueco en tu vida de supermujer de éxito en la gran capital y lee esto que te mando. Luego, haz lo que te dé la gana, como siempre.

Cuando llamaste para informarme de la muerte del abuelo, no sabía ni qué hora era, aunque tenía claro que debía de ser tarde porque me dolía todo el cuerpo. Limpiar retretes tiene mucho de mantra porque un retrete es igual a otro, igual al anterior e igual al posterior, y te puedes desorientar fácilmente. Es habitual llevar diez horas limpiando porquería de la porcelana y no darte cuenta del momento del día que es ni de cuántos litros de lejía has respirado porque es tan repetitivo que tu cerebro desconecta. Por suerte, la naturaleza tiene sus métodos para recordarte cómo pasa el tiempo: a media mañana son las rodillas, que empiezan a molestar, a mediodía la espalda cruje, por la tarde los nudillos son como bolas de billar y ya al final del turno es cuando resulta más sencillo enumerar las partes del cuerpo que no duelen que las que duelen.

El gesto de incorporarme y coger el teléfono me recordó que ya no tenía partes del cuerpo que no me dolieran, así que de golpe supe que era muy tarde. Estaba en mi último bar, ese club de las afueras del pueblo al que van los parroquianos después de cenar. Iba un poco retrasada porque aquel día la naturaleza me estaba recordando, además, el maravilloso milagro de ser mujer y llevaba toda la jornada doblándome por la mitad por culpa de unos calambres que casi no me dejaban ni caminar, así que cuando llegó la hora de abrir el club, todavía estaba limpiando. Me estaba dando prisa para poder salir de allí antes de que llegara la clientela y no tener que cruzarme con ellos, pero fue entonces cuando llamaste, me entretuve hablando contigo y cuando salí de la zona de los servicios ya estaban los parroquianos habituales en la barra pidiendo su copita.

No sé si es por las botas y guantes de goma, mi vestido de trabajo sucio, el pañuelo en la cabeza o el intenso olor a lejía y desinfectante que llevo conmigo, pero cada vez que me cruzo con la fauna de estos sitios dejan de prestar atención a las chicas que les atienden semidesnudas y se me quedan mirando, me pegan un repaso y se meten conmigo todo lo que pueden. Es un pueblo pequeño y todos nos conocemos, así que la bromita de que si trabajo allí, que si ganaría más dejando la fregona, que si todavía estoy de buen ver y demás tonterías como pellizcarme el culo se repiten tanto que ya casi ni me afectan, pero aquel día no estaba para bromas y tuvieron que sujetarme entre varios clientes para que no le metiera el palo del mocho por determinado lugar al tonto de turno que se atrevió a guiñarme un ojo señalándome la escalera que sube a las habitaciones.

Hubo algo de jaleo y algún grito, pero sobre todo se rieron de mí. Uno de ellos se llevó un buen escobazo y a otro le di con el codo sin querer, pero yo no recibí más que unas palmadas en el culo y algún sobeteo, como siempre. Como son gente fuerte, trabajadores acostumbrados a cargar y mover pesos,  para ellos no soy más que un peso pluma, una cuarentona que no merece la pena ni el esfuerzo de un sencillo sopapo. Además, siempre me han perdonado estos arranques de mala uva precisamente por ser la nieta del abuelo Paco, o, como lo llamaba todo el mundo, Paco el loco.

Qué importantes son los antecedentes familiares en un pueblo en el que todos nos conocemos. Da igual que seas alguien diferente al de al lado, que si eres de tal o cual familia, te quedas encasillado desde el día de tu nacimiento. Si tienes la suerte de pertenecer a una familia de buena reputación no es mala cosa, pero nosotras estamos marcadas por la línea de Paco el loco. Es muy curioso que estos antecedentes suelan remontarse hasta el miembro más extravagante de cada familia y no hasta el más respetable. ¿Por qué no soy la biznieta de mi bisabuela la santa, o de mi tatarabuelo el ingeniero, o algo así? Pues no: todo comienza con el abuelo Paco, el loco, que nos dio el apellido y la fama a toda la saga familiar.

Por suerte para ti, tus padres te sacaron de este pueblucho cuando todavía eras jovencita y te has podido hacer una buena vida en la capital, pero yo me quedé aquí y he tenido que apechugar con el mote familiar. Por suerte para mí, quedarme en este sitio me permitió pasar muchos ratos con el abuelo y descubrir sus locuras, a veces para bien y, a veces, para no tan bien.

No sé si sabes que no se llamaba Paco, sino Franz, y era sueco, rubio y alto, como corresponde al sueco típico que todas tenemos en la cabeza. Se pasó la primera parte de su vida dando tumbos por varios continentes haciendo excavaciones y moviendo terrenos. Era ingeniero, o geólogo, o topógrafo, o algo similar, y se recorrió medio planeta realizando trabajo de campo para grandes empresas de ingeniería. Vio mucho mundo y le tocó ir a todos aquellos sitios lejanos antes de empezar las obras, cuando todavía estaban intactos, vírgenes, a la espera de que llegara el progreso. A veces, cuando lo pillaba un pelín achispado, se le soltaba la lengua y me dejaba con la boca abierta describiendo culturas y paisajes sacados de libros del siglo pasado que no me podía creer. Según iba avanzando en sus historias, los verdes paisajes llenos de árboles se convertían en sucias carreteras, en grandes presas, en inmensas explanadas para fábricas, en grises aeropuertos o en cualquiera de esas cosas que cualquier empresa europea necesitara para seguir colonizando África o Sudamérica, que fueron los lugares donde más se movió el joven Franz. Si había bebido moderadamente, se callaba y cambiaba de tema antes de terminar sus historias, pero si tenía la tarde alegre, acababa siempre llamándose cómplice y dándose golpes en el pecho, lloriqueando y haciendo que me fuera de allí para no verlo hundirse en otro de esos ataques que le habían valido su apodo.

Rondaba los treinta años cuando algo se debió de romper en su interior y dejó su trabajo de un día para otro. A veces me contaba que lo habían despedido, a veces que se había ido él y, a veces, contaba no sé qué historias confusas sobre una temporada en la cárcel tras una pelea a tiros con algún delegado de su empresa en un rincón perdido del culo del mundo, pero nunca supe la verdad. La conclusión es que tras aquello se empezó a relacionar con grupos de pirados que se desplazaban por el planeta, como él, pero que en vez de llevar el progreso a base de talar bosques, barrer pueblos del mapa o secar mares, se ataban con cadenas a aquellos bosques, saboteaban la maquinaria de destrucción forestal o peleaban con todo tipo de armas legales y técnicas para evitar que empresas como la suya siguiera destrozando todos aquellos entornos vírgenes.

El muy estúpido se hizo ecologista, ¿te lo puedes creer?

Por lo visto, sus conocimientos de ingeniería del suelo y su amplia experiencia viajando por el mundo lo convirtieron en una leyenda del activismo. Estamos hablando de una época en la que comunicarse por teléfono entre dos ciudades del mismo país era una aventura casi imposible de conferencias, enlaces y esperas, y, sin embargo, daba igual el rincón del mundo en el que estuviera enfangado, los grupos de defensores de cualquier planta extraña o bicho a punto de extinguirse siempre acababan localizándolo para que les ayudara en su siguiente acto de protección de la naturaleza.

O eso decía él.

Me contaba historias más propias de películas de acción que de hechos reales. De pequeña me las creía y le escuchaba con los ojos abiertos como platos, pero en cuanto tuve un poco de sensatez, decidí que no eran más que mamarrachadas de un viejo borracho y empecé a sentir cierto desprecio por aquel hombre consumido por la tristeza que se pasaba la vida bebiendo vino, mirando al mar, contando mentiras y oliendo realmente mal.

Cuando apareció en el pueblo, llevaba ya más de diez años haciendo todo tipo de actos inútiles para salvar el planeta. Era cada vez más temerario y cada vez más inconsciente de los lugares en los que se metía o de la gente contra la que peleaba. Le llamaban Mad Franz y adoptó el sobrenombre al cien por cien aceptando cualquier empresa por utópica o imposible que pareciera hasta que, de nuevo, algo le hizo click en el cerebro y lo dejó todo de sopetón. Veinte años antes del auge del movimiento ecologista, él ya estaba cansado de todo aquello. Supongo que ya estaba harto de pelear contra el viento y, aunque su figura de Quijote salvador del mundo le había servido para partir muchos corazones en muchos puertos, el suyo reventó en mil pedazos cuando fue consciente de la inutilidad de todas aquellas batallas.  Se dejó arrastrar hasta el primer puerto en el que alguien fuera capaz de recomponérselo y así llegó hasta aquí, cuando todavía era un pueblecito de pescadores, donde conoció a una chica a la que no le importaba una diferencia de edad de casi veinte años, donde se casaron, donde tuvieron un chico y una chica, y donde he acabado yo limpiando la mierda de los demás.

Hace mucho que dejé de ser una niña, pero para mí sigue siendo poco más que anteayer. A veces lo recuerdo con pena porque, sabiendo lo que sé ahora, estoy convencida de que muchas de aquellas batallitas de viejo senil no sólo no eran exageraciones, sino que posiblemente tenían partes censuradas para que las pudiera escucha una niña de diez años. Me imagino la pena que debió de sentir cuando su nieta empezó a mirarlo con desprecio y me entran ganas de volver atrás en el tiempo y sacudirme de bofetones para que prestara más atención a aquel personaje, por muy mal que oliera.

Hacía mucho que no veía al viejo loco, prácticamente desde que hubo que ingresarlo definitivamente en aquella clínica de la ciudad. Supongo que con casi cien años es normal que te mueras, pero a mí me parecía inmortal, siempre con ese aspecto de enfermo terminal agotado a punto de caerse al suelo, siempre a base de alcohol y de pésima alimentación, pero siempre dando la matraca a todo aquel que se le pusiera por delante y riéndose de lo más sagrado, sin respeto por nada, ni siquiera por su propio nombre.

Yo soy su nieta por parte de padre, y tú por parte de madre, así que no compartimos el apellido. Yo llevo el del abuelo, Galen, que es exótico, diferente, algo que justifica nuestro pelo rubio, nuestra altura y nuestros ojos azules en un pueblecito donde lo normal es medir metro y medio y ser morena como el carbón. Supongo que cuando llegó al pueblo, con su macuto y sus botas gastadas, tuvo que dar algún nombre. Para nosotros es difícil pronunciar correctamente Franz y poco a poco pasó a ser Francisco y luego, Paco, pero con el apellido siempre fue inflexible, pasándoselo a mi padre, que luego me lo pasó a mí. No hace mucho se me ocurrió buscar qué significa Galen y entendí que aquel viejo era un hombre realmente coherente con su forma de ser: Galen, en sueco, significa loco.

Así que tu abuelo sí se llamaba Paco el Loco. Somos, literalmente, la saga de los locos.

Por eso me reía en el funeral. Estaba muy triste, de verdad te lo digo, pero cada vez que el cura le llamaba Francisco Galen, pensaba en cómo se debía de estar riendo de nosotros, el muy pirata. Sé que no te sentó bien y tus miradas me podrían haber matado, pero a mí ya me da lo mismo quedar bien o mal en el pueblo. Lo de aparentar buen aspecto siempre lo he dejado para ti.

Mientras la noche anterior tú estabas en el velatorio, tan escandalosamente elegante con tu luto y tu maravillosa melena rubia destacando sobre las viejas lloronas e hipócritas que te hacían compañía, yo había acabado mi jornada y me había ido con mis achaques a la cala del Embudo, su lugar favorito, donde pasaba las horas muertas y donde acabó viviendo más de media vida. Al principio la cabaña apestaba y tuve la tentación de salir de allí corriendo, pero encontré un montón de botellas de vino y aguardiente de no sé cuántos tipos y colores que me convencieron de quedarme un rato. No recuerdo si era bueno o malo, pero sí recuerdo que me bebí yo solita un montón de vino y licor brindando por su loco nombre tantas veces que ni me enteré del mal olor de aquella cueva ni del frío que hacía. Por suerte, la temporada de playa no había empezado y los turistas no habían venido a sus apartamentos, aparte de los cuatro vejetes que pasan todo el año aquí, así que tuve la playa para mí toda la noche. Me pude despachar a gusto contra las estrellas, la arena, el mar, el mundo, la vida y todo aquel hormigón que ocupaba la ladera del Embudo. Me había pillado una buena castaña a costa del viejo y tenía una resaca que no podía con ella, así que me conformaba con no vomitar en misa. Como para no reírme.

La abuela siempre decía que aquel aventurero se había enamorado de la cala y de la cueva antes que de ella. Él no lo negaba, pero es que nunca negaba nada. Simplemente se ponía a describir aquel paraje como él lo recordaba, y no como lo hemos conocido nosotras toda nuestra vida, llena de edificios de apartamentos para turistas.

Llevaba poco tiempo asentado en el pueblo, trabajaba ayudando en el puerto en lo que buenamente le dejaban y era habitual verlo pasear por las afueras, haciendo un mapa mental de aquellas montañas, las playas, los riscos, los cabos, aprendiéndose los caminos, los desniveles y los atajos. Entró en la cala del Embudo desde la parte de abajo, por la costa, saltando de roca en roca con la marea baja. Su primera impresión fue que, en efecto, aquella playita era la parte estrecha de un gigantesco embudo que subía, subía y subía ampliándose en su parte alta con una fortísima pendiente llena de árboles. Por aquel entonces era un sitio precioso, salvaje, de muy difícil acceso, aunque no del todo virgen, tal y como a él le gustaban las cosas. En la primera línea de suelo rocoso, casi en la arena de la playa, había un pequeño cobertizo de pedruscos adosado contra el desnivel. Estaba abierto y entró, con la sorpresa de que por dentro era mucho más grande que por fuera. El cobertizo no era más que un elemento adosado contra el desnivel del suelo, una puerta que cerraba la entrada de una cueva natural que se adentraba en la ladera del embudo y que la familia de la abuela usaba como bodega y almacén de aperos de pesca. Estaba oscura y no vio venir los sartenazos que le empezó a propinar una chica muerta de miedo que estaba agazapada detrás de una mesa. Nosotras no la llegamos a conocer, pero todo el mundo decía que la abuela también tenía su genio. En vez de acobardarse frente a aquel gigantón rubio que entraba en la cabaña, se escondió, cogió lo primero que encontró a mano y se defendió como pudo.

Así conoció el abuelo a sus dos amores: la abuela y la cala del Embudo.

Se casaron a los tres meses de aquello. Todos decían que fue la primera locura de Paco el Loco, que contagió a su mujer, y hubo muchos intentos de que aquella boda no se celebrara. ¿Quién quiere como marido para su hija a un vikingo vagabundo, cuarentón y de religión desconocida? Nadie daba un real por ellos. Cuando al año siguiente nació mi padre, todos se lamentaron por aquella chica que, además, tendría que cargar con una criatura cuando aquel extranjero los abandonara. Cuando luego nació tu madre, siguieron lamentando que tendría que alimentar ella sola a dos críos cuando los dejara solos definitivamente. Los rumores sobre ellos eran terribles, siempre maldades y profecías que pintaban un futuro negro, pero aquello sólo aumentaba la felicidad de aquella pareja, que no sólo se reía de los rumores, sino que ellos mismos los aumentaban y propagaban por los mentideros del pueblo tronchándose de risa.

El abuelo solía decir con cara de asco que el progreso que vendíamos al tercer mundo no era el avance social de la humanidad, sino la imposición de una cultura sobre otra, como se había hecho durante toda la historia del hombre, solo que disfrazándolo con razonamientos científicos o sociales, y que, tarde o temprano, ese progreso se daría la vuelta y seríamos nosotros los que acabaríamos barridos del mapa. En un pueblo de mierda como el nuestro, el progreso sólo podía venir a través del turismo. Durante una época, las películas se llenaron de suecas en bikini, de lemas nacionales para atraer turistas y se descubrió que lo de ser una península calentita en verano tenía la ventaja de ofrecer muchas playas adorables y jugosas para atraer los europeos del norte gélido y oscuro.

Efectivamente, el progreso nos barrió del mapa. Durante los años del bum turístico nacional, el pueblecito de pescadores que había sido hogar de los abuelos pasó a ser una especie de parque de atracciones para gente de paso. Empresarios y políticos que nunca habían oído hablar de nuestro pueblo aparecieron con armas de destrucción masiva bajo el brazo en forma de planes urbanísticos y programas de desarrollo con una energía tal que nadie tuvo los reflejos suficientes para oponerse a ellos.

Excepto el abuelo Paco, claro, que ya había vivido todo aquello desde los dos lados de la moneda. Sabía leer mapas, sabía leer legajos, pliegos y memorias urbanísticas. Se conocía al dedillo las tretas y los engaños con los que las empresas del progreso vendían sus planes urbanísticos y les plantó cara siempre que pudo. Una rareza más de aquel loco, decían, que nos va a arruinar por no dejar que el progreso llegue a nuestro pueblo.

Pese a todos sus esfuerzos, los planes urbanísticos se fueron ejecutando. Al pueblecito llegaron las carreteras con sus coches, camiones y humos, trayendo toneladas y toneladas de hormigón, ladrillos, asfalto, acero y ruido, mucho ruido. Primero al centro, empujando a la población local a las afueras, luego alrededor del núcleo, y luego, como un virus, se fue hormigonando la costa de playa en playa, de cala en cala, de puerto en puerto, hasta que el progreso convirtió aquella zona singular en una urbanización turística indistinguible de las demás urbanizaciones turísticas de la costa.

Los terrenos de la cala del embudo eran de la familia de la abuela. Poco a poco las carreteras y los ladrillos fueron rodeando aquella cala tan codiciada y empezaron a llover las ofertas de los promotores. Hay un plan urbanístico, les decían, y un programa de desarrollo, les insistían, y no os podéis resistir al progreso. Les ofrecían cantidades espectaculares de dinero por aquel acceso exclusivo a la cala que, a efectos urbanísticos, se había convertido en un grano verde rodeado de asfalto negro. Las fotos de la cala paradisíaca y virgen atraían a los urbanitas de la capital como la mierda a las moscas, ansiando con locura tener un apartamento allí mismo, sin darse cuenta de que para construir aquel apartamento, habría que destrozar la cala eliminando para siempre la posibilidad de habitar en la cala de la imagen, que se convertiría, por lo tanto, en otra urbanización corriente frente al mar. Cuanto más tiempo pasaba, menos entornos vírgenes quedaban y la presión por vender aquella imagen de paraíso aumentaba, pero la abuela apoyaba al abuelo en su defensa del lugar y se las apañaba para convencer a sus hermanos de que resistieran la tentación.

Durante muchos años, mientras nuestros padres crecían disfrutando de aquella cala y aquella chabola, la abuela y sus hermanos sufrieron todo tipo de presiones, y no siempre de manera amistosa. Mi padre era todavía un adolescente cuando se incendió la zona arrasando el bosque de la cala. La cabaña se salvó por los pelos, quizá por estar en la roca, pero el bosque vivo y virgen que tanto fascinaba al abuelo se convirtió en cenizas. Al abuelo no le importó demasiado porque sabía que los bosques vuelven a nacer, pero la familia de la abuela estaba harta de cargar tantos años con la misma cruz. La abuela, en medio de todo aquel proceso, enfermó y murió al poco, quién sabe si por puro agotamiento o porque, a pesar de ser joven, ya le tocaba. El abuelo jamás me habló de esto y es una historia de la que me he tenido que informar por otros lados, a veces preguntando y a veces recibiendo el reproche de mis tíos, que le acusaban de haber agotado a toda la familia y adelantado la muerte de su propia mujer.

Sin ella, el abuelo perdió su opción a voto dentro de la familia y sus cuñados no tardaron ni un año en vender todos los terrenos por un dineral. Mientras se dejaban querer por promotores y concejales, el abuelo se adentraba en su locura y su pena desentendiéndose de todo y de todos, incluso de sus dos hijos, que acabaron cuidados por las tías.

Me lo imagino roto y borracho, sentado en aquella cabaña donde había conocido a la única persona que había sido capaz de volver a unirlo a partir de unos pocos pedacitos de sí mismo que había ido arrastrando por el mundo. Me lo imagino cayendo por su propio embudo hacia el abismo más oscuro de sus pensamientos, deslizándose hacia la locura sin intentar parar la caída, ahogándose en vino barato y enterrado entre papeles, planos, memorias, informes, contratos y la foto en blanco y negro de una mujer que para él siempre fue preciosa, salvaje, de muy difícil acceso… y no del todo virgen.

Hasta hace bien poco, yo pensaba que durante aquella época de duelo había acabado por arrancarse el alma, o el corazón, o como quieras llamar a sus sentimientos y su maravillosa forma de ser, y que los había sepultado al fondo de la cueva junto con el recuerdo de la abuela porque todo el mundo coincide en comentar que salió de allí con una idea clara, con una línea de trabajo muy definida y con el propósito de no navegar nunca más contra el viento. Si el progreso era inevitable, lo abrazaría hasta hacerse uno con él a base de locuras.

Renunció a la parte del dinero que le correspondía a su mujer por la venta de los terrenos a cambio de quedarse con la cabaña, la cueva y el terreno de acceso por la parte baja de la cala, cosa que luego molestó mucho a los promotores que les compraron los terrenos porque les impedía el acceso directo a la playa desde los apartamentos que pensaban construir, pero en la que cedieron porque esperaban poder presionarle desde arriba. Ni mi padre ni tu madre se lo perdonarían jamás.

Una vez confirmada la escritura de la cabaña con la cueva, fue directamente a la empresa constructora que iba a realizar las obras de la cala y presentó una solicitud de trabajo por un precio irrisorio aportando por primera vez en muchos años su currículum como experto en análisis y movimiento de tierras. Al principio creyeron que era la broma de un hombre que ha perdido la cabeza, y luego que aquel currículum tan espectacular era falso, pero en cuanto confirmaron que tanto la solicitud de trabajo como el currículum eran reales, lo contrataron y lo pusieron al frente de la destrucción de la cala del Embudo en una grandiosa demostración de sadismo contra aquel hombre que tantas veces había peleado contra ellos. Supongo que a veces da mucho placer mantener a tu enemigo derrotado bajo la suela del zapato para poder hacerle un poquito de daño según te plazca durante todo el tiempo que te dé la gana.

Y vaya que si lo pisotearon.

La noche que me salté el velatorio tuve mucho tiempo para pensar en los motivos de aquel cambio de postura tan radical. Entre botella y botella de vino, salía a la playa, miraba hacia la parte superior de la cala, embudo arriba, y no veía más que hilera tras hilera de edificios de apartamentos vacíos esperando a que comenzara la temporada de playa. Aquello había sido un bosque virgen, un ecosistema singular, y su mayor defensor se convirtió en su ejecutor más implacable llenándolo de asfalto, cemento y ruido.

Empezaron por la parte superior, por la zona que conectaba con la carretera. El abuelo se encargó de dirigir los desmontes, las zanjas, los pozos. Ordenaba destruir, derribar, talar, quemar. Incluso llegaron a utilizar explosivos en las zonas donde la roca era demasiado dura. Trabajaba hasta caer rendido, gritando, dibujando planos, tomando medidas, calculando y a veces incluso conduciendo él mismo los camiones que movían aquellas toneladas de piedras. Su obsesión por la obra llegó a tal punto que abandonó su casa y empezó a dormir en la cabaña de la cala para no perder tiempo en desplazamientos. Se llevó un catre, una estufa y una cocina portátil, cerró la cueva con una gruesa puerta de madera para que no entrara el frío asegurándola con una gran cadena de acero y convirtió aquello en una especie de oficina de campaña a pie de obra. En verano es muy bonita, ya lo sabes, pero en invierno aquello es inhabitable. Puede que para un vikingo loco aquello fuera una especie de penitencia que incluyera tener que ducharse con agua fría o alumbrarse con lámparas de gas, pero no era hogar para nuestros padres, que en plena adolescencia tuvieron que cargar con la muerte de su madre y el abandono de su padre. Si para nosotras ha sido difícil tener este personaje como abuelo, no quiero ni imaginar lo que supone haberlo tenido como padre.

Las obras siempre fueron a buen ritmo, los edificios se empezaban a construir con las ventas realizadas sobre plano y según acababan uno, ya tenían el siguiente vendido. Los urbanitas de la gran capital soñaban con la cala del Embudo imaginándose en un paraíso tropical, siempre templado y siempre de vacaciones, pero cuando llegaban se encontraban una urbanización como cualquier otra, escalonada, con maravillosas vistas al tejado del vecino de más abajo o, si no tenían suerte, con vistas a un muro de contención del monte. Los avispados que pagaban mucho más por estar en la primera línea, al año siguiente se encontraban con otra construcción entre ellos y el mar. Aun así, seguían comprando y seguían soñando con ese mes, esa quincena al año en la que se imaginaban en una cala del mismísimo Paraíso.

Dicen que al acabar la primera fase, la de la línea más alta de la cala, el abuelo se pilló tal borrachera que lo llegaron a dar por muerto. Se pasó un mes brindando hacia la parte superior de la cala, allí arriba, desde donde los turistas casi no lo podían ni ver, llamándoles cualquier cosa en sueco. Como nunca hizo daño a nadie, se convirtió en el personaje singular que daba un poco de vidilla al sitio, con esa especie de desprecio que tienen los urbanitas por sus vecinos, a los que prácticamente ni saludan. Durante aquel mes el abuelo se pasó noches enteras derrumbado en medio de la calle y nadie fue capaz de avisar a una ambulancia. Sólo cuando un niño creyó que aquel saco del suelo no respiraba, alguien se decidió a avisar a la policía para que se lo llevara de allí y no ensuciase la calle. Un síntoma más del progreso.

Hubo tres fases más, siempre con la dirección experta del abuelo, así que la obra de la destrucción de la cala del embudo duró en total unos quince años. Nunca más paraíso, nunca más ecosistema singular, nunca más recuerdos de aquella chica que se encontró en aquella cabaña y que tan feliz le hizo.

Ahora sé que el abuelo ganó mucho dinero con aquel trabajo. Se convirtió en una pieza imprescindible para los constructores porque se conocía cada detalle de cada una de las fases, desde la composición del suelo hasta la localización de las instalaciones, o incluso el nombre de cada uno de los operarios que habían participado en la obra. Sólo él tenía claro lo que pasaba del suelo para abajo. Él mismo se había encargado de colocar muchas de aquellas tuberías, arquetas, minas y pozos, y no siempre por donde la ley decía que había que ponerlas, ahorrando mucho dinero a los constructores. Fue tal su furia trabajadora que incluso los hermanos de la abuela se sintieron un poco traicionados. Y qué decir de mi padre y tu madre, que veían en aquel salvaje el instrumento con el que estaban enterrando todo el pasado de la familia, sobre todo el de su propia madre, sepultado bajo toneladas de ladrillos, pintura blanca  y crema de protección contra el sol.

Viéndolo ratear materiales y saltarse las leyes para favorecer a unos constructores que ni pasaban por allí ni les importaba una mierda aquella zona, es lógico que nadie se hubiera imaginado al abuelo defendiendo ballenas, o atado a un árbol milenario para que no lo talasen. Durante toda mi vida he oído a la gente llamar muchas cosas al abuelo, pero nunca algo similar a ecologista. Quizá cuando las construcciones llegaron al límite inferior del embudo, donde no dejaban ni diez metros hasta la cabaña, alguno empezó a sospechar que el viejo loco se había quedado con la cabaña y sus terrenos para mantenerlos como barrera contra la urbanización, quizá sólo por molestar, por quedarse para él la tan codiciada primera línea de playa que, por lo visto, es lo que más valora la gente de la gran capital. Algunos decían que eran sus restos de defensor del ecosistema, algunos decían que era por pura codicia, para que los promotores le pagasen mucho más dinero por aquel terreno que les impedía llegar hasta la playa. Yo quería pensar que era para mantener el recuerdo de la abuela y te juro que aquella noche del velatorio llegué a convencerme de que fue por eso, pero de vez en cuando me acordaba cómo acabó la cosa y volvía a darle a la botella.

Ya te he dicho que, a pesar de todo, creo que aquel hombre era coherente. Una vez asentado el progreso en su espalda, no sólo no se relajó para dedicarse a vivir de las rentas, sino que le dio un abrazo de oso al maldito progreso y lo exprimió hasta hacerlo reventar. Al igual que un monstruo carnívoro, el progreso nace, crece, se lo come todo y, consecuentemente, defeca toneladas de basura. Cada lata, bolsa, envase, resto de comida o pequeña tontería superflua que no cabía por el conducto del retrete, iba a necesitar a ese verde habitante de la calle, imprescindible señal del progreso: el contenedor de basura.

Mucho antes que aparecieran las leyes del reciclado, antes de que a la basura se la llamara residuo,  mucho antes de que la gente fuera consciente de que la gestión de esos desechos es uno de los grandes problemas de la humanidad, el abuelo ya tenía una flotilla de camionetas de tamaño medio que se movían por aquellas laderas como cabras ligeras recogiendo toda la porquería que el avance de la urbanización iba dejando a su paso. Llevaba muchos años tratando muy bien a concejales, delegados, constructores, promotores y bancos a base de hacerles ganar mucho, mucho dinero, así que cuando les propuso formar la mancomunidad de eso que ahora se llama gestión de residuos y que antes se llamaba el camión de la basura, lo pusieron al frente con mucho gusto. Desempolvaron su pasado ecologista y lo vendieron como un éxito de la política verde.

Durante años se encargó tanto de terminar las obras de la cala del embudo como de la recogida de la basura del pueblo y sus alrededores, mezclando la tarea de excavar cimientos por el día y recoger contenedores por la noche. Al igual que con el resto de sus trabajos, se implicó hasta el cuello. No se conformaba con dirigir la flotilla de camiones y camionetas, sino que estaba personalmente en las recogidas de las zonas difíciles, cargando bolsas de porquería, ensuciándose con sus empleados, quienes lo miraban con pena, sin poder entender qué clase de locura movía a aquel hombre que tenía que estar ya jubilado a realizar uno de los trabajos más desagradecidos que puede haber.

Sorteó leyes locales, comarcales, nacionales y europeas. Se adaptó a los sistemas de recogida y reciclado de tal modo que la mancomunidad siempre tenía un superávit para repartir entre sus dirigentes, quienes viendo aquello tan bien engrasado y con tan buen funcionamiento, jamás preguntaron por los métodos que utilizaba el abuelo. La basura iba al contenedor y por las noches desaparecía. No hacen falta preguntas si todo funciona como es debido.

Tampoco preguntaron por su salud o su situación personal, algo que cualquier persona con olfato tendría que haber hecho porque apestaba. Y no sólo él, sino todo lo que le rodeaba. Cobraba un dineral y, sin embargo, seguía viviendo como un borrachín indigente, sin ducha, sin agua corriente, sin la más mínima intención de contratar a alguien que le barriera la choza, que le diera un agua, que eliminara aquel olor nauseabundo que se notaba a metros de distancia. Era algo asqueroso. Además, si no estaba trabajando, estaba directamente borracho. Nunca en el bar, nunca con personas, nunca por placer. Bebía vino peleón a solas desde que llegaba a la cabaña hasta que se quedaba dormido. Su estado físico debía de ser lamentable, su salud, un asco. Creo que llegó a cumplir casi cien años por pura mala leche.

De pequeña mis padres me prohibieron tratar con él y, sin embargo, tenía que aguantar ser la nieta de Paco, el loco. O del traidor, depende de quién susurrara a mis espaldas. Si algún día llevaba la ropa un poco sucia o había jugado con las otras niñas y me había manchado, las madres de las demás niñas me miraban y sacudían la cabeza con pena. No lo entendía, pero ahora sé que me miraban con la resignación de quien sabe que, por lo visto, ser un marrano es hereditario. O si un día me enfadaba y me peleaba con algún niño, me miraban de la misma manera, como si mi pelo rubio y mis ojos azules fueran la señal evidente de que, por fuerza, debía de ser una loca peligrosa. Curiosamente, si lo hacían los demás, eran sólo cosas de niños.

No es de extrañar que yo haya acabado limpiando sus retretes mientras que tú, al haberte alejado de todos esos prejuicios, has podido hacerte una vida.

O eso pensaba.

Cuando finalmente lo conocí, hacia los nueve años, fue porque yo lo quise. Me escapé a la cala del Embudo bajando por aquella carretera de asfalto entre todos aquellos apartamentos con su olor a fritanga y me planté ante su choza esperando ver al famoso loco que tanto se debía de parecer a mí. Creo que aguanté diez segundos. Olía tan mal que me di la vuelta y empecé a subir a lo alto del embudo escapando de aquella peste que parecía pegarse a la ropa, pero a medio camino me lo encontré de frente. Era un viejo sin afeitar, maloliente, vestido con un mono de trabajo gris sucio que cargaba con dos bolsas de plástico llenas de botellas de alcohol y, sin embargo, lo reconocí al instante. Él también me reconoció, aunque tenía ventaja porque él sí sabía quién era yo.

Nunca le di un beso ni le toqué la piel. Ni un abrazo, ni ir de la mano. Nunca. Me fascinaban sus historias, su acento, su altura, su pelo rubio y largo, su inmensa cultura, pero no soportaba su olor. Tocarlo habría sido una prueba demasiado dura para mi piel, tan blanca y tan limpia. No te voy a decir que me arrepienta, pero a lo mejor aquel viejo borracho necesitaba que una niña le recordase que lavarse un poco no estaba tan mal, por lo menos para recibir un abrazo. Y a lo mejor un abrazo le habría venido bien.

Desde entonces me dediqué a visitarlo regularmente. Él me esperaba, o eso quiero pensar, porque de vez en cuando tenía para mí una lata de refresco o una bolsa de patatas fritas. Curiosamente, mis golosinas siempre estaban limpias, metidas en su bolsa del súper, sin una mancha y sin oler a basura. Entiendo que el hombre hacía un esfuerzo por mí. Durante mucho tiempo escuché sus aventuras, sus razonamientos, sus balbuceos. Cuando mi madre se empezó a quejar del olor extraño de mi ropa y supo que me veía con aquel chalado, mi padre me dio tal tunda que no me pude sentar en una semana, pero, quizá por eso, a partir de entonces mis visitas al abuelo fueron mucho más frecuentes.

No fue mucha gente al entierro. Menos mal que tenía un seguro contratado porque ni mi padre ni tu madre habrían puesto un céntimo para enterrarlo y habrían sido capaces de tirarlo al contenedor de orgánico. Seguro que al abuelo le habría hecho gracia. Estuvimos cuatro gatos, incluidos los dos enterradores, y el cura no se extendió demasiado. Hacía mucho tiempo que los contemporáneos del abuelo estaban esperándolo bajo tierra, o en el Valhalla, o dondequiera que vayan los vikingos a continuar su fiesta. Es lo malo que tiene vivir tanto tiempo, que te vas quedando muy solo.

Tenía más de ochenta años cuando os lo llevasteis a la residencia en la capital. Se había convertido en un fantasma hecho de huesos y mal humor, todavía aferrado a su cargo en la mancomunidad sin que ningún político se atreviera a levantar un dedo contra él, pero se le había ido completamente la cabeza y se estaba convirtiendo en un peligro para todos. Estampó una de las furgonetas pequeñas contra una tapia y sólo se rompió la nariz contra el volante, pero hubo que ingresarlo unos días, momento que aprovecharon nuestros padres para realizar las gestiones necesarias para que el pobre loco ya no abandonara nunca el hospital hasta muchos años después, metido en una caja.

Al principio iba a verlo a la capital. Aunque ya eran mayorcitos, nunca llevé a mis hijos a visitarlo, puede que por pura pereza o puede que para evitarles el recuerdo del final tan malo de aquel hombre, y creo que hice bien. Es mejor el personaje y su mitología que la cruda realidad. Durante los primeros años de reclusión seguía contándome historias, hilvanando recuerdos de aventuras y lugares exóticos, pero luego derivaba a historias llenas de basura, basura y más basura. Ya no olía mal, pero sus historias te hacían pensar que seguía sin lavarse. Desde que se enteró de que yo estaba en la empresa de limpieza rascando porquería de retrete en retrete, cada vez que me veía entrar en la habitación se reía y me decía que cuando todo estuviera lo suficientemente lleno de mierda, no me olvidara de tirar de la cadena. Como comprenderás, mis visitas se fueron espaciando hasta que acabé casi por olvidarme de él.

Después de todo el proceso de funeral, entierro y resaca, fui un par de veces al cobertizo de la cala del Embudo. Primero miraba aquel lugar como un recuerdo físico del abuelo, con su lámpara de aceite, su catre, su cocina portátil, sus botellas y aquella puerta de madera que cerraba la cueva atada con aquella gran cadena que colgaba floja y sin sentido de tan vieja que era, pero luego empecé a ser consciente de que aquel terrenito seguía siendo una pieza codiciada y seguramente valdría un dineral. Además, el abuelo debía de tener, por fuerza, mucho dinero ahorrado, habiendo ganado tanto y gastado tan poco.

Hace tiempo que existen leyes que protegen la costa y que impiden construir a determinada distancia del mar, pero yo no he visto nunca a nadie quejarse de la urbanización de la cala del Embudo. Es más, la única queja que he escuchado durante toda la vida ha sido por aquella choza apestosa que impedía que los turistas bajaran directamente a la playa obligándoles a dar un rodeo para disfrutar de la arena y el mar. Las cosas realmente no habían cambiado y aquel trozo de suelo frente al mar seguía siendo la joya de la corona de la zona.

Reconozco con vergüenza que durante un par de días fui codiciosa, pero es que tengo dos hijos, un ex-marido y una hipoteca. Ese es mi patrimonio, así que creo que es fácil entender que durante aquel par de días soñara con que me tocara un pellizquito de aquella fortuna. Mi padre renegaba del abuelo, pero sé que nadie reniega del dinero, venga de donde venga, y con una pensión de jubilado no estaba para ayudarme mucho más. Menos mal que teníamos una universitaria en la familia, alguien entendida en leyes dentro del clan. Menos mal que te teníamos para que nos asesorases, para que nos indicases los pasos y el camino a seguir en todo ese proceso de la herencia.

Menos mal, ¿verdad?

Cuando el notario leyó el testamento y dijo que el abuelo Paco no tenía dinero, ni cuentas corrientes, ni acciones, ni valores, no me sentó bien, pero tampoco me llegó a extrañar del todo. Supongo que de algún lugar tenía que haber salido el dinero para tu carrera universitaria, tus masters en el extranjero, tu elegancia y tu costumbre de tener siempre grandes cifras en la cuenta. El abuelo pasó sus muchos años de encierro a cargo de tus padres, que eran los que hacían sus gestiones allí, en la capital, y con las palabras del notario entendí que no sólo habías prosperado por haber escapado de este pueblucho, sino que habías aprovechado bien el tiempo y te habías sabido mover desplumando al viejo sin que nadie se diera cuenta.

Pero lo que de verdad me dolió fue saber que los terrenos de la cala del embudo, incluido el cobertizo y la cueva, pasaban directamente a ti. Ni siquiera a tu madre, no: a ti, que nunca habías estado allí, que nunca habías tenido que aguantar aquel olor, que nunca habías soportado los delirios del viejo, que nunca te habías acercado como para escuchar sus maravillosas aventuras, que estoy segura de que no sabías ni por dónde entrar a la cueva… a ti, que supiste mover los hilos y aprovecharte de un viejo loco para quedarte con el bien más preciado de la costa, el ultimo mordisco que nos tenía que dar el progreso.

Quiero que entiendas que no sólo me quitaste una propiedad: me quitaste la única posibilidad que voy a tener en mi vida de poder decir que no al alguien poderoso. Durante mis dos días de codicia me imaginaba a mí misma negándole la venta del terreno a los grandes bancos, los grandes promotores. Por orgullo, por el simple placer de decirles que no, algo que nunca he podido hacer, y te aseguro que en mis fantasías aquello era delicioso. Pero, sí, es verdad que necesitaba el dinero para levantar cabeza, para dejar de trabajar diez horas sin pausa, para darle a mis hijos una vida mejor que la mía o, por lo menos, ropa nueva para este invierno, así que, además, me quitaste la posibilidad de decirles que , y cerrar de una vez mi relación con este pueblucho, coger el dinero y largarme a empezar de cero en la capital y disfrutar de verdad del progreso.

Como efecto menor, deberías entender que también eliminaste la opción de poder ser una familia. Aunque tu madre se desgañitó gritándole al mío que ella no tenía el dinero del viejo, lo de la cala fue un mazazo tan grande que borró para siempre la posibilidad de volver a mirarnos de frente. Sé que nunca hemos tenido más relación que en las fiestas o en verano, que la distancia y la diferencia de edad no han sido viento a favor, pero no creo que me mereciera un golpe semejante.

Después de todo aquello, a mí esa cala ya no me parecía un embudo. Puede ser deformación profesional, pero un día fui allí a regodearme en mi propio asco y, vista desde abajo, desde la playa, me pareció una gigantesca taza de váter. Esos terrenos sólo han traído desgracias, dolor y pena. Quizá no es ni siquiera una taza de váter porque por lo menos las tazas del retrete cumplen con la noble función de la higiene, aunque su forma física es muy similar, hay que reconocerlo. Yo, allí plantada frente a la asquerosa cabaña del abuelo, me sentía como esa colilla que flota y que, por mucho que tires de la cadena, no se acaba de hundir.

Pensé en quemar la cabaña, pero no habría conseguido nada porque en cuanto vendieras los terrenos al mejor postor, lo primero que harían sería derribar aquella construcción y yo no iba a ahorrarles ese trabajo. Tampoco podía llenarla de pintadas, o insultos, o basura, porque ella misma era una gran caja llena de basura. Tampoco serviría de nada robar el contenido, claro. Cualquier intento de dañar aquello sólo serviría para mejorar su aspecto. En definitiva, aquella pieza de basura inerte no tenía forma de convertirse en algo dañino más que para el que la quisiera mantener. Si yo era la colilla flotando en el agua de la taza, aquella chabola era un gran y apestoso zurullo pegado a la porcelana, de esos que no salen ni rascando con espátula.

Ya ves que no tenía muy buen ánimo. Estaba a base de calmantes, que no mezclan muy bien con el alcohol, y se me iba un poco la cabeza, siempre hacia pensamientos negativos o recuerdos dolorosos. Entré en la cabaña y me puse a pensar en todo lo ocurrido el día del notario, en tu madre gritando que no tenía el dinero, en mi padre sin creerle una palabra y en ti, impasible, aguantando el chaparrón con cara de aburrida. Le di un par de patadas a la mesa, al catre, a las cuatro cosas podridas y apolilladas que quedaban por allí y finalmente me desahogué a golpes contra la gran puerta de madera que cerraba la cueva. Aquella puerta firmemente anclada, con aquella cadena gigante floja y sin sentido, llevaba tanto tiempo atrancada contra las paredes de roca que parecía parte de la pared, más que una puerta. Y se me ocurrió pensar que nunca había estado en la cueva. Las cosas que sabemos de ese sitio son las que nos han contado nuestros padres y, en mi caso, el abuelo, pero nunca había visto su interior. Quizá era un buen momento para empezar a preguntarse qué escondía el abuelo allí detrás.

Siempre lo consideré un pirata, y los piratas esconden sus tesoros en cuevas misteriosas… y tu madre insistía en que no tenía el dinero… y sería una jugada muy propia del abuelo esconder la pasta en un sitio siempre cerca de donde dormía…

Siempre podré alegar ante cualquiera que yo estaba de calmantes y alcohol hasta las trancas y que no era capaz de razonar, pero tú, no. Tú actuaste conscientemente, prima, y puede que de todo lo que pasó a partir de aquel momento, eso sea lo que más satisfacción me produzca.

Se me puso el corazón a cien, lo confieso. Me temblaban las manos y no me podía creer que aquello fuera posible. Un tesoro. Y me reía histéricamente. Dinero para salir de allí. Y me echaba a llorar. Tenía que abrir aquel portón, pero no tenía con qué, así que no se me ocurrió otra cosa que tirar de aquella cadena con todas mis fuerzas. Pesaba mucho y estaba llena de óxido y porquería, pero me daba lo mismo. Estiré hasta que me hice daño en la espalda, hasta que me sangraron las manos, hasta que caí rendida al suelo llorando de frustración.

Necesitaba herramientas. Un hacha, un mazo, algo similar, pero allí no había nada más que mugre. Salí corriendo a buscar cualquiera de esas herramientas en casa o en la ferretería, me daba lo mismo, pero cuando salí a la playa me quedé clavada. Allí estabas tú, alta, rubia, perfecta, destacando, como siempre, entre una cuadrilla de hombres que se afanaban en descargar todo tipo de herramientas de una vagoneta que habían acercado hasta el cobertizo. Parece ser que yo no era la única en querer abrir aquella puerta y, como era habitual, te me habías adelantado.

No supe reaccionar. Debería haberte partido la cara, así, con dos buenos guantazos, aunque sólo fuera por borrarte la sonrisilla, pero no supe hacerlo. La cabaña era tuya, el terreno era tuyo y tenías un montón de ayuda a tu disposición. La extranjera en aquel momento era yo, allí plantada como una imbécil en el quicio de la puerta.

Me apartaron suavemente y les vi empezar a montar una especie de polea a la que engancharon la gran cadena de la puerta de la cueva. Iban a estirar de ella con aquel aparato y abrirían la puerta en menos de un minuto, así de sencillo. Me podría haber quedado a mirar, no lo niego. La curiosidad me comía las tripas por saber qué había detrás de aquel cierre y me moría por ver la cueva por lo menos una vez antes de que todo se convirtiera en hormigón y asfalto, pero tuve un arranque de amor propio y me fui de allí sin mirar atrás.

No me dijiste ni una palabra.

Yo a ti, tampoco.

Salí caminando por la playa, aprovechando la marea baja, deshaciendo el camino que utilizo el abuelo Paco el loco por primera vez, cuando todavía era Franz. No quería volver a pisar aquella ladera, aquel embudo, aquella asquerosa taza de váter llena de porquería y eso me salvó la vida porque cuando ya estaba doblando hacia el camino de la costa, escuché o, más bien sentí una especie de destaponamiento grave y de tamaño cósmico, como si una burbuja de aire gigantesca estuviera subiendo desde el centro de la tierra. Luego el suelo se puso a temblar y empezó el rugido. Me di la vuelta para ver qué estaba pasando y os vi correr en todas direcciones perseguidos por una especie de ola pringosa que salía de la cabaña. No me había repuesto de la impresión, cuando aquel rugido fue interrumpido momentáneamente por una explosión y el cobertizo salió volando roto en mil pedazos.

El suelo temblaba y me agarré a las rocas para no caer al mar, que también burbujeaba peligrosamente. Desde aquella posición te pude ver correr hasta el agua, a salvo de aquel chorro gigantesco que salía por la boca de la cueva como un surtidor horizontal de barro gris y pestilente. Muy pestilente. Tanto, que incluso a aquella distancia las arcadas me doblaban por la mitad haciéndome perder el asidero de las rocas.

En un instante la playa paradisíaca se había convertido en un cuenco lleno de materia viscosa grisácea, empujándose a sí misma en capas cada vez más densas que iban llegando hasta el mar con una velocidad pasmosa, sin pausa, dando la impresión de que la propia tierra estaba vaciándose de la porquería más repugnante que se pudiera encontrar. Así siguió durante una eternidad, haciendo temblar el suelo, el mar y todos mis huesos. Esperaba que aquello acabase alguna vez, pero cuando empezaba a perder fuerza, el ruido sordo que acompañaba la salida de aquel chorro fecal empezó a convertirse en el rugido de un terremoto.

Al principio no fui capaz de verlo porque estaba demasiado asustada como para mirar hacia lo alto del Embudo, pero el ruido me hizo mirar hacia arriba y vi cómo la ladera de la cala empezaba a derretirse. Las casas temblaban y se agitaban como en un terremoto, pero luego empezaron a inclinarse hacia los lados, hacia abajo y, sobre todo, hacia dentro de la ladera. Se hundían. El suelo iba perdiendo consistencia y se iba tragando todo lo que tenía encima, incluso a sí mismo. Al principio fue la parte superior del Embudo, pero luego aquel proceso cogió velocidad y se fue extendiendo ladera abajo convirtiendo la ladera de aquel cuenco natural en una especie de gelatina que se tragaba sin remedio casas, calles, coches, farolas y contenedores de basura.

No sé si te pasa a ti, pero soy incapaz de recordar cuánto tiempo duró aquello. ¿Un par de minutos? ¿Un par de horas? No lo sé. A mí me encontraron riendo histérica aferrada a una roca, mientras que a ti y a tus acompañantes os rescataron del agua en barca porque no podíais salir por la playa. Y es que no había playa. Todo estaba lleno de una masa burbujeante que seguía fluyendo, no desde la cueva, que había desaparecido, sino desde cada poro de la ladera, empujando más y más aquella porquería hacia el mar.

Desde aquel día he pensado mucho en el abuelo y me reafirmo en pensar que era un hombre realmente coherente con sus ideas. Cuando vio que la invasión de eso que ellos llaman el progreso era inevitable, podría haberse ido y haber seguido su vida en cualquier otro lugar, como había hecho otras veces, pero sabía que fuera adonde fuera, aquello le perseguiría y le encontraría cada vez que intentara descansar. Se había pasado media vida peleando contra la destrucción del medio natural y había llegado a creer que era imposible ganar aquella guerra. Cuando un enemigo es indestructible, sólo puedes vencerlo obligándole a que se destruya a sí mismo, así que aquella vez no escapó, sino que se metió en el propio organismo del enemigo y se convirtió en un cáncer lento, seguro, implacable.

Piénsalo un poco, prima. ¿Quién era el que mejor conocía el subsuelo de aquel terreno? ¿Quién fue el que acondicionó el terreno sobre el que se cimentarían las casas y carreteras de la cala? ¿Quién fue el único que tuvo acceso al sistema de cuevas y conducciones de agua que corrían bajo aquellos edificios? ¿Quién era el único que tenía a su disposición toneladas y toneladas de basura para poder usarlas como material de relleno?

Me lo imagino haciendo cálculos a largo plazo, organizando las excavaciones a su conveniencia sin que nadie dudase de su palabra. Supongo que sobre el lecho de roca inferior hizo una especie de capa intermedia formada por toneladas de basura que iba escondiendo bajo capas de tierra y roca, y que todo aquello estaba conectado a galerías, cuevas y conductos que desembocaban en la cueva de la cala del Embudo. Sobre esta capa superior se construyeron los grandes edificios de viviendas y las sólidas carreteras de asfalto, así que para que el sistema se mantuviera estable, construyó en la puerta de la cueva un dique o algo similar que aguantase la presión que se iba acumulando en las partes altas de la ladera, con aquella cadena a modo de interruptor. Era un gran ingeniero.

Trabajó incansablemente durante décadas rellenando aquel subsuelo con basura y más basura, aumentando la presión interna hasta que todo aquel plan de desarrollo y progreso estuvo acabado. Fueron cuarenta años de minas, rellenos, pozos y falsas cimentaciones. Cuarenta, que se dice pronto, y todo por defender la idea de un desarrollo diferente, un progreso humano, y no puramente económico.

Cuántas veces me contó que durante sus viajes había descubierto que los entornos naturales de gran belleza están destinados a morir aplastados bajo nuestra forma de entender el progreso. Nos atraen porque sabemos que esos entornos son los que nuestro instinto de animales nos pide para ser felices, pero no sabemos vivir en un equilibrio natural con ellos. Nos encantan los atardeceres desde la costa, así que construimos una caja de hormigón para verla más cómodamente, destruyendo para siempre el germen que nos hizo querer ver la puesta de sol desde aquel punto en concreto. Sin embargo, había comprobado que los lugares poco atractivos se mantenían sanos y en un relativo buen equilibro precisamente por no atraernos tanto, dando lugar a sociedades que tenían que desarrollarse por sus propios medios, sin esperar la llegada del codiciado dinero del visitante. Decía muy a menudo que la gente que vivía en lugares feos era afortunada porque podrían seguir siendo ellos mismos y renegaba de la gran belleza de nuestra costa porque iba a ser nuestro mal.

Como todos los seres vivos, el progreso hizo lo que todos hacemos al acabar de hacer la digestión, pero a una escala tal que ha convertido kilómetros de costa urbana en una especie de lodazal apestoso e irrespirable. Quizá el abuelo no fue el cáncer de aquel progreso, sino más bien un potente laxante.

Es una pena que no llegara a ver su obra culminada. ¿Quién va a querer volver a un lugar tan contaminado como este? El olor nos envuelve muchos kilómetros a la redonda, y te aseguro que no ha perdido intensidad en todo este tiempo. La pasta viscosa sigue fluyendo, posiblemente por el vaciado del subsuelo de muchos terrenos de alrededor que se reblandecen según pierden materia y se van hundiendo poco a poco haciendo aquellos lugares inhabitables. Nadie sabe cuántas galerías pueden estar interconectadas ni hasta qué distancia puede llegar la acción del vaciado de la capa intermedia del suelo.

Durante años me estuvo diciendo lo que tenía que hacer, pero no le hice caso. O no le entendí. O no me molesté en intentar entenderle, mejor dicho, y mira que me repitió mil veces aquello de que cuando todo estuviera lo suficientemente lleno de mierda, no me olvidara de tirar de la cadena. Me habría encantado hacerlo, pero, qué ironía, la que tiró de la cadena liberando el dique que sujetaba todo aquel subsuelo blando y pastoso fuiste tú.

Así que, prima, espero que todo esto que te cuento haya rellenado las lagunas que seguramente tendrá tu parte de la historia. No sé cómo andará el tema de las demandas que te han caído encima y no te deseo la cárcel, sinceramente, pero me encanta que, por una vez, seas tú la que se coma este marrón, aunque sé que la gente como tú nunca acaba de hundirse.

Como todo el mundo sabe, la mierda flota.