lunes, 18 de enero de 2021

JUSTO VENCEDOR

Desde el exterior se podían escuchar los gritos del jurado. Los elfos, con sus voces más agudas, defendían la legitimidad de su decisión, mientras que los enanos, atronadores, golpeaban la mesa oponiéndose. Los humanos callaban y releían las normas del concurso apoyándose en los sabios nigromantes que las habían redactado. Los concursantes que esperaban fuera junto con el público se mordían las uñas, o las garras, o lo que tuvieran al final de los brazos, o de las patas. Los nervios estaban a flor de piel… o de escamas, o lo que fuera.

Fueron tres días de deliberación durante los que se lanzaron golpes, hechizos e, incluso, amenazas de guerra, pero tuvieron que rendirse al veredicto de los nigromantes quienes, apoyados en la letra estricta de las normas del concurso, dictaron que  la bellísima variante de cedro del atlas de casi cuarenta metros de altura ―sin contar el tiesto― mimada durante más de doscientos años por Gnork cumplía las normas y era el justo vencedor.

Los historiadores han adoptado el consenso de aceptar que fue una decisión correcta, ya que si uno mira atentamente el retrato conmemorativo que se hizo por la entrega de premios de aquella edición del concurso de ejemplares de bonsai, se puede comprobar que el arbolito no llegaba ni a la altura de las rodillas de Gnork, el gigante de las tierras altas.


domingo, 13 de diciembre de 2020

NO ES OBSOLESCENCIA

Gracias, compañías de consumo. Gracias por salvar el planeta, por ser los activistas número uno, por hacerlo tan solapadamente, por ser discretos y, sin embargo, luchar para que esta sociedad sea cada vez menos consumista.

Pero me he dado cuenta de lo que hacéis y os quiero dar las gracias. Sí, sé vuestro secreto, sé que tenéis alma y que lucháis para que el consumidor sea responsable y, ya que no nos damos cuenta del daño que hacemos con esta cultura de usar y tirar, nos estáis haciendo entender que vuestros productos y servicios son inútiles con la sencilla táctica de hacerlos cada vez peores.

Oh, sí, y no es cosa de abuelo Ceboyeta eso de “antes la cosas se hacían mejor”, no, no, no. No sé cómo se hacían antes, así que sólo puedo comprobar cómo las hacéis ahora y, sinceramente, las hacéis todas mal.

Hace años, muchos, años, que no compro nada que salga bueno a la primera. Ni a la segunda. A veces, la solución de la basura es la mejor. Basura, sí, y te ahorras disgustos. Hace años que todos mis productos de electrónica presentan problemas de configuración de software, o de hardware o de ambas cosas a la vez. Y no a los meses o dos años, cuando acaba la garantía, sino desde el mismo momento en el que los pongo en marcha.  Hace años que todos los cacharros físicos que compro presentan muescas, o fallos, o dejan de funcionar misteriosamente, o son directamente una engañifa. Y no hay que ir a complejos electrodomésticos, no: el propio papel del váter falsea sus metros, falsea sus grosores, falsea sus capas, todo es falso. Imagina qué no estará ocurriendo en las tripas de mi impresora, esa que nunca ha conseguido dar bien la vuelta al papel, o mi televisión, que se vuelve loca con el ancho de pantalla cuando llegan los anuncios, o mi microondas nuevo, al que le han desaparecido las barritas de los números para que tenga que andar adivinando cuánto tiempo lleva el cronómetro, o el lavavajillas, que decidió por su cuenta que el interruptor de encendido no tenía que funcionar por mucho que el técnico dijera que sí.

¿Y los servicios? Hace veinte años que voy y vengo de las diferentes compañías de telecomunicaciones que van y vienen por el panorama comercial, y nunca (insisto: NUNCA) he conseguido una conexión a la primera (escribo esto desde la conexión del móvil, ya que actualmente mi empresa suministradora de internet me tiene sin conexión), o el producto ofertado, o el precio pactado, o mil y mil fallos, descuidos o, directamente engaños a los que me han sometido. Y qué decir del gas, de la electricidad, del transporte colectivo, del coche privado…

Podría seguir, sobre todo si me remonto a mi infancia, donde las cosas que tenía también estaban mal, pero donde había una gran diferencia: tenía muchas menos cosas.

Muchas menos cosas.

Y esta reflexión viene a cuenta de que como mi carísima cámara réflex tiene un fallo desde su origen (tiene más, pero en unas configuraciones que no sé usar, por lo que no me importan, y eso que reclamé y me dieron un modelo nuevo, aunque también presentó el mismo fallo al poco tiempo) que ahora la hace imposible de utilizar en su modo más básico, he decidido empezar a pensar que a lo mejor podría darme el capricho de comprarme una nueva. Sí, la primera “cosa” de capricho que me voy a comprar desde… uf, pues desde la cámara vieja, creo. Así que sí, puede que ronde por mi cabeza esa idea, pero a la vez, surge otra, mucho más potente, que se dedica a gritar que no, que no, que no, que compre la cámara que compre, estará mal, mal MAL, ¡¡MAL!!

Y ya no tengo fuerzas para reclamar nada. No puedo estar peleándome con los que me han dejado sin internet, los que me han dejado sin dial en el microondas, los que me han instalado una cocina que cojea, los que me vendieron un teclado musical que desafina, los que me han pasado una factura del gas correspondiente a otra vivienda, los que han perdido por octava vez la solicitud de ayudas para una persona dependiente de mi familia, los que me han cerrado la calefacción por error al hacer una obra en la oficina de al lado, los que me han arreglado el coche dejándome una puerta que cierra regulera, etc, etc, etc.

Así que no, no me voy a comprar nada. No puedo más y debo daros la razón: NO VOY A COMPRAR NADA. O sea que no voy a consumir, o sea que no voy a fomentar la destrucción de mi planeta, o sea que gracias a vosotros, voy a aportar mi granito de arena al contraconsumismo.

Parafraseando aquello de “no confundas con maldad lo que no es más que simple estupidez”, he llegado a la conclusión de que no debo confundir con obsolescencia programada lo que no es más que simple defecto de fabricación. En castellano, incompetencia.

Gracias por hacérmelo entender.

Gracias.

Postdata: este texto está escrito con un programa de código abierto, versión de hace más de diez años y, curiosamente, no ha fallado nunca. El de pago se me bloquea y paso de reclamar.

viernes, 20 de noviembre de 2020

INSULTO Y ODIO

El insulto no es deseable. Ojalá nadie se insultara, nadie ofendiera a nadie. Eso significaría que el mundo es chupiguay, hecho con los colorines del arcoiris pintado por unicornios rosas, y que nada nos molestaría de los demás, ni mucho ni poco.

Pero...

... hay veces que me hartas, que me tienes hasta el gorro, que me has hecho mal o, incluso, puede que hayas hecho daño a alguien a quien quiero. Me has ofendido, no te soporto más y, por un instante, mi instinto  animal -sin ánimo de ofender a los animales- desea que te atropelle un autobús dejando de ti nada más que una mancha pringosa en el asfalto. O algo así.

Pero...

... o porque soy un ser humano racional, o porque no tengo un autobús a mi disposición, dispongo del mecanismo de hacerte daño con la palabra y lo uso. Y te insulto. Sí, te insulto porque en ese momento te odio. Te desprecio, no te soporto, no te aguanto, púdrete, muérete, y, además, márchate con algún tipo de daño que te escueza un buen rato. No quiero que te vayas de rositas, así que te insulto a mala leche, con mala intención, sin reparar en remilgos ni correcciones. Te ofendo, te hago daño porque me da la gana, porque soy mala persona, porque soy débil y recurro al agravio, porque no tengo recursos dialécticos para hundirte con ironía afilada, ni puños fuertes para reventarte los morros con un buen sopapo. Ojalá no recurriera al insulto, del que casi todas -por no decir todas- las veces me acabo arrepintiendo.

Pero...

... acabo por insultarte. Y en el momento que lo hago me quedo a gusto y satisfecho. Y si, además, te hago daño, mejor para mí. Es un un placer pasajero y normalmente un error, pero en ese momento de odio, saco mi artillería y te insulto.

Pero...

¿...cómo debo insultar? ¿Es que hay normas? Puedo recurrir al insulto genérico, como imbécil, idiota, estúpido, o al más socorrido gilipollas, que de tantos apuros nos saca. Y puedo ponerle anejos, como puto gilipollas, o pedazo de imbécil, o recurrir a la composición poética de insultos varios, como estúpido de mierda, o el tradicional y entrañable tonto de los cojones.
 
Pero...

... puede que estos clásicos se me queden cortos, y entonces haya que recurrir a cosas más gordas, haciendo mención a madres, profesiones añejas o animalismos varios, e incluso combinar todo ello en una sublime frase digna de estudio literario.

Pero...

... ni estamos aquí para hacer literatura, ni para que admiren mi insulto, aunque hay grandísimos insultadores dignos de alabanza, sino para hacerte daño a ti. Y mucho, y como los insultos genéricos se me quedan cortos para según qué ocasiones, personalizo o, como dice esa manada de jipsterpollas, customizo mi epíteto adecuándolo a tu persona. No me conformo con llamarte hijo de no sé qué porque sé que te vas a quedar tan tranquilo o, por lo menos, no te va a doler tanto como si pudiera meterme por un resquicio de tu coraza y llegar a tu intimidad, así que busco un rasgo, una característica tuya y, a ser posible, una que sepa que es especialmente sensible para ti. Así que me meto con lo gordo que tienes el culo, pedazo de vaca, o lo gordas que son tus gafas, so cegato de mierda, o tu dificultad para pronunciar determinadas palabras, cacho tartaja de los cojones, o lo bajito que eres, puto enano, o... O lo que sea. Da lo mismo. Lo importante es lanzar un dardo muy punzante que te haga mucho daño a ti, que te deje sin palabras, sin respiración y que te duela mucho. A ti, y mucho, sí. Y por eso lo hago, para que te duela, atontao, que no te enteras. 

Pero...

... si de verdad te quiero hacer daño, puedo llegar al insulto brutal, a la humillación. No es sólo cuestión de ofender, sino de dejar una herida o, a poder ser, echar sal en una herida abierta, algo que rompa todos los puentes y que no permita reconciliación con el insultado ni su familia durante varias generaciones. Además, puedo conseguirlo atacando lo evidente, sin necesidad de conocerte demasiado. Incluso puedes ser un completo desconocido al que quiero insultar. Si sólo veo tus enorme orejas y no te conozco de nada, no me puedo meter con tu alma, pero sí con tus evidentes soplillos de Dumbo. Y, así, al que tiene el color de su piel diferente al tuyo, por ejemplo de color negro -o muy oscuro- le llamas simplemente negro torciendo la boca, como si te repugnara la sola palabra, y encima lo dices despacio, para que se dé cuenta de que no hablas de un color, sino de una categoría de ser humano menos valiosa que una cucaracha; o al chaval acogido en un centro de menores que no tiene para pagarse un bocadillo le sueltas un silbante y sencillísimo muerto de hambre; o directamente atacas a cada una de las nacionalidades que puedan surgir, como a los gabachos, a los alemanazis, a los moros, a los gringos, a todos los sudacas, a los chinorris... madre mía, ¡que orgía de destrucción, qué arte para el dolor! Y, sí, son insultos que se aprovechan del racismo, de la xenofobia, del género, de la ideología, sí.  

Pero...

... parece que, en un mundo que ya no tiene privacidad, se nos olvida que si es un insulto ad hoc, llamar gafotas a alguien no es despreciar al colectivo de gafotas. Lo que pasa es que a esa persona sé que le hace mucho daño que le recuerden que no ve tres en un burro, y el resto de cuatroojos del mundo me da igual porque lo que quiero es hacerte daño a ti, y solo a ti, y que sufras. Si a ti te molesta que te digan que tienes el pelo rubio, es un problema tuyo, ya que a mí no me molesta, pero como a ti sí, te llamaré rubio-rubio-rubio hasta que llores. Porque te estoy insultando y quiero hacerte daño. Es imposible ser políticamente correcto a la hora de insultar porque, precisamente, el insulto hiriente es la propia definición de la incorrección.

Pero...

... resulta que ahora mismo todo el mundo está escuchando, e insultar ofende no sólo al insultado, sino al que se siente representado. Todos los culogordos del mundo nos sentimos mal cuando se lanza ese insulto durante una pelea de borrachos en un remoto pueblo de Siberia, al igual que todos los birojos, los enanos, los cojos e, incluso, especies completas, como travelos, maricones, locas, fachas, nenazas, histéricas, machitos, subnormales o -perdón- políticos de todos los colores, y aquí es donde aparece el problema del insultador. Yo no soy nadie, y en una conversación privado-insultadora puedo llamarte lo que me dé la gana y quedarme a gusto conmigo mismo, con el consiguiente riesgo de que me devuelvas el insulto -o un buen sopapo, aunque eso es otra categoría del increíble repertorio de sistemas de comunicación que tiene la especie humana- pero si tengo voz pública, si soy alguien, si represento a un colectivo, a lo mejor tengo que andarme con ojo, porque si me enfado contigo, so torpe, y te deseo el destierro por patoso, puede que alguien entienda que todos mis seguidores deben dedicarse a desterrar a las personas que son poco hábiles por pura convicción ideológica, como axioma, sin pensar que realmente a mí me dan igual los torpes del mundo y que sólo quería insultarte a ti, patoso de mierda. O sea que puede que si recurro a insultos de andar por casa no suceda nada, pero si recurro a las bombas atómicas, a los insultos de destruir toda relación tirando de racismo, sexismo, xenofobia y demás, puedo estar generando movimientos muuuuuuuuy peligrosos que nada tienen que ver con el insulto, sino con -perdón de nuevo- ideologías.

Pero...

... como no queremos que esto derive en una debacle de muerte y destrucción, como sociedad nos protegemos  con leyes que eviten que se pueda incitar a odiar a un colectivo. Recuerda que yo te odio a ti, sólo a ti, y te hago daño a ti -y a lo mejor sólo en este momento, que es habitual que se pase el calentón y mañana seamos tan amigos otra vez-, pero si aprovecho que te insulto a ti para que mis seguidores empiecen a repartir palos a todo un colectivo, no estoy insultando, sino incitando a un movimiento de exclusión que, perdona que te diga, es despreciable. Y odio estos movimientos.

Pero...

... resulta que la incitación al odio ahora es, simplemente, delito de odio, y si te odio porque eres odioso, porque incitas al odio, porque eres un racista de mierda o un xenófobo repugnante, estoy cometiendo un delito, así que mi desprecio por ti, mi deseo de que no existas como colectivo es un delito, y no lo puedo evitar porque, sinceramente, te odio. Y te deseo eso del autobús - metafóricamente hablando, claro-, o cosas peores, y lo siento en mi razón, en mi pecho y en mi sentido común.

Pero...

... es un delito. O eso dicen. Como no soy un picapleitos de mierda, no sé leer leyes y no sé si desearte el mal porque eres uno de esos que apalean sintechos por diversión los viernes por la noche es un delito de odio, o si simplemente odiar es un delito. Quizá los loqueros deberían pronunciarse o, quizá y pensándolo mejor, callar y seguir a su aire sin meterse en estos jardines.

Pero...

... lo siento mucho, yo no soy nadie. Y casi nadie somos nadie relevante más allá de nuestros cuatro conocidos y familiares, así que si te llamo estúpida, so estúpida, no es porque sea un machista misógino patriarcoasesino homofóbico -que no te digo que no, que ya ni lo sé-, sino porque en este momento me la has liado y, como soy un inútil con las palabras o el razonamiento, un débil mental e incluso -qué ironía- un estúpido, he recurrido al insulto. Y te he insultado. Y aunque lo he hecho a gritos, nadie va a salir a la calle a gritarle a las estúpidas lo estúpidas que son, o a formar un contramovimiento contra los estúpidos como yo que llamamos estúpidas a las estúpidas como tú. Lo cierto es que, en general, la gente pasa de todo bastante mucho.

Pero...

... para eso están las redes sociales y -perdón otra vez- los medios de comunicación serios que les dan publicidad, para liarla, ¿no? Así que todos los días hay un colectivo herido por culpa de un comentario hecho por una putavieja de un pueblo de Albacete, o un grupo mancillado por un chiste de mal gusto hecho por un caraculo del barrio de al lado, o un honor maltrecho por una foto compartida en un grupo de jubilados de Minesota. Ruido, ruido, ruido que evita que nos fijemos en los problemas que hay tras las palabras: que el morodemierda es un chaval que ha tenido que huir de su país por esa cosilla del hambre y ahora tiene frío porque duerme en la calle, que la bacaburra es una chica con sobrepeso por culpa de la depresión que le ha provocado el hecho de no tener los huesos de las chicas de la tele y se pasa el día recibiendo mensajes horribles de sus compañeros de clase, que el menadeloscojones no es más que un niño que se saltó la infancia por esa cosilla de la guerra y que está a mil kilómetros de la última persona que tenía su cultura o que hablaba su idioma, o que el putoyonki no es más que un enfermo que no se puede permitir el lujo de asumir su realidad...

Pero...

... nos quedamos en el debate del insulto y el odio, que es mucho más fácil porque nos permite hablar, hablar y hablar sin decir nada, y legislamos el insulto mientras que no legislamos el hambre, el frío o el miedo. Como siempre, señalamos la Luna y nos quedamos mirando el dedo.

Pero...

... qué gilipollas eres  somos