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miércoles, 25 de septiembre de 2024

SEMÁNTICA MODERNA

Hace tiempo que mi hijo mayor necesita cambiar su chaqueta. Ahora es más un trozo de pellejos unidos por un montón de agujeros que una chaqueta en sí. La chaqueta, no mi hijo. Con la excusa, a lo mejor incluso yo me compro una, que falta me hace.

Por eso ayer, al pasar delante de una tienda de un centro comercial y ver un montón de chaquetas del estilo que le gustan al chaval, entré a mirarlas. Como siempre, iba con prisa, pero como no había nadie y sólo quería tocar el tejido para ver cómo andaban de consistencia, no me importó entrar.

Suelo ir a los centros comerciales a las horas no comerciales, así que estaba solo en la tienda. Como es lógico, se acercó a mí la dependienta y me ofreció su ayuda. Le pregunté si aquellas chaquetas en concreto eran de piel o sintéticas. Me explicó un poco cuáles sí y cuáles no, y me ofreció traerme otras tallas para que me las probara.

-No, gracias -le dije-, si ni siquiera es para mí, es para mi chaval.

Vale.

Según salían de mi boca, aquellas palabras sonaban a otra cosa diferente, y tanto ella como yo nos dimos cuenta. Pude ver con claridad cómo en el cerebro de aquella pobre chica se formaba la imagen de un viejo verde que se ha echado como ligue un chaval joven y que le está buscando un regalo, pero se repuso y siguió explicándome el tema de las chaquetas un minuto más. Yo, por mi parte, a punto de la carcajada, no le saqué de su error y me retiré lo más dignamente que pude. A fin de cuentas, los dos hemos conseguido hoy una buena anécdota que contar.

A ver qué cara pone el día que vaya con mi chaval a comprarla.

lunes, 8 de julio de 2024

ÉTICA TEXTIL

El otro día me convertí en turista. Intento ser un turista de los buenos, si es que eso existe, ya que no me alojo en zonas residenciales, sino en hoteles, no doy la tabarra por las noches, soy discreto, intento ocupar poco y me gusta mucho el tema cultural local. Vamos, que intento no molestar ni, mucho menos, interferir en el desarrollo de la vida local.

Pero hay cosas inevitables. Unas son propias (cámara al cuello, acento o idioma extraño en el lugar de origen, despiste general, etc), pero otras son ajenas. La cosas propias se pueden disimular un poco y, con un poquito de esfuerzo, las puedes controlar. Pero las ajenas...

En este caso, la cuestión ajena es una camisa digna del peor turista gringo de la historia. Una camisa verde chillón con una especie de gorila-pies grandes metido en un flotador de flamenco rosa. Rosa chillón, por supuesto. Cualquier parecido con la discreción, es pura fantasía.

Esta camisa forma parte de un conjunto de varias camisas similares que repartió un miembro de la expedición a modo de regalo entre los diferentes pardillos masculinos de la expedición (cobarde, con ellas no se atrevió...) y que a todos nos hizo muchísima gracia. Asumimos nuestro papel de turista estúpido y nos disfrazamos de ese personaje asumiendo su personalidad.

Durante un día entero nos paseamos por la zona dando el cante de una manera horrible.

Y, claro, esto entra en conflicto ético con mi forma de comportarme en zonas foráneas. Insisto en que dábamos el cante a niveles metafísicos. No hacíamos el burro, pero dudo mucho que a nadie le cupiera duda ninguna de que éramos de fuera.

Y estúpidos, claro.

Desde entonces tengo ese runrún en la cabeza, o en el alma, o dondequiera que se esconda la ética para provocar remordimientos, y me da cargo de conciencia haber ido a molestar. Que no, que no molestamos, que era una zona 100% deshabitada por gente local (sólo hoteles y ocio) y no molestamos más que a otros tan idiotas como nosotros, pero me sigue picando haber caído tan fácilmente en esa hipocresía.

Porque, claro, ¿me gustaría que un gilipollo se pasease de esa guisa por mi pueblo? Bueno, lo hacen, y nunca me ha importado la facha de la gente, pero ir con esa declaración de intenciones por la calle... ay, qué dilema moral.

Por lo tanto, he decidido asumir mi condena. Por lo menos para rascarme el prurito ético. De alguna manera tengo que asumir ese vestuario como una penitencia y voy  a hacerle caso a mi abuela, que me decía que los domingo en el pueblo hay que llevar camisa.

Así que, pueblo, este verano iré todos los domingo bien guapo.

 

Si esto no es ganarse el cielo...
 

miércoles, 11 de agosto de 2021

LA CÚPULA

Desde que recuerdo, siempre he pasado los veranos en el pueblo de mi abuela, situado en una sierra del centro de la península, a unos 990 metros de altitud. En cuanto empezaba el calor, nos montaban en un tren y nos íbamos a pasar uno o dos meses en aquel pueblo anclado en los años cincuenta, con las calles de tierra, olor a vaca, cerdo (y lo que no es cerdo), sin tele, sin teléfono, sin agua corriente y, lo mejor de todo, con un cielo nocturno espectacular.

Para mí (y para todos los que hemos pasado los veranos allí), ese cielo estrellado en el que la Vía Láctea ilumina como una farola más, siempre ha sido algo natural. Veíamos crecer la Luna de nueva a llena y comprobábamos cómo cada noche su luz iba apagando las estrellas hasta que la única luz nocturna era la propia Luna. Una luz con la que se podía incluso leer en la calle, lo que apagaba considerablemente el efecto de la escasa iluminación de las farolas de sodio, esas farolas que lo teñían todo de un tétrico color naranja.

Casi todas las noches, para escapar de padres o, para decirlo más poéticamente, disfrutar de aquel magnífico cielo lejos de las farolas de sodio, salíamos a la carretera, que era de puro betún que se derretía durante el día, y cuando nos considerábamos lo suficientemente alejados, nos tumbábamos en el asfalto caliente y mirábamos al cielo contando burradas adolescentes o hablando de temas absurdamente serios. Podíamos pasar horas en aquella semioscuridad haciendo absolutamente nada.

A veces nos juntábamos mucha gente, con diferentes grupos y edades, pero hacia el final del verano íbamos quedando los irreductibles, los que de verdad disfrutábamos de estar lejos de la ciudad y su calor apestoso, sus ruidos y sus horarios. Pasábamos el día medio aletargados, jugábamos un partido de futbol en el que casi moríamos de sed (cada día), íbamos a cenar y, tras un rato en la plaza del pueblo, nos escurríamos por la carretera hacia el cielo estrellado. Muchas veces nos metíamos en un prado, sentados o tumbados en la hierba escuchando música y bebiendo mejunjes de vino, cocacola y zumos varios hasta que poco a poco nos íbamos retirando a la cama. 

Debo reconocer que siempre he sido el último en irme a la cama. Sólo con que quedase uno conmigo, esperaba para acostarme, así que para mí las noches eran bastante largas. Una de aquellas noches acabamos sólo dos tirados en un prado. Puede que fueran más de las cinco de la mañana porque había gente del pueblo que se iba a trabajar a esa hora y ya les habíamos escuchado partir, y la noche estaba en lo más oscuro. Además, había luna nueva, por lo que habíamos podido disfrutar de un cielo espectacular. Vimos girar la Vía Láctea y vimos muchas estrellas fugaces, hablando sin parar sobre nada de nada. Recuerdo estar tumbado, hablando y comentando si alguno de los dos sabía algo sobre las constelaciones. Ninguno sabíamos nada sobre el tema, aparte de reconocer la Osa Mayor, así que siempre inventábamos burradas sobre la alineación de las estrellas para echar unas risas. 

En un momento dado, nos pusimos a hablar sobre "la cúpula" celeste y nos dimos cuenta de que no es ninguna cúpula. Cuando miramos al cielo, tenemos que girar la cabeza y nuestro estúpido cerebro de simio nos induce la sensación de que sobre nosotros hay una especie de casquete esférico que nos cubre y que tiene las estrellas pintadas, pero, claro, no es cierto, así que nos imaginamos que no estábamos tumbados en horizontal mirando hacia arriba, sino que estábamos en la parte de abajo de la esfera del planeta Tierra, mirando hacia abajo. Sin caernos, pero sintiendo que nos pegábamos a un techo y no a un cielo. 

De repente, sentí que no había cúpula sobre mi cabeza. El cielo era un vacío que estaba debajo de mí, y las estrellas una serie de gigantescas bolas de gas que emitían luz desde diferentes distancias, unas más cerca que las otras, y no unos puntos de luz pintados en el techo. Sentí la profundidad del espacio. No había nada frente a mí. No había arriba ni abajo, aunque la gravedad me sujetara al planeta, y la Vía Láctea no era una mancha curvada en el techo de una cúpula, sino una profundísima mancha de luz que se alejaba de mí según giraba la cabeza, abierta a la izquierda, cerrada a la derecha, donde su brazo nos ata.

Fue un rato largo.

A lo mejor influyó la sangría, o el sueño, o lo que fuera, pero desde entonces quiero repetir aquella experiencia... y nunca lo he conseguido.

Vuelvo al pueblo cada vez que puedo, pero ahora hay calles de hormigón y asfalto, ya no hay olor a vaca ni a cerdo (aunque sigue lo que no es cerdo), hay tele, internet, teléfono, agua corriente y, lo peor de todo, unas magníficas farolas led que alumbran las calles como si fuera de día. Y no sólo mi pueblo, sino todos los pueblos de alrededor, que están de dos a siete kilómetros repartidos por todo el horizonte, velando cualquier estrella que puede encontrarse en esa zona al convertir el horizonte en una mancha luminosa de color blanco.

Aunque mi casa da la espalda al pueblo y me puedo permitir el lujo de ver estrellas, mi miopía, la luz ambiental y mi pereza me impiden disfrutar como antes de aquel cielo estrellado, lo que poco a poco lo ha convertido en algo un pelín descafeinado respecto al recuerdo que tenía. También es verdad que los recuerdos son mejores que la realidad, no nos engañemos.

Hace unos días vinieron a mi casa de paso al sur  los miembros de una familia del norte, padre, madre y dos niñas de unos trece años. Cenaron en casa y salieron para irse a dormir cuando, por pura casualidad, alguno de ellos miró hacia el cielo. La sorpresa fue brutal. Alucinaban con ese cielo que para mí no tiene comparación con el que recuerdo, hasta el punto de que no les había dicho nada sobre él, pero para ellos era algo sobrecogedor. Nos alejamos a una zona más oscura y las dos niñas no podían cerrar la boca de asombro. No sólo no tenían ni idea de constelaciones o similar, sino que una de ellas llegó a preguntar si "aquí todas las noches es así".

¿Todas las noches? No, claro que no. A veces es incluso mejor.

En fin, que el desapego con nuestro planeta y nuestro cielo es un hecho. Si dos adolescentes nunca han visto las estrellas, si nunca han visto la masa de la Vía Láctea y cómo gira en el cielo, nunca se harán la pregunta de qué es todo aquello, o de si lo que gira es el cielo o el planeta Tierra, o a qué distancia están, o cómo se han formado, o... nada de nada.

Yo, por lo menos, he vuelto a apreciar lo que tengo con el valor que tiene. O eso creo.

Y, por supuesto, sigo intentando sentir que estoy boca abajo, colgando de mi planeta, enfrentado a la inmensidad del vacío lleno de luz de estrellas.



domingo, 20 de septiembre de 2020

FOTOGRAFÍAS Y RECUERDOS

Cuando yo era pequeño, mi padre compró una cámara de vídeo. Era un mamotreto gigantesco que pesaba toneladas y que requería llevar colgando un cacharro enorme del hombro para ir grabando. Desde entonces empezó a llenar cintas y cintas de vídeo con todos los actos familiares a los que íbamos.

De vez en cuando reunía gente y enseñaba aquellas películas. Antes no era normal verse "en la tele" y llegaban a proyectar esas cintas en cenas o celebraciones bien grandes para poderse ver en la pantalla. Todo el mundo se reunía y se lo pasaba en grande cuando se veían bailando, o cantando, o simplemente paseando por el fondo de la imagen. Una vez se reunió un pueblo entero, y no estoy exagerando. Era como el cine.

Fueron pasando los años y aquellas películas se empezaron a convertir en recuerdos. Mira qué pequeño eras, mira que ropa llevabas, mira qué poca barriga tenías... Mira el abuelo, que se murió al poco de grabar esto, mira qué amigos éramos, mira cómo hemos cambiado. Y poco a poco, con la distancia, le gente empezó a declinar la invitación para ver aquellas cintas.

Así, un día mi madre las amontonó, las guardó en un armario y no se volvieron a ver nunca más.

Yo no lo entendía entonces. Siempre es bonito tener recuerdos, ¿no? Eso es lo que pensaba, y lo sigo pensando, pero confundía las imágenes con los recuerdos, y lo he tenido que aprender no con vídeos (que yo no hago), sino con las fotos (que yo sí hago).

Hace unos años estrené un objetivo largo para la cámara, un 50-200. Superando mi proverbial tacañería, me lancé a comprar (de la parte outlet, por supuesto) una lente que me permitiera fotografiar sin ser visto y poder recoger así expresiones y gestos naturales que no estuvieran influidos por la presencia cercana de un objetivo.

Entusiasmado con mi nuevo juguete, me lancé a la calle con la familia una tarde de invierno para aprovechar ese sol pálido y bajito que provoca unas sombras muy nítidas y así estrenar mi cacharrito nuevo. Debí de hacer unas doscientas fotos de estatuas, fachadas, aleros, cornisas, balcones, puentes, semáforos, farolas, bancos, placas, árboles y demás elementos urbanos que, gracias a la longitud de este objetivo, se parecían mucho a los dibujos planos de todos estos elementos, sin la distorsión de un objetivo corto. 

Increíblemente, casi todas las fotografías salieron bien, así que las junté en una colección, le añadí alguna más (pocas), les puse un poco de música y las aproveché para hacer un vídeo para una institución de la que formaba parte por aquel entonces (ahora anda por aquí: 1 Km²). Mis compañeros quedaron muy contentos con las fotos y yo, ante tanto halago, me hinché como una pompa de jabón, orgulloso y satisfecho.

Y como toda pompa, me encontré con esa persona que tiene que explotarla. Y menos mal que lo hizo. Una de mis compañeras que, al igual que los demás, me había dicho que las fotos eran bonitas, me indicó que era una pena que no hubiera gente. Increíble, pero cierto: fotos urbanas en un paseo concurrido, en una zona turística, agradable, muy cómoda para pasear y en un día soleado de invierno que invitaba a salir a la calle... sin gente. Evidentemente, durante aquel paseo le hice fotos a mi familia que no iba a incluir en el vídeo, pero de aquellas doscientas fotos, quizá sólo fueron seis o siete.

Evidentemente, tengo muchísimas fotos de actos familiares, y sale muchísima gente en mis fotos, pero desde aquel comentario me di cuenta de que las fotos que me gusta ver y que me gusta compartir son las fotografías atemporales, las que muestran arquitecturas, paisajes, cosas o montajes que se pueden ver independientemente de su época.

Cuando aparecen las otras fotos, esas que llamamos fotografías de recuerdos, llenas de gente posando a la cámara, brindando, sonriendo, cogiéndose por los hombros, enseñando trofeos, me encuentro peleando con la memoria y, aunque el efecto inmediato al ver esas imágenes es la sonrisa, se me forma un nudo que me puede durar horas o incluso días.

Quizá estoy entendiendo aquel gesto de mi madre a la hora de guardar las cintas en aquel armario.

La memoria es muy poco fiable, siendo más fantasía que hechos reales. Nuestro cerebro pule aristas y colorea los recuerdos para que podamos seguir adelante procesando todo ese aprendizaje, independientemente de que sean recuerdos alegres o tristes, y es con lo que vivimos todos los días. Pero las fotos, no. La fotografía muestra lo que hay en un momento concreto y, por mucho que seamos magníficos fotógrafos y hagamos fotos muy bonitas de ver, lo que hay en un momento es lo que se plasma en la imagen. Y para siempre. Así que es muy probable (seguro) que la imagen choque con el recuerdo, dándonos un bofetón de realidad que rompe con todo el trabajo de pulido y coloreo que ha ido realizando el cerebro con ese recuerdo.

Así que me gustaría saber qué vamos a hacer con todos esos megas, gigas y teras de imágenes que estamos almacenando. No creo que los vayamos a soportar nosotros, sino la generación siguiente, esa a la que no le importa si éramos amigos, si estábamos más delgados o si el tatarabuelo seguía bailando en las fiestas. Quizá esta exageración de imágenes que estamos acumulando (el 99% sobra por ser redundante), fijas o en movimiento, sea la base del recuerdo social, más que personal. Un legado para los sociólogos que sobrevivan al catacrock que se nos viene encima y que puedan estudiar que NO hacer: "Así vivían los atontaos del siglo XXI", o algo por el estilo.

Quizá sólo las almacenemos ocupando memorias de ordenador, sin más. O a lo mejor a nadie le importe nada y sean mucho más felices que gente como yo, que se agobia cuando ve esas imágenes y vídeos que chocan con los recuerdos que tenemos en la cabeza.

Supongo que estamos hechos para almacenar recuerdos y por eso hacemos fotos de todo y supongo que estamos hechos para recordar lo que nos dé la gana como nos dé la gana, y no como unos pixeles nos lo muestren.

Y es que, como decía aquel, que la realidad no chafe una buena historia.

domingo, 6 de septiembre de 2020

UNA REFLEXIÓN CERVECERA

Esta mañana me he levantado a la hora que me ha dado la gana. Café a un ritmo pausado escuchando crecer la hierba y luego me he puesto la gorra y los guantes para pegarme un par de horas de curro en el campo. Campo de campo, o sea árboles, prados y bichos, nada de campo de juego con balones, pelotas o elementos de tortura similares, no: carretilla, hacha, pala, azadón, etc. Cosas del gimnasio rural.


Cuando me he cansado y el sol quemaba demasiado, he abierto la nevera y me he servido una buena cerveza. Nada de botellín a morro: botella grande, jarra helada del congelador y servicio lento y espumoso. También ha sido una cerveza con con bicho flotante, ya que me la he tomado sentado en la calle a la sombra, y el campo es lo que tiene: bichos. He alabado el buen gusto de ese bicho por la cerveza y la hemos compartido. Quién soy yo para impedirle ese placer a otro ser vivo.

Estaba en ello cuando he mirado al cielo y he visto una bandada de buitres dando vueltas. No sé si alguna vez habéis visto una de estas bandadas. Es algo espectacular porque son verticales, como un grandísimo cilindro formado por decenas de pájaros enormes que parecen flotar en el aire porque ni siquiera mueven las alas. Al buitre más bajo le ves hasta las plumas, pero el más alto se escapa de tu límite visual y no es más que un puntito... si tienes buena vista.

Han estado dando vueltas un buen rato, y yo mirando embobado mientras compartía mi cerveza con el bicho, hasta que me he dado cuenta de que estaban dando vueltas sospechosamente por encima de mi casa. Justo por encima de mi casa.

Por un momento he pensado que es imposible haber tenido una mañana tan plácida. Todos sabemos que estos momentos de placidez sólo salen en las novelas románticas o en los anuncios de la tele, así que lo más probable es que, sin darme cuenta, la hubiera espichado y estuviera viviendo mis últimos momentos en una especie de limbo placentero antes de pasar a otro plano. He pensado que debería aprovechar ese último instante de consciencia haciendo algo realmente importante y no desperdiciar ese momento extra que se me había concedido.

Así que he apurado hasta la última gota de mi cerveza.

Y que bajen los buitres, que yo ya he cumplido.

sábado, 29 de agosto de 2020

UNA AVENTURA EDITORIAL

Hoy toca un cuento real, no una mentira: la historia de este pequeño libro. 

El libro y su descripción más prosaica (tamaño, número de páginas, descripción, etc) aparece al pinchar en la imagen, pero esta entrada del blog no va de eso, no es una promoción  de un producto (¡compra, compra!), sino de cómo, al igual que sucede en la maravillosa "Crónica de una muerte anunciada" (ese sí que hay que comprarlo), un hecho que nadie quiere que pase, pasa, incluso a pesar de saber que no debería pasar.

El mundo no necesitaba este libro, pero al final, ha salido así.

A lo largo de varios años, y normalmente cuando el reloj ya ha superado la barrera de las doce de la noche, recuerdas historias que no han pasado, mentiras que nadie te ha contado, aventuras que no han sucedido. Durante días o semanas revolotean por tu cerebro molestando, haciendo un ruido insoportable, así que las sacas de ahí con el sencillo método de escribirlas. Parece ser que, al convertirlas en frases escritas, se calman, supongo que porque han encontrado un sitio donde vivir mucho más cómodo que un cerebro arrugado, sinuoso, resbaladizo y lleno de ruido. Si lo piensas bien, un cerebro tiene una pinta bastante asquerosilla. Yo tampoco querría vivir ahi.

Al final, te encuentras con un montón de pequeñas vidas ficticias acumulando polvo digital en blogs minoritarios, discos duros perdidos en un cajón o en folios impresos medio rotos. Poca gente las lee, pero te animan a seguir y al final acabas tentando a la suerte en certámenes, concursos y sorteos literarios. Envías esas historias ya escritas, o escribes historias nuevas acordes a la temática de tal o cual concurso, y el número de mentiras escritas crece y crece.

Y un día ganas un certamen, y otro día eres finalista. Y puede que de verdad no estén tan mal y que merezcan tener una vida un poquito más amplia que ser leídas por cuatro (exquisitos) gatos, así que reúnes unos miles de palabras que tienes desperdigados por ahí y los envías a las editoriales sin ninguna esperanza, como cuando echas la lotería. Oye, si suena la campana... 

Un día, una de ellas contesta por correo electrónico. Están interesados. ¡Están interesados! ¡HALAAAA! En fin, que a lo mejor te pilla esto más jovencito y se te desboca el corazón y te imaginas pasando por encima de Follet, Rowling, Pratchett, Gaiman, King, o cualquier superventas que tantos y tantos millones amasan, viviendo a tu aire como uno de esos millonarios que nos venden en la publicidad.

Pero no. 

Aquí es donde deberías utilizar una expresión muy apropiada (tener el culo pelao), pero es un poco soez, poco elegante, y no la vas a usar. Dirás simplemente que tu barba ya es de color blanco y que te ganas la vida con otros menesteres mucho (¡mucho!) más prosaicos, así que a estas alturas, lo de creer en las hadas, los duendes, los unicornios y todo eso, lo dejas para los que viven de ello y prefieres seguir con los pies en el suelo.

Envías el material a la editorial (solvente, con solera, con buenas referencias) y te dicen que, vaya, que tus cuentos sí se pueden publicar, pero que primero hay que rellenar un cuestionario que, para abreviar, consiste en saber cuántos seguidores tienes en las distintas redes sociales. Así, entre risas (es que ya se ha visto el cartón de la cosa), rellenas la encuesta y les adviertes en la primera línea que no se molesten, que no tienes seguidores porque no tienes insta, ni tuiter, ni tiempo para prestarles atención, que haces esto por vicio, que ha sido un placer y que adiósmuybuenas, que fue bonito mientras duró.

Para el que no lo sepa, actualmente para encontrar un trabajo en el que haya implícita la difusión de un producto, te piden que vayas con una audiencia mínima que pueden ser, fácilmente, 20.000 seguidores en tuiter.

Pero, jo, oye, que al mes te escriben y resulta que te dicen que sí, que te van a publicar el libro. Te van a publicar el libro. ¡QUE TE VAN A PUBLICAR EL LIBRO! Y te mandan un contrato para que lo firmes. ¡La releche! Chúpate esa, Cervantes, que aquí va el tal Yoslec a por su hueco en la historia. No, perdón: en la Historia.

Y lees el contrato.

Ay.

Supongo que es un contrato tipo enviado por una máquina, ya que nadie (NADIE) ha hablado contigo, ni se ha presentado, así que lo lees atentamente y descubres que el trato que te ofrece esta editorial es, más o menos, el siguiente:

La editorial madre te deriva a una editorial subsidiaria residente en internet en la que, a cambio de un porcentaje ridículo de las ventas (supongo que el habitual, eso no importa), te comprometes a costear la publicación de tu libro, hacer la promoción y, además, te vinculas intensamente con ellos (ánimo, emprendedor, que tú puedes) mediante la compra de no sé cuántos ejemplares impresos que deberás vender por tu cuenta. Nada, hombre, sólo son unos cientos de euros. Luego, ellos lo colgarán en sus redes y, hala, a hacerte rico si alguien es capaz de encontrar tu enlace por ahí perdido en el fondo del océano digital. Maquetación, corrección y demás cosas sin importancia, se cobran aparte.

¡Tachaaaaaan!

Así que, pensando, pensando, puedes llegar a sospechar que si a este tipo de empresas le llegan unos cuantos manuscritos al mes y su respuesta sea la de que el autor invierta su dinero, resulte que este tipo de empresas se dediquen precisamente a cobrar por las ganas de publicar de los cientos de ilusos que enviáis manuscritos. Y eso puede ser realmente rentable.

Insisto en que te ganas la vida con otras cosas (mucho, mucho, mucho) más terrenales que eso de la literatura, así que lo de ganar dinero vendiendo libros es secundario (es más, la versión que se ha acabado publicando en kindleunlimited vale 0'00 €). De verdad, es secundario, que esto no te va a sacar de pobre. Por lo tanto, les contestas con una sencilla pregunta: Si no te conocen, si no te han visto, si no han hablado contigo, si no te corrigen ni las comas, si no te dirigen, si no te aconsejan, si no te promocionan, ¿cuál es su trabajo? ¿Venderte tus libros a ti mismo? Y, sobre todo, ¿qué diferencia hay entre lo que te ofrecen y una autopublicación en un gigante como KDP-Amazon, aparte de que en Amazon no te cobran por publicar?

Si esto te llega a pasar con dieciocho años, seguramente habrías picado. Habrías puesto dinero y todo tu empeño, ilusión y ganas, y a lo mejor incluso habría salido bien por pura chiripa, pero es algo muy difícil, sobre todo si no hay un editor que te conozca y te guíe. 

Pasan los meses y como parece ser que el robot no sabe contestarte a esa sencilla pregunta, te planteas el reto de contestártela a ti mismo. ¿Cómo? Pues publicando por tu cuenta una recopilación de doce mentiras, a ver cómo se hace y qué resultado da.

Y así nace "Maquillaje, flores y otras mentiras", como una prueba de algo que nunca había estado planeado, pero una prueba que ha salido sorprendentemente bien y que te encantaría que alguien más leyera, aunque solamente fuera para que esas historias tuvieran otros lugares donde vivir. Son ciento veinticinco páginas en papel (no sé su equivalente en la versión digital), unas treinta mil palabras hechas de insomnio sin ninguna pretensión más que la de contar historias.

Para acabar, algo importante: Hay editores que sí son editores, gente que vive de dar voz al escritor y que sabe dirigirlo en la dirección correcta, y ojalá que gigantes como Amazon no acaben con ellos porque si no, la calidad literaria se cambiará por la cantidad literaria, y, aunque siempre es bueno que la gente escriba, también es bueno que escriba bien.

Y así ha sido la historia del nacimiento de este librito de bolsillo, sin más pretensión que la de mostrar cómo hay gente capaz de aprovecharse de la ingenuidad de otros, pero también que hay formas de seguir adelante sin recurrir a ellos.

Ah, y si alguien lee el libro, ánimo. Espero que le guste.


viernes, 22 de febrero de 2019

SEÑUELO

La doctora nos dijo que debíamos ir al hospital lo antes posible. Mi madre no estaba bien tras el golpe en la cabeza y tenían que hacerle unas pruebas. Con setenta años no era ninguna tontería.

Estábamos en un pueblo a sesenta kilómetros de la capital, así que fue una suerte que yo estuviera con el coche porque una ambulancia de turno puede hacer ese recorrido en unas seis horas. Una de urgencia, en hora y media entre que viene y va corriendo al hospital. Y mi padre ya no podía conducir.

Monté a mi madre en el coche. Mi padre se montó detrás con su bastón, su artritis y su poquito de cáncer. Bajo ningún concepto iba a dejar a su mujer en esa situación, así que se metió un chute de alguno de esos opiáceos salvajes que tomaba para calmar los dolores y, hala, a correr por esa mierda de carreteras que dan esa forma tan rústica y tan bonita a la zona Sur de Salamanca. 

En tres cuartos de hora de viaje por carreteras de un carril llegamos al hospital. La entrada de urgencias es un fondo de saco, un puente donde las ambulancias que llegan tienen que salir marcha atrás porque no hay sitio para maniobras, pero nosotros no podíamos permitirnos el lujo de meter el coche en el parking (de pago, por supuesto) que está al lado y caminar con mi padre y mi madre hasta las urgencias, así que nos metimos entre las ambulancias y descargamos a mi madre como pudimos.

Hubo que robar (sí, robar) una silla de ruedas que se caía a pedazos que estaba por allí tirada, ya que no disponían de material. Una vez en manos de un celador que pudiera empujar la silla, dejé allí a mis padres y salí como pude de aquel sitio horroroso para dejar el coche tirado en cualquier lugar.

Cuando llegué no los encontré. La zona de urgencias del hospital era un caos. Había gente de pie, gente paseando, celadores a la carrera, enfermeras agobiadas, gritos y llantos bajitos, pero, sobre todo, cansancio. Allí la gente estaba cansada. Aquel  hospital es, además, una cochambre vieja y ruinosa, complicada, laberíntica y totalmente fuera de servicio. Al rato de estar ahi te das cuenta de que esa gente que va con uniformes blancos, azules, rosas, etc, son unos auténticos héroes. 

Encontré a mis padres en una sala de triaje. Calcularon que mi madre necesitaba una resonancia. La miró una residente mu muy muy muy joven. Nos mandaron a la sala de espera.

La sala de espera es asquerosa. Es una sala que en pleno verano arde, está saturada, llena de gente con dolor y que se tiene que sentar en sillones de diferentes épocas como buenamente puede. Calculo que habría allí algo menos de cien personas. Mi madre seguía en la silla de ruedas (no la íbamos a soltar bajo ningún concepto) y mi padre se derrumbó en uno de esos sillones. Yo me senté en una mesa, frente a ellos.

Pasó el tiempo. Mucho tiempo.

Nos llamaron de nuevo a consulta. Esta vez apareció la jefa de sección para ver a mi madre, una veterana que hizo preguntas muy directas y realizó pruebas muy concretas. Llamó al especialista de otra sección, que apareció con el pijama verde del quirófano, sudando a la carrera. Otro veterano que en diez segundos diagnosticó a mi madre. Resonancia y a esperar.

Siguieron pasando las horas. Nos aburríamos, nos dormíamos, o mirábamos pasar a la gente, que iba y venía con sus dolores, sus escayolas, sus placas en la mano. Familiares, amigos, gente verdaderamente mal y gente que aguantaba como podía.

No soy capaz de recordar el color de la pared. Tampoco recuerdo ventanas. Ni luz natural. Ni aire. Las puertas estaban abiertas al vestíbulo y todo el mundo miraba a todo el mundo. Fluorescentes obsoletos, suelos de linóleo, puertas de aluminio.

Nos llamaron y un celador nos guió a la zona de rayos. El laberinto de aquel hospital es un cuadro de despropósitos. Todos los hospitales son laberínticos y complicados, pero aquello era un catálogo de baldosas rotas, techos sucios, lámparas estropeadas, silencio, eco, pasillos de terrazo y vidrios sucios. Kilómetros de vacío y ascensores ruidosos y en muy mal estado.

Y aun así, nos daban ánimos y nos sonreían.

Nos dejaron en la antepuerta de la sala de rayos. Mi madre, medio dormida. Mi padre, apoyado en una camilla con su bastón y su cara de circunstancias, haciendo como que no le dolían todos los huesos. Yo, contando chistes y bromas absurdas para que no vieran lo mucho que odiaba aquel sitio apestoso, intentando aliviar aquella situación.

No sé cuánto tiempo esperamos, quizá una media hora. Salió un técnico y metió a mi madre a hacer las pruebas. Mi padre y yo fuimos a la mini sala de espera que nos indicaron. Había unas cinco personas más. Uno era grande, de esas personas que ocupan mucho sitio en todas las dimensiones, y tenía un tobillo al aire y en alto. Supongo que estaba esperando para una radiografía de dicho tobillo. También había un par de personas que no aparentaban nada raro, como un señor algo mayor y una mujer en chándal que estaba acompañando al grandullón. Había, además, una mujer bastante mayor paseando delante de la puerta, visiblemente nerviosa.

Al rato el tío grande empezó a despotricar. Se quejaba de la lentitud, se quejaba del servicio. Los demás asintieron y corearon lo que decía. Todos estaban hartos. Yo también, y mi padre, más, claro. Hasta ahi, todos de acuerdo.

Al poco empezó con los mantras: putos moros que pasan delante. Putos extranjeros que se cuelan. Putos guiris de mierda que vienen de gratis a que les demos medicinas por delante de los españoles. Puta gentuza que nos quita el trabajo, que nos roba la sanidad, que se aprovechan de nosotros. Y que, encima, nos tengan esperando por ellos, joder.

Y así todo. Sin gritar, sin aspavientos. Lo decía resignado. Intenso, pero no era un mitin político. Simplemente, estaba enumerando hechos. O lo que para él eran hechos. Y todos le coreaban y asentían. Nadie negaba, yo tampoco. Bastante tenía encima como para ponerme a discutir con un tipo de ciento treinta kilos enfadado. Sensatez y cansancio, quiero pensar, pero a veces creo que es cobardía pura y dura.

Al rato salió un técnico de rayos acompañando a una señora realmente mayor. La que estaba de pie fue a por ella y se la llevó a pasitos muy lentos. Debían de ser madre e hija. Solas, y debían de sumar entre las dos unos ciento cincuenta años.

Al poco sacaron a  mi madre en su silla de ruedas.

Así confirmamos que allí no había extranjeros. Allí todos éramos enfermos y acompañantes. No vi robo de servicios, ni aprovechamientos, ni nadie que se colara. No vi reproches por parte de los trabajadores del hospital, que tenían bastantes motivos para haberse quejado y, sin embargo, nos trataron de maravilla entre todo aquel desastre. Supongo que a la fuerza ahorcan.

Y yo me preguntaba por qué nadie se quejaba del sitio. Por qué nadie decía nada sobre aquel catálogo de los horrores al que llaman hospital. Por qué nadie pedía más personal, o que subieran el sueldo a aquellos trabajadores. O que abrieran una ventana. Yo qué sé. Algo.

Una vez solucionado el tema de mi madre, y ya en casa todos, pasé mucho tiempo dándole vueltas y me acordé de aquel tipo grande con el tobillo al aire. Tenía motivos para quejarse. Quería quejarse y creo que con razón. Necesitaba expresar su malestar, su necesidad de atención, pero no tenía palabras y, simplemente, usaba las que le han ido enseñando, esa gran cortina muy fácil de aprender y que tapa todos los males reales y que repiten un día tras otro en todos los medios de comunicación, bien por boca de los periodistas, bien por boca de nuestros representantes (¿?) políticos. No hace falta pensar, no hace falta analizar cada uno de los problemas porque es muy cansino, pero si a todo le achacamos el mismo mal, podemos quejarnos y desahogarnos creyendo decir algo, pero sin solucionar nada: la cupa de cualquier cosa es de la gente que no es como yo y a mí me tienen abandonado por su culpa.

Desde entonces, cada vez que escucho a un político por la tele, por la radio, o lo leo en la prensa, simplemente le deseo que le toque llevar a sus padres al hospital público, ese que se gestiona como ellos deciden que se tiene que gestionar.

Y luego, que me diga que es culpa de los extranjeros.

O de los catalanes.

O de los venezolanos.

O de lo que se le ocurra.

Eso sí, nunca suya.

Por supuesto, tampoco nuestra.

¿No?




martes, 12 de diciembre de 2017

CREENCIA

Un hecho real. O casi.

Soy un turista de fiestas religiosas. Me encanta ir de pueblo en pueblo viendo esas tradiciones que mezclan paganismo con catolicismo a partes iguales, donde sacar una figura de paseo por las calles del pueblo consigue que todo el mundo se calle, o ría, o aplauda, o llore.

Y, luego, todos borrachos.

Pero no creo en nada de eso. Me parece folclórico (signifique lo que signifique eso de folclórico) y, como toda tradición, una rutina más que una devoción.

Sí creo en la gente que cree. Porque de verdad lo cree, y ese sentimiento es fuerte y se debe respetar. Por lo menos en mi opinión, que no vale más que lo que vale la opinión de un turista.

Hay fiestas que cierran el año. Estas fiestas se arriesgan a tener mal tiempo. Ya no se trata de la típica fiesta de verano en la que el pueblo tiene la opción de llenarse de turistas que aprovechan sus vacaciones para sacar unas fotos, comer, beber y dejar su dinerito en el pueblo (como yo), sino que se deben más a la tradición y tienen que apechugar con cambios de clima otoñales, el frío y la temida lluvia.

Me comentaron que uno de los pueblos de la zona cierra la temporada de fiestas el último martes de Septiembre. Ese detalle, el de fijar un día no numérico para la celebración del patrón, me parece fascinante, así que retrasé mis vacaciones de verano un poco y aproveché para ir a disfrutar de la fiesta.

Llegué el fin de semana con buen tiempo. El domingo se empezó a torcer, el lunes hacía claramente frío y, el martes, en cuanto empezó la procesión, se puso a llover. Disfruté y me lo pasé bien, pero me mojé todo lo que quise. Es una zona seca, de clima extremos, con mucho calor en verano y mucho frío en invierno, pero de pocas lluvias... excepto la semana de la fiesta del pueblo, cuando siempre, invariablemente, llueve. Quince días antes disfrutaban de 35 grados y sequía, pero en cuanto empezaron los preparativos de la fiesta, cambió el clima, bajó la temperatura y se puso a llover. Volví de allí con un buen catarro y una bonita historia que contar.

Nadie se lo tomó a mal, sino como un mal menor porque estaban acostumbrados a la lluvia de las fiestas patronales. La leyenda popular dice que la figura del patrón está cómoda dentro de la iglesia, en su pedestal, y que cuando la mueven, se enfada y llueve. Que si no la movieran, no llovería. A mi me pareció algo folclórico, un poco más de mito a la tradición, eso de que llueva siempre, pero a las fuerzas vivas que querían una fiesta turística más bulliciosa no le hacía mucha gracia. Tener unas fiestas patronales pasadas por agua no es algo muy práctico para salir a la calle, organizar conciertos, teatros, pasacalles, vaquillas, etc.

Y también está ese pequeño tema del dinero. Hay que ganar dinero durante las fiestas, hay que aprovechar, hay que traer al turista, y si llueve, no hay turista que valga. Tras años de pelea con las fuerzas más tradicionales, la presión de las fuerzas vivas consiguió cambiar la fecha de la fiesta del patrón. Tomaron como ejemplo las famosas fiestas de esa capital tan famosa en la que corren toros, que pasó de invierno a verano por presión popular con gran éxito, y el ayuntamiento aceptó pasar la fecha de la fiesta del patrón a mediados de Agosto, en plena ola de calor y sequía.

Se consultó con el párroco y se aceptó cambiar también la parte religiosa, de tal manera que toda la fiesta, tanto la religiosa como la popular, pasarían a una fecha de sequía segura.

Cuando me contaron todo esto, decidí volver a als fiestas de este pueblo y ver cómo habría cambiado una celebración popular por el simple hecho de estar más o menos llena de gente, con más o menos calor, o sin lluvia. 

Efectivamente, me encontré el pueblo lleno, a rebosar de turistas habituales y turistas que habían ido específicamente a la fiesta, como yo. El ambiente era magnífico. Casi ni se podía andar por la calle durante los días previos, así que el día de la fiesta iba a ser todo un éxito. Se prepararon conciertos, teatros, pasacalles, todo al aire libre. Y vaquillas, por fin vaquillas sin patinar. Para una zona ganadera, lo de las vaquillas era un tema importante.

Durante ese par de días anteriores a la fiesta estuve hablando con la gente y me encontré disparidad de opiniones, como no podía ser menos. Estaban los encantados de la vida, que veían aquello como una gran oportunidad de poner el pueblo en el mapa, de darle una nueva vida. 

Estaban los fiesteros, que pasan de todo y sólo quieren pasárselo bien, ya sea navidad, semana santa, la fiesta patronal o el día de la abuela.

Y estaban los tradicionalistas. Este grupo era exclusivamente local. Sólo había que invitar a unos vinos a algún habitante del pueblo con cierta edad y te empezaban a torcer el gesto. Lo achaqué a esa reacción inevitable al cambio que se da ante cualquier modificación de una tradición o costumbre. Les ponía el ejemplo de esa capital donde corren los toros y, aun así, me torcían el gesto y con un simple ademán, desechaban el tema con el convencimiento de quien está seguro de que algo se está haciendo inevitablemente mal.

El lunes se hicieron actos previos ¡al aire libre!.

El martes se sacó el patrón de la iglesia ante un público más numeroso que nunca.

Y se puso a llover.

No se puede decir que hiciera frío, pero por las noches, además del paraguas, había que sacar la chaqueta. No se habían previsto estas lluvias y hubo que trasladar los conciertos al polideportivo, suspender un día las vaquillas para aplicar los sistemas antipatinaje, eliminar los pasacalles, cancelar los actos políticos en el balcón descubierto del ayuntamiento, se recogieron las terrazas... Un desastre.

Pero lo peor fue aguantar a los tradicionalistas. Te invitaban ellos a los vinos en el bar y te decían de mil maneras diferentes aquello de "te lo dije".

Desde entonces las fiestas se celebran otra vez el último martes de Septiembre. Se prevén los actos a cubierto, se pone un mercadillo con casetas cubiertas, la gente lleva calzado cerrado y, ¿sabes qué? Pues que se lo pasan de maravilla.

Nadie ha vuelto a sacar el tema. Ni se sospecha que a alguien se le pueda ocurrir intentar cambiar la fiesta porque, de cualquier modo, habrá que mover al patrón. 

Y si mueves al patrón... Bah, que no me lo creo, y seguro que fue casualidad.

Bueno, casi seguro.

miércoles, 14 de junio de 2017

JORNADA LABORAL

Un hecho real:

Nos encargaron hacer el inventario/valoración de una serie de viviendas, caseríos, parcelas, pabellones industriales, etc para una entidad oficial. Se suponía que habían avisado a los propietarios de que íbamos a ir para ese fin.

A mí me tocó ver los edificios residenciales: casas, pisos, caseríos, etc. Me dieron una serie de números de teléfono y contactos para quedar y visitar las fincas. Agrupé las visitas en un par de días esperando acabar sin problemas.

Lamentablemente, se corrió el rumor de que se iba a realizar una expropiación bestial y que íbamos allí para ver qué había y valorar por cuánto le iban a "robar" sus casas y caseríos a los habitantes de la zona, quienes nos esperaban de modos muy diversos, hasta el punto del surrealismo. 

Agotado y muy enfadado, escribí un resumen de la primera jornada. No es exagerado, incluso diría que me quedo corto en todo lo que pasé aquel día.

Ahí va el resumen no oficial de una jornada de 10 horas tal cual lo escribí en su día. He borrado la finalidad del trabajo y la localización:

- Primera visita a las 9:15.

- Chaparrón y gran calada. Lo habitual.

- Visita a un museo del hierro. Petición de valoración de las vistas y el sentimiento. "Si Txillida leku vale 80 millones, mi casa más."

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario.

- Me ha mordido un perro patada. Me he enterado porque me pesaba la pierna.

- Me han dado cuatro huevos de caserío. "no, mujer, que tengo que ir a visitar muchas casas, ¿qué hago con esto?" "Pues aquí te los dejo y cuando acabes los recoges."

- Al volver a por los huevos se me ha lanzado el perrillo de antes. Otra vez.

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario.

- Visita a una vivienda con anejo cuadra adaptada a minusválidos.

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario.

- Visita a la vivienda donde un domingo de hace treinta y cuatro años el propietario cogió la escopeta y mato a su mujer, a su hermana y a su cuñado. A un cuarto no lo mató por falta de cartuchos. "Si miras al techo, verás todavía los agujeros"

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario.

- Visita a un antiguo monasterio donde no había ni un religioso. "Tenían las troneras para ver a las monjas".

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario.

- Charla de diez minutos a la entrada y diez a la salida con el casero de 150 años que casi se me echa a llorar (literalmente)  txurra en mano y que me confirma que si no fuera porque es pecado, se liaría a tiros con estos socialistas que le van a robar su casa para (omito la finalidad). Varias veces repetido. Le creo cuando casi se echa a llorar otra vez y lanza la txurra contra el tractor por pura impotencia.

- Recepción con la siguiente frase: "¡¡eh, quieto, que mira lo que tengo en la mano!!". Lo de la mano era una piqueta de obra y el tío era el hijo del casero de los tiros, gritando desde la cumbrera del caserío para que no diera ni un paso ni p'adelante ni p'atrás. Yo, una estatua con los brazos en alto. Creo que no me la ha lanzado porque estaba hablando con su madre, la mujer del de los tiros.

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario. No me han creído, me han hecho llamar al jefe y finalmente me han pedido que volviera el lunes.

- Visita a una mujer de unos ciento veinte años que me pide que no la saque en las fotos fumando.

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario.

- Visita a una mujer que me pide que no saque sus pájaros en las fotos.

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario.

- Información de la vecina de arriba: "hace tiempo vino uno de la diputación a ver al vecino de abajo y le dijo que se buscase la vida, que iban a quitar todas estas casas". Eso es delicadeza. Y a mí me piden discreción.

- Charla a través de una valla con una señora en pijama para quedar el miércoles mientras se lía a golpes de paraguas plegable con su perro de doscientos kilos y más alto que la valla para que nos deje hablar. Infructuosamente, por supuesto. Hemos quedado mañana a las guau guau guau.

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo un inventario. Respuesta de la señora: "ah, sí, para ver por cuánto nos compran la casa cuando pongan lo de (omito la finalidad), ¿no?".

- Son las 14:25, me tengo que ir a Irun a las 15:00 para ver si puedo comer a las 15:45 en Donosti.

- Con las lentejas puestas, cita a las 16:30 concertada ayer para escuchar lo siguiente: "no, no te dejo entrar en mi casa". Así en tres viviendas seguidas. ¿Y para eso hemos quedado hoy?

- Explicación a la propiedad: estoy haciendo… bueno, eso. Que ya, ya…

- Vuelta al estudio para ordenar la información: 15 visitas, 67 fotos, 11 croquis, no está mal.

- Suena el teléfono hacia las 18:00 y me preguntan que qué hago asustando a la gente con lo de la expropiación de las casas de (omito el lugar)


- Explicación: estoy haciendo… nada, no estoy haciendo nada porque nadie me cree.