martes, 17 de abril de 2018

NO LE GUSTA

Al niño de diez años que sale en la foto programando un robot le gustan el 99'99% de las cosas de este mundo.

Se puede quedar extasiado mirando al mar. Puede pasarse horas escuchando la misma canción. Puede montar y desmontar una maqueta siete veces en una tarde para ver cómo queda mejor. Puede quedarse fascinado con un avión de papel, descubrir la física, los chistes de la geometría, la naturaleza de los números. Puede reirse como un loco cuando te hace un chiste sobre el infinito al igual que cuando suena un eructo en los dibus o imita el ruido de un pedo con el sobaco. Puede rehacer un programa informático meses y meses hasta hacer un juego alucinante... que no compartirá con nadie. Tampoco lo intentará, claro, porque piensa que a nadie puede interesarle nada de lo suyo.


Y es que hay una (¡una!) cosa que no le gusta y que, sin embargo, es el eje alrededor del que circulan el resto del mundo, tanto chavales como padres, como centros educativos:

No le gusta el fútbol.

Siendo crudos y sinceros, sin caretas ni tonterías, le deberíamos llamar "ateo", o "infiel", quizá "hereje", ya que no comparte la fe por un culto dominante; pero según las convenciones sociales actuales, eso lo convierte simplemente en un niño "raro". Podríamos decir que es diferente, o que tiene personalidad, o que no quiere perder el tiempo con el deporte, o que tiene otros intereses, o que, simplemente, no le gusta el fútbol. Pero no lo decimos y le ponemos la etiqueta de "raro".

Acertadamente, ya que "raro", según la RAE significa:

DLE: raro, ra - Diccionario de la lengua española - Edición del Tricentenario
1. adj. Que se comporta de un modo inhabitual.
2. adj. Extraordinario, poco común o frecuente.
3. adj. Escaso en su clase o especie.
4. adj. Insigne, sobresaliente o excelente en su línea.
5. adj. Extravagante de genio o de comportamiento y propenso a singularizarse.

Por supuesto, sucede que a su edad es el fútbol el que manda, pero podría haber sido otra cosa en otra época, y quizá le habría tocado a otro niño ser el raro. Puede que en un par de años sea tu hija la "gorda", o tu hijo el "cara crater", o... o cualquiera.

Pero ahora es el fútbol a un nivel de saturación plena. Podría quedarse de portero en el recreo. Podría animar. Podría ir a ver los partidos. Podría intentar que le gustase, pero es que, insisto: no le gusta el fútbol.

Y, así, como no juega ni está en ningún equipo, se pierde los ratos de enfado, los ratos de peleas, de insultos, de risas, de bromas, de camaradería, el odio al enemigo, el respeto a la derrota. Se pierde los viajes, la disciplina, el orden, la sumisión, la jerarquía, el moverse con los compañeros fuera de clase, fuera de la semana laboral. Se pierde ser de la manada, del grupo, de la tribu.

Y, así, cada lunes está un poquito más lejos de los demás.

Y, así, cada recreo se aparta y mira.

Y, así, no aprende a compartir, no aprende a quedar, no le dan el número de teléfono y no aprende a pedirlo, no está en el grupo de amigos del móvil, no se acuerdan de él cuando hay un cambio rápido. No participa en las bromas, no entiende los chistes y se pierde completamente en los detalles. Es molesto porque no puede seguir el ritmo del grupo. Y, como es lógico, el grupo se cansa y suelta lastre.

Y, así, aprende que no es necesario para los demás, que no es imprescindible, que no influye en nada ni en nadie porque, la experiencia se lo dice, todo sigue su rumbo sin él. Es una lección que los adultos aprendemos con el tiempo y podemos asumirla o reprimirla, pero un niño en esta situación aprende a ver la vida por una ventana sintiéndose completamente ajeno a ella, creyendo que la vida es eso de la gente "normal", o lo de las películas, o lo de los libros, sin entender que su vida es suya y que puede hacer con ella lo que a él más le guste.

¿Cómo explicarle que todo esto pasará, que encontrará su camino, que, quiera o no, tendrá una vida y que esa vida todavía está por empezar? ¿Cómo darle la tranquilidad que necesita para compartir sus ideas sin miedo al rechazo o la burla? ¿Cómo explicarle que son personas como él las que dan color al grupo, las que permanecen coherentes toda la vida sin acusar el desgaste del aburrimiento y la rutina que acabará afectando a todas esos que hoy son estrellas?

Qué bonito queda en las novelas, en las películas, en las fábulas con moralina final, cuando enseñan que hay que tener personalidad, ser uno mismo, seguir firmemente el camino sin dejarse llevar por modas o dogmas de fe sin sentido. Qué bien queda el protagonista cuando la chica se da cuenta y, juntos, forman una vida en común perfecta y maravillosa y bla y bla y bla...

Pero es mentira, y ser firme con diez, doce, trece, quince años es imposible. Y es duro, y es muy doloroso, e impide el desarrollo pleno de la persona que podría ser.

Crecerá escuchando constantemente el cuchicheo que siempre suena cuando pasa alguien diferente, un freak, un bicho raro, y no podrá menos que creérselo. A lo mejor será cierto porque no todo el mundo va a estar equivocado, ¿verdad?

Pero me niego. Me niego a aceptar que la mayoría tiene la razón. Me niego a pensar que una foto que a cualquiera puede hacer explotar el pecho de orgullo sea la causa de la tristeza de una persona y de la destrucción de un futuro por pura desidia mía, nuestra.

Me niego a asumir que vivo en una sociedad donde la religión dominante con sus ídolos millonarios condicionen la vida de un cerebro privilegiado malogrando todas las aportaciones que podrá hacer en el futuro para conseguir un mundo un poquito mejor en vez de soñar con una camiseta y un ferrari como el ídolo descerebrado y perfectamente sustituible del fútbol.

Curioso mundo este nuestro en el que quien no puede seguir el ritmo de los demás es quien con 10 años programa robots, y no al revés.

Y ASÍ CADA NOCHE

Cuántas horas, cuánto esfuerzo, cuánto empeño en sacar adelante ese párrafo, esa línea curva, la composición de esa fachada, el color de la fotografía, esa nota con su acorde...

Cuánta vergüenza consumida, cuánto pudor perdido para preguntar, cuánto sufrimiento por aprender técnicas, movimientos, estilos...

Cuántas horas de sueño empeñadas en publicar, compartir, ordenar, dar forma y que alguien pueda oír esa canción, ver ese dibujo, disfrutar esos colores, saborear esa pintura, habitar esa casa, repetir hasta el aburrimiento esa poesía...

Cuánta vida derrochada para que, al final, cuando lo veas publicado, suene, se construya, se forje, se levante o, en definitiva, escape libre del control de tu parte creativa...

...te des cuenta de que no tienes ni una miserable gota de talento.

martes, 10 de abril de 2018

DEL LUGAR


Sobre la pizarra del suelo, mampostería basta de caliza y pizarra de la zona unidas con mortero de cal del lugar.
Sobre el muro de piedra, adobes hechos con barro y paja, moldeados en el mismo lugar.
Sobre el adobe, madera de encina y roble, todos de los bosques del lugar.
Sobre la madera, tejas cocidas con arcilla de la zona.
Cubriéndolo todo, cal morena. También hecha en el entorno.


Perdonadme si me asombro cuando escucho a los que venden esa nueva "arquitectura sostenible".

O "ecológica".

O del lugar.

domingo, 18 de marzo de 2018

PETICIÓN DE PENA

Su señoría, tras las conclusiones obtenidas con las pruebas y declaraciones realizadas a lo largo de este juicio, el ministerio fiscal desiste de pedir la prisión permanente revisable para el acusado.

Sostenemos, y las pruebas y declaraciones así lo han confirmado, que el acusado es un peligro para la estabilidad de esta sociedad y que no merece estar entre la gente de bien que le da forma.

Entre otras cosas, alegamos que:

- Se le encontró material subversivo, así como textos escritos blasfemando contra nuestro señor allá en los cielos, vulnerando el Acta de Libertad Religiosa para la Garantía de un Estado Láico.

- Se confirma el hecho de compartir vídeos sobre las fuerzas de seguridad en acto de servicio mientras protegían la sagrada institución de la soberanía popular.

- Se confirma el hecho de seguidismo a partidos radicales, extremistas y no afiliados a la unión de partidos democráticos S.A, declarados por ello proscritos a la espera de su afiliación a la asociación de Banca Partidista Nacional para la Libertad de Opinión.

- Se han obtenido imágenes del acusado en manifestaciones con el peligroso colectivo de pensionistas que, como bien es conocido por todos, ha sido declarado grupo terrorista recientemente.

- Se han obtenido imágenes del acusado en manifestaciones con el colectivo del sector sanitario que, como saben, vulnera el Estatuto de Reparto de Enfermos y Medicamentos de la actual y vigente ley de Externalización de Moribundos y Enfermos crónicos.

- Se ha comprobado la posesión de células solares fotovoltaicas para autoconsumo en el domicilio particular del acusado.

- Se ha confiscado un ordenador personal que no está conectado a la red, vulnerando así la ley de Protección de la Intimidad y Vigilancia de Actos Indeseables.

- Se ha confiscado la nada despreciable cantidad de 36'50 euros en metálico, así como la posesión de una única cuenta corriente, acto contrario a la Ley de Reparto de Beneficios Bancarios para la Democracia que obliga a tener por lo menos tres, y en dos entidades bancarias diferentes al amparo de la Ley Antimonopolio del Populacho.

- Se han obtenido resguardos de entradas de conciertos, cine y teatro para ver obras firmadas por autores que actualmente (y por suerte para la sociedad) ya están en la cárcel o proscritos según la ley de Buenas Maneras de Expresión y Vocabulario.

- Se han obtenido testimonios de testigo que afirman haber oído al acusado decir cosas tan contrarias a la ley como "fistro", "aikandemor" y "pecador de la pradera" ante niños y personas desfavorecidas.

- Se ha confiscado un libro de texto de hace unos años, concretamente del curso de cuarto de la ESO en el que el acusado pintó barba, gafas y bigotes a nuestra majestad Felipe II, haciendo, además, comentarios sobre el infundio de la pérdida de la santa armada invencible, acto contrario al artículo 659.2-3b ocho bis-c de nuestra carta magna en el que claramente se establece que las instituciones del estado son inviolables, así como la infalibilidad de sus majestades pasadas, presentes y futuras.

... y así un largo etcétera que ya hemos ido desgranando durante este juicio.

Sin embargo, y pese a tan graves hechos que han sido demostrados, retiramos nuestra petición de Prisión Permanente Revisable. No creemos justificado que una persona, por muy indeseable que sea, pase el resto de su vida encerrado en un centro penitenciario de una manera ilógicamente costosa, pudiendo, además, tener opción a revisar su condena y lograr de esta manera eludir la obligación de pasar el resto de sus días entre rejas.

Por lo tanto, y amparándonos en la ley de Estado Electoral Perpetuo recientemente aprobada por unanimidad en el congreso, procedemos a solicitar la pena de muerte para el acusado.

Gracias, señoría.

martes, 19 de diciembre de 2017

DECLARACIONES TRAS EL ACTO

EL PADRE
Consentido por su madre toda la vida. Yo ya no tengo hijo. Para mí ya no existe. No tengo nada que decir.

LA MADRE
Criamos un buen hombre. No lo educamos para acabar de esta manera. Era un buen niño. Algo inquieto, se metía de vez en cuando en algún lío con los demás chavales del cole, pero nunca nos dió verdaderos problemas. Buenas notas, acabó la universidad sin sobresaltos, consiguió un buen trabajo...Cómo íbamos a pensar que fuera a acabar así. Supongo que las malas compañías, los amigos... ya sabe.

LOS AMIGOS
Flipando. Estamos flipando. ¿pero cómo se le ocurre? ¡No, claro que no sabíamos nada! ¿Te crees que no habíamos intentado algo para que no lo hiciera? Nos enteramos cuando lo vimos en la tele, tío, ¡qué fuerte! Rodeado de esa gentuza y todos esos periodistas alrededor. Pregúntale a su novia, que algo habrá tenido que ver.

LA NOVIA
Ex-novia. Pon ahi que de novia, nada. Ya no quiero saber nada de él. Media vida juntos y me tengo que enterar así de lo que tenía en la cabeza. Ni una vez me lo comentó. ¡Ni una! Y claro que lo habría intentado disuadir. Por supuesto. Es que era algo impensable en él. Yo le quería y de haber sabido esto, ni me habría acercado. ¡Qué asco, ya no se puede caer más bajo!

EL JEFE DE CAMPAÑA
Sí, por supuesto: ¡es el mejor candidato que nuestro partido podría desear y será un buen presidente cuando gane las próximas elecciones! ¡Y ganaremos! ¡Y levantaremos este país, y se acabará la desigualdad, la injusticia! ¡Viva la libertad, la democracia y el estado de derecho! ¡¡Gracias, gracias, espero su voto para nuestro candidato!!.

martes, 12 de diciembre de 2017

CREENCIA

Un hecho real. O casi.

Soy un turista de fiestas religiosas. Me encanta ir de pueblo en pueblo viendo esas tradiciones que mezclan paganismo con catolicismo a partes iguales, donde sacar una figura de paseo por las calles del pueblo consigue que todo el mundo se calle, o ría, o aplauda, o llore.

Y, luego, todos borrachos.

Pero no creo en nada de eso. Me parece folclórico (signifique lo que signifique eso de folclórico) y, como toda tradición, una rutina más que una devoción.

Sí creo en la gente que cree. Porque de verdad lo cree, y ese sentimiento es fuerte y se debe respetar. Por lo menos en mi opinión, que no vale más que lo que vale la opinión de un turista.

Hay fiestas que cierran el año. Estas fiestas se arriesgan a tener mal tiempo. Ya no se trata de la típica fiesta de verano en la que el pueblo tiene la opción de llenarse de turistas que aprovechan sus vacaciones para sacar unas fotos, comer, beber y dejar su dinerito en el pueblo (como yo), sino que se deben más a la tradición y tienen que apechugar con cambios de clima otoñales, el frío y la temida lluvia.

Me comentaron que uno de los pueblos de la zona cierra la temporada de fiestas el último martes de Septiembre. Ese detalle, el de fijar un día no numérico para la celebración del patrón, me parece fascinante, así que retrasé mis vacaciones de verano un poco y aproveché para ir a disfrutar de la fiesta.

Llegué el fin de semana con buen tiempo. El domingo se empezó a torcer, el lunes hacía claramente frío y, el martes, en cuanto empezó la procesión, se puso a llover. Disfruté y me lo pasé bien, pero me mojé todo lo que quise. Es una zona seca, de clima extremos, con mucho calor en verano y mucho frío en invierno, pero de pocas lluvias... excepto la semana de la fiesta del pueblo, cuando siempre, invariablemente, llueve. Quince días antes disfrutaban de 35 grados y sequía, pero en cuanto empezaron los preparativos de la fiesta, cambió el clima, bajó la temperatura y se puso a llover. Volví de allí con un buen catarro y una bonita historia que contar.

Nadie se lo tomó a mal, sino como un mal menor porque estaban acostumbrados a la lluvia de las fiestas patronales. La leyenda popular dice que la figura del patrón está cómoda dentro de la iglesia, en su pedestal, y que cuando la mueven, se enfada y llueve. Que si no la movieran, no llovería. A mi me pareció algo folclórico, un poco más de mito a la tradición, eso de que llueva siempre, pero a las fuerzas vivas que querían una fiesta turística más bulliciosa no le hacía mucha gracia. Tener unas fiestas patronales pasadas por agua no es algo muy práctico para salir a la calle, organizar conciertos, teatros, pasacalles, vaquillas, etc.

Y también está ese pequeño tema del dinero. Hay que ganar dinero durante las fiestas, hay que aprovechar, hay que traer al turista, y si llueve, no hay turista que valga. Tras años de pelea con las fuerzas más tradicionales, la presión de las fuerzas vivas consiguió cambiar la fecha de la fiesta del patrón. Tomaron como ejemplo las famosas fiestas de esa capital tan famosa en la que corren toros, que pasó de invierno a verano por presión popular con gran éxito, y el ayuntamiento aceptó pasar la fecha de la fiesta del patrón a mediados de Agosto, en plena ola de calor y sequía.

Se consultó con el párroco y se aceptó cambiar también la parte religiosa, de tal manera que toda la fiesta, tanto la religiosa como la popular, pasarían a una fecha de sequía segura.

Cuando me contaron todo esto, decidí volver a als fiestas de este pueblo y ver cómo habría cambiado una celebración popular por el simple hecho de estar más o menos llena de gente, con más o menos calor, o sin lluvia. 

Efectivamente, me encontré el pueblo lleno, a rebosar de turistas habituales y turistas que habían ido específicamente a la fiesta, como yo. El ambiente era magnífico. Casi ni se podía andar por la calle durante los días previos, así que el día de la fiesta iba a ser todo un éxito. Se prepararon conciertos, teatros, pasacalles, todo al aire libre. Y vaquillas, por fin vaquillas sin patinar. Para una zona ganadera, lo de las vaquillas era un tema importante.

Durante ese par de días anteriores a la fiesta estuve hablando con la gente y me encontré disparidad de opiniones, como no podía ser menos. Estaban los encantados de la vida, que veían aquello como una gran oportunidad de poner el pueblo en el mapa, de darle una nueva vida. 

Estaban los fiesteros, que pasan de todo y sólo quieren pasárselo bien, ya sea navidad, semana santa, la fiesta patronal o el día de la abuela.

Y estaban los tradicionalistas. Este grupo era exclusivamente local. Sólo había que invitar a unos vinos a algún habitante del pueblo con cierta edad y te empezaban a torcer el gesto. Lo achaqué a esa reacción inevitable al cambio que se da ante cualquier modificación de una tradición o costumbre. Les ponía el ejemplo de esa capital donde corren los toros y, aun así, me torcían el gesto y con un simple ademán, desechaban el tema con el convencimiento de quien está seguro de que algo se está haciendo inevitablemente mal.

El lunes se hicieron actos previos ¡al aire libre!.

El martes se sacó el patrón de la iglesia ante un público más numeroso que nunca.

Y se puso a llover.

No se puede decir que hiciera frío, pero por las noches, además del paraguas, había que sacar la chaqueta. No se habían previsto estas lluvias y hubo que trasladar los conciertos al polideportivo, suspender un día las vaquillas para aplicar los sistemas antipatinaje, eliminar los pasacalles, cancelar los actos políticos en el balcón descubierto del ayuntamiento, se recogieron las terrazas... Un desastre.

Pero lo peor fue aguantar a los tradicionalistas. Te invitaban ellos a los vinos en el bar y te decían de mil maneras diferentes aquello de "te lo dije".

Desde entonces las fiestas se celebran otra vez el último martes de Septiembre. Se prevén los actos a cubierto, se pone un mercadillo con casetas cubiertas, la gente lleva calzado cerrado y, ¿sabes qué? Pues que se lo pasan de maravilla.

Nadie ha vuelto a sacar el tema. Ni se sospecha que a alguien se le pueda ocurrir intentar cambiar la fiesta porque, de cualquier modo, habrá que mover al patrón. 

Y si mueves al patrón... Bah, que no me lo creo, y seguro que fue casualidad.

Bueno, casi seguro.

jueves, 16 de noviembre de 2017

SUICIDA

Cuando el juez de guardia llega a lugar de los hechos, la policía ya está acabando con su tarea. En una esquina, la psicóloga consuela a la mujer de la víctima, en la otra, los de la científica van recogiendo su material.

El juez se acerca al inspector al cargo y le pide un resumen. El policía lee sus notas:

- A eso de las 3 de la mañana, el teléfono de emergencias recibe una llamada de una mujer llorando y pidiendo ayuda para su marido. Los médicos de la ambulancia llegan al lugar de los hechos y se encuentran el cuerpo del hombre sentado en el sofá, pero no pueden hacer nada por él. Cuando llegamos nosotros, nos encontramos la escena que está viendo, señor juez. Tomamos declaración a la mujer, muestras y esperamos al personal del juzgado.

Efectivamente, el juez se encuentra con una escena dantesca. El cuerpo del hombre está sentado, en pijama, con una mano metida en un cuenco con patatas fritas con sabor a rayos, con la otra en el mando a distancia, los ojos desorbitados, muertos, inerte para siempre. Detrás, contra la pared, aparecen desparramados los efectos del impacto: ideas por acabar, pretensiones, sueños, esperanzas, frustraciones, obras de arte por pintar, esculturas por cincelar, novelas por escribir, música por disfrutar, vida en común, familia, amigos...

Debía de ser un hombre activo, inteligente, con mucha vida interior porque los efectos del impacto han desparramado mucho material por la pared.

El juez se acerca al cuerpo, le pasa la mano por delante de los ojos y no recibe respuesta ninguna.

En fin, piensa, hay peores maneras de dejar de vivir.

Se acerca a la mesita de la sala donde se encuentra la nota que ha dejado la víctima: "Estoy cansado. No dejo de pensar, pero mi opinión no sirve para nada. Para vivir así, prefiero vivir como los demás. Confieso que yo encenderé el aparato de televisión, nadie tiene la culpa. Adiós. Te quiero"

- Apunte - le dice al secretario -: según el relato de los agentes y las pruebas físicas (aun por confirmar según informes técnicos preceptivos), se confirma que el sujeto presenta estado de muerte intelectual. Causa: suicidio mental por sobredosis de programación de tv mediante impacto directo.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

INVISIBLE

El inspector entra visiblemente enfadado en la sala de detenciones. Los dos agentes que han traído esposado al hombre que espera sentado tienen cara de circunstancias. Saben que no conviene molestar así al jefe, pero esto les supera.

- ¿Por qué está detenido? - pregunta el inspector a los agentes.

- Un altercado - dice el más alto -. Se puso violento en una tienda de ropa en un centro comercial y montó tal follón que acabaron llamándonos.

- ¿Cómo de grande el follón?

- Pues la dependienta aterrorizada, dos seguratas con los dientes por los suelos, percheros volando, ropa desparramada... lo habitual de un pirado. Lo redujeron entre seis y cuando llegamos ya lo tenían bien atado.

- ¿Drogas, alcohol, enfermedades mentales?

- Nada, señor, una persona normal y corriente.

- Entonces, ¿a qué vino semejante histeria?

- Dice que fue a comprar una camisa, que llevaba toda la tarde en el centro comercial y que cuando finalmente la encontró y quiso pagarla, la dependienta no quiso atenderle.

- ¿Es eso cierto?

- Hemos hablado con la chica y nos jura que no le vió. Que sólo se dió cuenta de que había alguien intentando pagar cuando empezó a ponerse violento y que, claro, le contestó mal, discutieron, llamó a seguridad... vaya, que la liaron bien liada. 

- ¿Y él qué dice?

- Que se puso a la cola, que sacó la tarjeta de crédito, que carraspeó, llamó, hizo gestos y que, sin embargo, la chica no quería mirarle. Que estaban a menos de un metro el uno del otro simplemente separados por el mostrador y que ella se dedicaba a ordenar el mostrador, recoger cajas, mirar papeles y cosas así. Entonces se puso a dar golpes y cuando la chica le recriminó y le dijo que no le había visto, él se puso a gritar que estaba harto de tanto ninguneo, saltó el mostrador, cogió unas tijeras, destrozó las tarjeta de crédito, prendió fuego a su cartera, machacó su teléfono... Cuando llegaron los de seguridad tenía ya media tienda patas arriba.

- Ya... - el inspector enarca las cejas, cansado -. ¿Y para un altercado de mierda me habéis hecho venir hasta aquí? ¿Es que no sabéis meter a este al calabozo y pasárselo al juez?

Los dos agentes se miran. El alto traga saliva y el otro busca pelusillas en la manga de su uniforme. Finalmente, el alto se decide.

- Verá, señor, es que no podemos identificarlo.

- ¿Cómo que no? ¿Y el dni, o las tarjetas o algo similar?

- Todo ardió, señor.

- ¿Y con las huellas, algo de antecedentes, su nombre?

- Nada. Y se niega a hablar.

- Algo lo definirá, ¿no?

- Bueno, señor - dice el más bajo - la verdad es que hemos buscado y no hemos encontrado nada. No es una mujer, no tiene menos de 35 ni más de 45 años, no es transexual, no está en paro, no vive en la calle, no es zurdo, no lleva gafas, no está enfermo, no es inmigrante, no tiene tatuajes, no tiene piercings, no tiene anillo de casado, no está en la base de huellas de criminales, ni de protegidos, no tiene barba, ni bigote, ni los dientes torcidos o perfectos, no lleva crucifijos, medias lunas, estrellas, símbolos religiosos de ningún tipo, no entró en tiendas de esoterismo, comida sana, deporte o estética, no tiene coche...

- Maldición - dice el inspector -, creo que ambos tienen razón: la dependienta no lo pudo ver.

- ¿Cómo puede ser eso, señor?

- Está bien claro: no es nadie.

miércoles, 30 de agosto de 2017

MIS MANOS

Tengo dos manos. Cada mano, cinco dedos. 

Mis manos son lo que más veo cada día desde que nací. Están delante de mí. Cogen las cosas, teclean, tocan, trabajan siempre delante de mis ojos. Es normal que conozca bien mis manos.

Mis manos no han tenido grandes castigos. Un dedo un poco torcido por un balonazo, una cicatriz casi invisible en la mano derecha, un reloj al final de la izquierda.

No son manos que hayan trabajado. Mis manos teclean, dibujan, pulsan, tocan, pero no golpean, no arañan, no se agarran con todas sus fuerzas. No son manos para el campo, para el ladrillo, para la máquina. Nunca lo han tenido que ser, no saben cómo serlo. Puede que algún día lo tengan que ser.

Mis manos son, por lo tanto, manos jóvenes. 

Mis manos son las mismas manos que llevo viendo desde que recuerdo. 

Ayer mi hijo pequeño me cogió de la mano con su mano.

Pero la mano que vi en la suya era la mano arrugada de una persona mayor. No era mi mano. No reconocí mi mano. De golpe estaba áspera, torcida, torpe, avejentada y con aspecto de estar bastante cansada.

Hoy, mientras tecleo, miro mis manos. Vuelven a ser mis manos. Se mueven rápidas sobre el teclado, ágiles y con un repiqueteo rítmico de los dedos. Son mis manos de siempre.

Pero dudo de si realmente veo mis manos y cojo a mi hijo de su mano.

Y comparo.

Y al comparar, empiezo a comprender realmente cómo son mis manos.

lunes, 21 de agosto de 2017

EN AQUEL BAR

Una reflexión.

Hace unos cuantos (muchos) años, estábamos embutidos entre la masa formada por guiris y locales dentro de un estrechísimo bar a horas relativamente intempestivas intentando que los camareros nos atendieran y nos sirvieran unas cervezas.

La música estaba a tope, la gente gritaba al oido del compañero para poder entenderse (aunque a esas horas, no sé yo si nadie se entendía mucho) y el ambiente estaba cargadísimo de todo tipo de olores, masas, luces y demás sensaciones que a esas horas te parecen de lo más normal.

Posiblemente estaría sonando por los altavoces la canción de moda de aquel año. No había llegado el reguetón, no había llegado todavía el dans, no habían llegado muchas cosas de esas, pero podemos decir sin equivocarnos que el ambiente generado en aquella época y el actual es el mismo, con la diferencia del tabaco, por supuesto.

De pronto, se fue la luz.

Silencio.
Oscuridad.

Algún borracho empezó a protestar, otros a reírse, otros a aplaudir. Cualquier ruido gracioso valía, pero de allí no se iba nadie.

En pocos instantes, antes de que nadie pudiera decidir nada (claro, con la copa en la mano no te ibas a escapar), los camareros sacaron velas (¡VELAS!) y empezaron a iluminar toda la barra. Siguieron sirviendo copas, cervezas y cobrando a su ritmo, así que si ellos no iban a parar, los demás, tampoco.

Entonces ocurrió algo muy curioso: alguien empezó a cantar. No recuerdo qué canción. Seguramente alguna canción marinera, alguna cosa de esas que sólo te atreves a cantar cuando la cerveza te impide ver el ridículo que estás haciendo ("y cómo es él" de José Luis Perales, o "sigo siendo el Rey" de José Alfredo Jiménez, pero nunca "Asturias patria querida", que nadie se la conoce más allá del inicio), pero era una de esas canciones que casi todo el mundo se sabía.

Y los demás siguieron cantando. Una canción, otra canción, aplausos, otra canción, unas risas...

No recuerdo cuánto duró aquello, pero sí recuerdo que cuando volvió la luz, volvió la música y volvió el ambiente de "bar de moda", se escuchó un sonoro "ooooooooooh" por parte del personal. Cierto que no duró mucho, pero se escuchó claramente. Creo que todos sentimos esa sensación de perder nuestra fiesta. Nuestra, exclusiva, colectiva dentro de un recinto propio, diferente a lo que te podías encontrar en el bar de al lado.

Me acuerdo de aquello ahora porque me dicen (hoy) los chavales que se aburren. Que les diga qué hacer. ¿Yo? ¿Decirles qué hacer? ¿A unos chavales? ¡En mi vida he pedido yo que me dijeran qué hacer para no aburrirme! Y eso que me he aburrido todo lo que me ha dado la gana y más, como todo el mundo, pero jamás se me habría pasado por la cabeza pedirle a mi padre que me dijera qué hacer para divertirme.

Así que cada vez que oigo una cosa similar, me preguntó qué harán estos chavales míos cuando estén en un lugar de fiesta y se les vaya la luz. 

O cuando quieran cantar y no tengan música.

O cuando quieran hacer algo y no sepan cómo ni qué.

Habrá que probarlo.

miércoles, 12 de julio de 2017

FE

Cuando los de la Brigada para la Libertad Religiosa derriban mi puerta, yo ya les estoy esperando cómodamente sentado a la mesa de la cocina. Me estoy tomando el que, posiblemente, sea mi último café en mucho tiempo. Me he preparado unas tostadas con su mantequilla y todo. También me he puesto ropa cómoda, pero resistente. Sé que me esperan muchos días de calabozo e interrogatorio. Sé qué tipo de interrogatorio va a ser, y lo sé porque hasta esta misma mañana yo he sido inspector de la Brigada para la Libertad Religiosa.

Me lo olía desde hace tiempo, pero no he sabido que vendrían a por mí hasta que esta tarde he llegado a casa y me he encontrado una pintada en la puerta: Hereje, ponía. Hereje. Hay que joderse. Ya no sabemos ni utilizar las palabras. Por lo menos la han escrito con "H", que ya es mucho. Me definiría más bien como ateo, pero es que eso del ateísmo todavía (insisto: todavía) no está penado por la ley y lo de hereje suena mucho mejor para la prensa.

Para ser culpable de herejía hay que discrepar estando en la fe o haber pertenecido a una de las congregaciones, y de todos es sabido que yo no pertenezco a ninguna. Es cierto que de pequeño seguí un poco la Doctrina. Recuerdo domingos en familia acudiendo al Templo e incluso disfrutando de la ceremonia, pero siempre he preferido pensar que era por estar con la familia, no por la creencia o la ceremonia en sí misma. Por lo tanto, no puedo ser hereje. Quizá mi abogado (si me conceden uno, claro, que esa es otra historia...) intente seguir por esta línea de defensa, pero dudo mucho que ahora mismo haya abogados dispuestos a defender con ganas a un acusado de Herejía.

Tampoco es que me entusiasme mucho lo de ser libre en un país donde la Herejía está penada con la perpet... Perdón: con prisión permanente revisable.

Los primeros que entran son los del Grupo Especial, esos que van de negro, con el casco, el chaleco, las luces molonas, las gafas superchulas y toda esa jerga de "afirmativo, te copio, oquei, negativo, repito, negativo" y esos gestos que hacen con las manos para hablar como los sordos. La cosa es que cuando derriban mi puerta no actúan en silencio. La diferencia entre las casas de las películas y mi casa es que yo vivo en un piso normalito, con muchos vecinos, un edificio vejete que tiene los suelos de terrazo y la escalera abierta a todos los rellanos. Vamos, que se escucha todo. Si alguien está hablando en el portal, los del cuarto nos enteramos de todo. Y si lo que entra por el portal es una manada de bestias de 2x2 armados hasta los dientes, por mucho que no hablen, se les oye subir.

¿Sabes qué pasa si dejas la puerta abierta y le dan con un ariete? Pues eso, que no se rompe, sino que rebota y le vuelve al del ariete a toda velocidad. No influye en el resultado final, pero ver el salto que pegan cuando ven la puerta volver mola un rato y aprovecho para sonreir con todos mis dientes (los echaré de menos).

Como no quiero darles motivos, he dejado mi placa y mi pistola encima de la cocina, muy lejos de mi alcance, pero a la vista de los que entran. Nada de dispararme en defensa propia, no, no, no, no. Aun así, me lanzan una descarga eléctrica. Estoy sentado con las manos sobre la mesa, los pies separados, la cara levantada hacia ellos, sin elementos peligrosos a mi alcance (un tenedor, por ejemplo, o una espumadera, o un temible palillo para los dientes) y no tienen otra idea que derribarme a descargas. ¡Que la puerta estaba abierta y ya me había rendido, joder!

Pero da lo mismo: son los del GE, y tienen que comportarse como GE, que para eso les pagan.

El inspector encargado de detenerme es un chico joven, nacido en la época dorada de los Ídolos, no como yo, que todavía recuerdo a los de la Doctrina trabajando únicamente por placer. Lo he tenido de refuerzo esta última temporada mientras estábamos investigando lo de la secta LFP, pero tengo la sensación (ya no: ahora tengo la certeza) de que es un adepto que ha caído en la fe y me ha denunciado. Nunca lo sabré porque las acusaciones de herejía pueden ser anónimas. Lo malo de este caso es que si ha sido él tendrá muchísimas pruebas contra mí. Para empezar, cuánto nos hemos reído de las siglas de esta mierda de secta: Laxos y Fofos Penes, Locos Feos y Palurdos, Los Falsos Profetas, Laca Fijador y Peluca, Lerdos Fantasmas Pichaflojas, etc, etc, etc. En la brigada siempre hemos hecho algo similar con las sectas a las que hemos investigado porque le quita seriedad. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de fe, y la fe es algo tan intenso que sobrepasa a la propia persona que la tiene. Nos tomamos nuestros casos en serio, pero siempre es necesario un desahogo. Ahora mismo todo desahogo adoptado en el caso de la LFP será considerado Herejía.

Lo siguiente es destrozar mi piso en busca de pruebas. Seguro que las hay. No sé dónde ni cuáles, pero estoy seguro de que un buen investigador encontrará todo tipo de pruebas más que concluyentes de mi Herejía. Yo también lo hacía y era bastante bueno. Por si acaso, les he dejado mis discos de memoria y ordenadores bien a la vista, no sea que buscando, buscando, prendan fuego al piso. No es que tenga la romántica idea de que vaya a volver a ver este piso en mi vida, pero es que me queda mucha hipoteca por pagar y mi única opción de librarme de esa carga desde la cárcel es vendiéndolo. También tengo la opción de alquilarlo. Sé que hay una buena demanda de pisos de este tipo en los que han vivido herejes y a lo mejor me puedo agarrar a esa opción. No sé, a ver qué sale de esto.

No soy muy experto en casos de Herejía. La Brigada para la Libertad Religiosa se formó específicamente para proteger a la gente de charlatanes con la habilidad suficiente para saquear fortunas. Nos dedicábamos a rastrear el dinero que se iba acumulando en empresas que únicamente vendían Fe. Muchas veces actuábamos de oficio para comprobar que tal o cual congregación religiosa no estaba destinada a sacarle los cuartos al personal. Sobre todo le dedicábamos muchas horas a los datos contables más que a los datos personales o de fe, pero los casos más complicados solían llegar mediante denuncias de particulares. Habitualmente, algún hijo o nieto que ve cómo su padre o su familiar más cercano empieza a donar generosamente su tiempo y dinero a determinado grupo en particular.

Es fácil vender la fe, si sabes cómo. Hay que tener habilidad y saber encontrar esos núcleos de gente descontenta o desilusionada, además de disponer de los recursos suficientes para que tu negocio empiece a andar. Si todo iba bien, abortábamos (no sé si la Doctrina permite utilizar este término todavía, a lo mejor me estoy metiendo en otro lío) el negocio en su fase inicial, cuando el grupo empieza a convertirse en congregación.

Cuando empecé en esto y no era más que un novato con placa, había un grupo de veteranos provenientes de otros departamentos mucho más duros que no dejaban pasar una y que siempre me hacían la misma pregunta: ¿cómo sabes que es una secta y no una religión? Nunca me lo dijeron, los muy cabrones, y se reían de mí si empezábamos a meter la nariz en un grupo acosándome con la preguntita. ¿Y si es una religión? ¿Y si no es una secta? ¿Y si es la fe verdadera? ¿Y si estás atacando a la única verdad? Me volvían loco.

Durante mucho tiempo me creí aquello de que la diferencia entre religión y secta era su finalidad y el número de adeptos hasta que una vez desmantelamos violentamente un grupo que tenía sedes, delegaciones y una infraestructura legal totalmente asentada con cerca de un millón de adeptos en todo el continente. Nos coordinamos en diferentes países, entramos de noche, les desmontamos el chiringuito y, hala, a otra cosa. De la noche a la mañana, un millón de personas pasaron de ser creyentes a ser un millón de primos engañados por un charlatán. Y sanseacabó. No dieron más problemas, lo que me llevó a pensar que la diferencia no puede estar en el número de adeptos.

Ahora lo sé, pero hace diez años todavía no lo sabía, y eso que es una lección básica de la formación para entrar en la Brigada para la Libertad Religiosa, pero, seamos serios: ¿quién hace caso de la formación?

Pues eso.

El traslado hasta la comisaría es incómodo porque tengo los pantalones mojados. Como sabía que venían a por mí y qué le ocurre a los esfínteres cuando te dan una paliza o una descarga, he tenido la precaución de no beber mucha agua y orinar mucho mientras les he estado esperando. Creo que en mi cuerpo sólo tengo el poco café que me he bebido justo antes de que entraran y he conseguido no hacerme pis encima mientras me pateaban un poco en el suelo. Evidentemente, como no he mojado mis pantalones, uno de la GE lo ha hecho por mí entre las risas de sus colegas.

Sé quién es, lo ha hecho otras veces conmigo al cargo y tengo sus datos. No le guardo rencor, pero en cuanto tenga acceso a un terminal de ordenador (supongo que en la cárcel al final del juicio, hacia el año que viene, pero no tengo prisa), voy a comerme sus finanzas, falsear su ficha, arruinar su vida y cargar de deudas a todos sus herederos. Para mí es fácil y toda la brigada lo sabe. No entiendo cómo se puede ser tan tonto. El agente que me traslada hasta el furgón sí lo debe de saber porque se comporta correctamente conmigo mientras me baja cuatro pisos por la escalera. Buen chico. También sé quién es. A la familia de este no le haré nada.

Insisto: a la familia.

Acabo en la sala de interrogatorios de la Brigada (sólo hay una, que no somos los de Delitos Económicos) un poco magullado y esposado a la mesa. Curioso acabar aquí, ya que estoy seguro de que toda esta porquería comenzó en esta misma sala hará más o menos diez años. Es como muy poético esto de cerrar círculos. Queda bonito cuando lo cuentas, pero no hace la menor gracia tener la nariz rota, los oidos zumbando, el cuerpo morado y oler a pis de otro. Y eso no es parte de ningún círculo poético.

Aquel hombre que puso la denuncia se podía haber quedado en su casa. O haber venido en un turno que no fuera el mío. O haber venido un día que yo no hubiera estado tan cabreado con el mundo en general. Ni me acuerdo de por qué estaba tan enfadado aquel día . Supongo que siempre estaba enfadado, que para eso me pagaban.

Puso la denuncia en ventanilla. Ni onlain, ni nada: en ventanilla. Vino hasta la comisaría a poner la denuncia con sus propias manos, a decir las cosas con su voz y a firmar con un boli azul. Con un par.

Lo malo es que el funcionario que le atendió tuvo tiempo de ver lo que iba escribiendo en su denuncia y le pidió que esperase un poco, que iba a llamar a un superior. A mí. Tuvo que llamarme a mí, que aquel era mi tercer día seguido de turno, segunda noche sin dormir, más puesto de cafeína que de nicotina, (o al revés, ya no me acuerdo), harto de darle de palos a un profetilla de barrio que había desvalijado a una jubilada y tan cansado que cualquier cosa me habría tumbado al suelo.

Leí la denuncia lo menos seis veces. Me asomé a la zona de espera para ver si aquel tío era un bromista, algún colega bromista, pero resultó un completo desconocido, un señor de lo más vulgar, sencillo, aburrido. Su denuncia estaba correctamente escrita, muy bien expuesta, sin incongruencias. Imposible rechazarla. El funcionario de ventanilla me miraba de reojo, asustado y a la vez aliviado de haberse quitado la responsabilidad de encima. Yo todavía podía librarme de esto si conseguía que aquel hombre no tramitara la denuncia. Le llamé y pasamos a la sala de interrogatorios. Sí, a esta misma sala, qué cosas.

Era un hombre correcto, inteligente y bien educado. Creo que estaba más asustado que yo, pero se notaba que tenía su decisión bien tomada. Le pregunté por qué y, mal que bien, me fue contando su historia.

Había nacido en una familia perteneciente a la Gran Familia Blanca, que es una de las familias de la Doctrina de la LFP (limpios felices perturbados), posiblemente la más poderosa. Todos los domingos iba al Templo y seguía a sus ídolos y profetas sin dudar de sus palabras ni de sus actos porque eran gente de la Familia Blanca que iba adquiriendo la habilidad y el conocimiento para ir subiendo dentro de la estructura y que daban ánimos a los adeptos como él cada vez que conseguían un logro importante para el grupo. Así se convertían en ídolos de los que nadie dudaba. Poco a poco los ídolos se fueron convirtiendo en Profetas, cuyas palabras y actos no sólo no son cuestionables, sino que son doctrina. Si el Profeta dice que ama a la Gran Familia Blanca porque es una verdadera familia, nadie lo duda y se convierte en ley.

Nuestro hombre se sintió un poco extraño cuando los profetas empezaron a llegar desde otras congregaciones o diferentes familias. Se suponía que los ídolos habían amado a sus anteriores familias. ¿Cómo los podían abandonar? Era conocido que sus antiguos seguidores les insultaban, renegaban de su doctrina y les impedían volver a sus antiguas casas. ¿Es eso correcto? Sí, decía el Padre de la Gran Familia Blanca: ha huido y viene a la verdadera congregación de la Doctrina, donde estará a gusto y le amaremos eternamente.

Y nuestro hombre se lo creyó. Y lloró mucho cuando algún Profeta huyó a otra familia. Sufrió, rompió sus imágenes, quemó sus publicaciones, renegó de todos los años de amor hacia aquel ídolo caído, convertido ahora casi en un demonio. Pero nunca dudó de las explicaciones del Padre.

Tampoco dudó cuando la liturgia empezó a hacerse insoportable. En los medios de comunicación se hablaba más de los Profetas que de sus enseñanzas, más de los Ídolos que de sus acciones durante toda la semana, desde que acababa la liturgia de un Domingo hasta que comenzaba la liturgia del Domingo siguiente.

Su fe empezó a flaquear cuando, agotado y casi sin poder pagar la entrada al Templo, las ceremonias empezaron a realizarse también otros días. De vez en cuando surgía una celebración extraordinaria y había que asistir al Templo. Incluso a los Templos de las otras familias. Si había que pagar atobuses, aviones o barcos, se pagaban. Se hipotecaban las viviendas, se retiraba el dinero de las cuentas, todo por la verdadera fe de la Doctrina, y si uno vive solo a lo mejor se lo puede permitir, pero nuestro hombre tenía una familia con tres niños pequeños que tenían que comer. Un día se encontró dudando si comprar el acceso al Tempo o ahorrar para los niños y su fe se empezó a resquebrajar.

La duda es el primer síntoma de desintoxicación. Nuestro hombre empezaba a cuestionar su fe, que es el paso más grande.

Aun así, siguió adorando a los Ídolos y Profetas, que cada vez venían de más lejos y duraban menos tiempo dentro de la Familia Blanca o de cualquier otra Familia de la Doctrina que, sin embargo, no veía con malos ojos aquel baile tan extraño para los creyentes.

Los días de celebración de la Doctrina pasaron a llenar toda la semana. Fue duro al principio ver cómo los demás devotos asistían al templo y él no podía permitirse su asistencia. La grieta de la duda empezó a ser permeable.

El colmo, me dijo, fue cuando las diferentes familias de la Doctrina de la LFP (Lógicos que Finalizan por el Principio) empezaron a traficar con  la fe de los niños. Es tradición que cada familia eduque a sus hijos en la fe que profesan y que poco a poco vayan eligiendo una familia. No es extraño que en una misma casa convivan miembros de diferentes familias, pero siempre como opción, y no como adoctrinamiento agresivo. El hijo menor de nuestro hombre, de unos tres años, cayó en una profunda depresión cuando la Gran Familia Blanca sufrió un fortísimo revés en el extranjero. Quizá un adulto sufra, pero sabe gestionar el dolor (más o menos, que en todas las casas cuecen habas y conocemos casos de peleas y divorcios por estos motivos), mientras que un niño sólo puede sentir que el mundo se acaba y quería morir. ¡Con tres años!

Al poco tiempo, encontraron en la habitación del hijo mayor, de unos seis años de edad, un uniforme completo para la liturgia de la familia Roja y Blanca. No sabía de dónde había salido ni quién había podido lavar el cerebro de su hijo de tal manera y nuestro hombre se rompió.

Tardo meses en decidirse, pero cuando tomó la decisión, acudió a comisaria y redactó la denuncia contra toda la LFP acusándolos de ser una secta peligrosa que atentaba contra la libertad religiosa.

La LFP (Listillos, Fanáticos y Peligrosos), ni más ni menos. Nada de una facción herética o unos imitadores. Nada de una familia completa, no: vino a denunciar a toda la LFP con todas sus Familias, facciones, subdivisiones, etc.

¿Y quién estaba allí para atenderle, muerto de sueño y con ganas de pillar la cama y acabar su turno? Pues un servidor, efectivamente. Tendría que haberlo mandado a freir monas y explicarle que la LFP era una creencia perfectamente legal, que tenía sus fanáticos y sus creyentes moderados y, sobre todo, que tenía mucha mucha mucha mucha pasta y, por lo tanto, muchos muchos muchos muchos abogados.

Pero no: firmé la entrada, emití el sello, le di una copia y, hala, a la cama, que mañana será otro día.

Mientras me acuerdo de aquello se abre la puerta de la sala de interrogatorios y entra el jefe. Sin decir ni mú, se acerca a mí y me suelta tal bofetón que se le han tenido que romper un par de dedos. Por entre el zumbido de mis oidos enfoco un ojo en su cara y veo que está congestionado. Supongo que si pudiera, me mordería, pero no le da tiempo porque de inmediato entran dos agentes de uniforme, lo tumban sobre la mesa y, para mi sorpresa, le ponen las esposas y se lo llevan detenido.

Durante una millonésima de segundo, atontado y sin poder razonar demasiado, pienso que aquellos agentes han detenido al jefe (a su propio superior) para evitar una tortura que me llevase a la muerte, pero me da un ataque de risa al pensarlo porque eso nunca ha sido excusa. Anda que no se ha muerto de manera natural gente en esta sala. Buf, ni sé decirlo.

Seamos gente seria, que esto es una historia seria: se llevan al jefe detenido porque el tema que he liado es tan gordo que se van a cepillar a todo el que haya tenido alguna relación con este caso. Y él permitió que yo hurgara en el tema.

Al día siguiente de sellar la denuncia contra la LFP (Liendres Faltas de Pelo) me arrastraron (metafóricamente, que todavía era inspector, no nos adelantemos) hasta el despacho del jefe, donde tuve que aguantar una de las broncas más espantosas de mi vida. Creo que estuvimos cerca de una hora discutiendo sobre la viabilidad del caso contra la LFP y al final, no sé cómo (no, en serio: ¿cómo lo hice? ojalá lo supiera para poder repetirlo), me concedió dos días enteros para montar las líneas maestras de este caso. Si al final de esos dos días no aparecía con un caso sólido, perderíamos la denuncia entre otros millones de papeles y no volveríamos a nombrar este caso.

Bah, fácil. Con cinco minutos me sobraban, pero aun así, durante aquellos dos días trabajé como un animal recopilando datos que sustentaran la idea de que la Doctrina era (no era: lo es, como ha quedado demostrado conmigo) una secta peligrosa que atentaba contra la libertad religiosa.

Tampoco él tenía muy buena cara cuando nos reunimos a los dos días. Se sentó a esperar una avalancha de datos y cifras, pruebas y líneas de investigación, acciones y trampas legales y no sé qué cosas más, pero yo aparecí allí con las fichas de los veinte Padres de las Familias principales de la LFP. Material muy sensible, sí, pero disponible si sabes moverte un poco por el laberinto de la burocracia informática de las fuerzas y cuerpos de seg... bueno, de la poli. De mi casa. O lo que era mi casa.

Veinte fichas con dos caras. En una, la cara oficial de cada líder espiritual, con sus hazañas y heroicidades. En la otra, el listado más completo que había podido redactar de los delitos por los que podríamos meter en la jaula a aquellos (supuestamente) criminales. Todos, insisto: TODOS estaban siendo investigados por delitos económicos. Todos tenían antecedentes de irregularidades empresariales. Alguno ya había pisado la cárcel. Una banda de cantamañanas, sacacuartos, charlatanes de feria capaces de vender frigoríficos en el tristemente desaparecido Polo Norte. En este caso, Fe.

Como siempre, todos los delitos importantes se rastrean siguiendo el botín.

Podríamos haber ido a por todos ellos a la vez, pero somos una brigada muy modesta, sin medios ni credibilidad ninguna dentro del cuerpo, así que el delito no podría ser el de atentado contra la libertad religiosa, sino el económico. ¿Y quienes se ocupan de eso? Pues los chavalotes de al lado, los de la Brigada de Delitos Económicos. Tampoco es que sean los de Anticorrupción (esos sí que están todo el día currando, qué máquinas), pero por lo menos tienen más salas de interrogatorio que nosotros.

Para no asustar al personal, contactamos con ellos y les pasamos el caso de uno de los Padres de una congregación modesta. No recuerdo cuál. Lo que sí recuerdo es que cayó como un pajarito. Tenía pufos hasta en los pufos. No había manera de sostener su caso y lo atrapamos bien atrapado. Corrijo: los de Delitos Económicos lo atraparon. Les montamos el caso y se lo pasamos bien masticadito, así que, evidentemente, se llevaron todos los méritos y la gloria.

Los cuatro gatos de la Brigada lo celebramos con una cervecita en el bar de la esquina, medio escondidos y brindando bajito.

Aun así, se montó un buen escándalo. La Familia de aquel padre congregó a sus fieles y consiguieron organizar una manifestación tan grande que algún que otro político se echó a temblar. Por suerte no fue a más, pero aprendimos que, por muy modesta que sea la Familia a la que pertenezcan, tienen a toda la LFP (Lechuguinos Feos y Pelones) detrás apoyándoles.

Ahora, con el paso del tiempo, me doy cuenta de que ellos reaccionaron bien. Tenían muchísimo más poder del que nos imaginábamos (y nos imaginábamos mucho, que conste), pero según pasaba el tiempo fueron cayendo sus líderes uno tras otro haciéndonos creer que les estábamos machacando. Ja. Ya.

Este periodo pudo durar unos cinco años, más o menos. Atrapábamos a uno de los padres, se montaba un escándalo, ponían otro padre y así estuvimos más o menos entretenidos toda aquella etapa. Lo que no vimos. Perdón: lo que no vi fue el movimiento subterráneo que se estaba produciendo. Y creo que no me habría dado cuenta de no ser por aquel día que llegué a casa sonriendo y con ganas de celebrar otra detención con mi familia (oh, sí, mujer y dos hijos, como todo buen funcionario) y me encontré las maletas en la puerta. Más bien la maleta, en singular. Así, sin avisos de ningún tipo, sin malas palabras, sin una simple discusión que me llevara a pensar que había problemas en casa. Nada de nada.

Monté un escándalo que no voy a justificar. ¿Para qué? Aporreé la puerta, chillé, amenacé, lloré, supliqué... Acabé en el calabozo, claro. Bueno, no. Acabé sentado con el sargento de guardia echando un cigarro con las esposas puestas, pero no me llegaron a meter en el calabozo. Al fin y al cabo, éramos compañeros. Y no era el primero que llegaba a casa y se encontraba las maletas.

Mi mujer accedió a hablar conmigo, pero siempre con un abogado delante. De los niños, nada de nada. Ni verlos. Ni una nota, ni un mensaje. Nos sentamos a una mesa larga y el abogado me fue explicando muy amablemente cómo su representada (mi mujer, coño, mi mujer) solicitaba el divorcio y una orden de alejamiento contra mí alegando violencia contra la libertad de las creencias religiosas.

¡Y olé!

Como es fácil suponer, le tengo cierta manía a eso de las sectas, pero es que también se me ha ido un poco la mano con el tema de las confesiones organizadas alrededor del dinero, y en mi casa he sido muy estricto. No creo haberme puesto violento ni nada similar, pero sí he dejado claro que nada de creencias raras, por lo menos mientras los niños fueran pequeños.

De boca de aquel abogado me enteré de que mi familia iba al Templo de la Gran Familia Blanca todos los domingos que me tocaba guardia. Y seguían a su líder, y adoraban a los Ídolos de cada temporada con tal devoción que mis propios hijos empezaron a tenerme miedo por si me daba cuenta de su Fe. Aprendieron a no hablar del tema, a callar, a estar ocultos bajo esa apariencia de normalidad que dan los horarios del cole mezclados con turnos de policía. Un desastre.

Me acusaron de ultraje a la libertad de creencias por haber destrozado un icono de un ídolo de la Gran Familia Blanca. Yo no lo recordaba, pero por lo visto un día encontré alguna estampita de uno de los ídolos por casa, la rompí y tiré los pedazos a la basura. De verdad que no lo recuerdo, pero puede ser cierto. Sí recuerdo que mi hijo mayor estuvo triste durante una buena temporada y que me dejó de hablar, pero nunca lo relacioné con lo de la estampita. En resumidas cuentas: que atenté contra la libertad de opciones religiosas de mis propios hijos.

No los he vuelto a ver y creo que cuando sepan que estoy esposado y que voy a ir a la cárcel acusado de Herejía no van a llorar mucho.

Al perder a mi familia me di cuenta de que la estrategia de la Doctrina de la LFP (lúgubres fantasmas pútridos) había sido la de intensificar su acción propagandística. Su poder económico les permitía el lujo de sacrificar un padre tras otro consiguiendo aparecer como víctimas de una cacería y, además, distraernos de nuestro objetivo principal: su erradicación.

Invirtieron en horas de televisión, informativos, libros, vídeos, canales específicos para la expansión de la doctrina, difusión internacional, templos erigidos por arquitectos de primer nivel, actos de congregación mundial, acoso y derribo al sistema educativo tradicional y, sobre todo, absorción de niños, muchos niños. Los niños aprenden lo que ven y esta gente les ofrecía dibus, juegos, última tecnología en canales de comunicación y relaciones comerciales de alta intensidad, incluso casos burdos de propaganda para sembrar la idea de la Doctrina en los niños.

Los niños crecerán y serán la Doctrina. Es fácil de entender.

Directamente les acusamos de ser una Secta, pero montar un caso semejante contra tal infraestructura es muy difícil (imposible, como ha quedado demostrado) y nadie quiere aparecer en el bando perdedor. Durante varios años intenté cambiar la estrategia de la Brigada y atacar a la base, cortar su sistema propagandístico, pero nuestra sección fue poco a poco perdiendo presupuesto hasta quedarnos casi sin bolígrafos. El resto de divisiones ya no nos ayudaban y yo veía impotente cómo el sistema iba permitiendo que esta gentuza campara a sus anchas saqueando nuestros bolsillos.

Aquí sentado me empieza a doler casi todo el cuerpo. Se me deben de estar enfriando los lugares donde me han atizado y ya no sé cómo ponerme. Me duele mucho la bofetada que me ha soltado el jefe porque en cierto modo me la merezco. Y bien merecida, qué carajo. Debería haber sido más contundente desde el principio. Y no sigo por ese camino.

Se abre la puerta (no sé cuántas horas llevo aquí) y entra alguien a quien realmente no me esperaba: el Padre Supremo, líder de la doctrina de la LFP (libertinos fondones perezosos). Casi, casi debería considerarlo un honor. El mismísimo artífice de todo el chiringuito, el que ha convertido todo aquel batiburrillo de seguidores en lo que es hoy.

Se sienta delante de mí y me empieza a decir cosas como que se alegra de conocerme en persona por fin (claro), que he sido un rival digno (sí, más claro), que la lucha ha sido encarnizada pero justa (sí, seguro que él ha perdido a su familia, trabajo, futuro y apesta a meados de poli) y que la Doctrina me debe mucho.

Que me debe mucho. A mí. Yo lo flipo con estos comecocos. No entiendo cómo la gente no se da cuenta de lo zumbados que están.

Sonríe. Creo que adivina lo que estoy pensando porque me explica que fui el primero en darse cuenta de que su debilidad era la economía individual de cada uno de sus padres (charlatanes, prefiero decir) y que les ataqué de una manera que a punto les hizo caer y volver al tiempo del inicio de la Fe, cuando la LFP (Los Follacabras Peludos) no controlaba aun la Doctrina que se dictaba en los Templos. Por lo visto les hicimos mucho daño con el dinero, pero cuando les acusamos de ser una secta, hicieron aquello de adaptarse (aquí es cuando se me pone a explicar no sé qué filosofía oriental (siempre es oriental, si no, no vale) sobre el junco, el árbol, la forma del agua y no sé qué rollos más que no consigo captar porque sólo pienso en arrancarle la nariz de un mordisco) y amplificaron el tema. Primero, intensificando la difusión de su Palabra (así, con mayúsculas) hasta conseguir una buena base de fieles y, luego alegando que no eran una secta, sino una Religión.

O sea que les di la idea. Qué bien. Ahora sí que le quiero arrancar la cabeza de cuajo.

Y se ríe. Se ríe. Abre las manos, muestra las palmas y me mira. Sí, entiendo que me está diciendo que es irónico que yo, inspector de la Brigada para la Libertad Religiosa, haya acabado detenido por atentar contra la misma.

Ah, es que se me ha olvidado decir que no sólo consiguieron que se les considerase una religión, sino que por aclamación popular (sí: una aclamación como nunca antes se había oído en este pueblo) pasaron a ser La Religión Oficial del estado, de obligado respeto. Que puedes ser ateo, pero que la llevas clara si lo dices. Y si te metes con ellos, pues vas de cráneo porque eres un Hereje.

Y esta, me dice, es la verdadera diferencia entre una secta y una religión.

Creo que se da cuenta de que estoy derrotado. Supongo que ha venido para eso, para comprobar que el último pequeño enemigo que les quedaba ya no les iba a molestar mas.

Se pone en pie, me mira con auténtico asco (sí, debo de oler mal) y hace como que se va, pero en la puerta se gira (mala imitación de Colombo, si ya digo yo que son unos cantamañanas con pasta) y me dice que me tiene que pedir una cosa que le molesta como un zumbido de mosquito: que deje de hacer chistes fáciles con sus siglas, por favor, y que les llame de una vez por todas por su nombre: LFP, Liga de Fútbol Profesional.